Si me preguntan cuál es mi estado de felicidad suprema, mi respuesta es inequívoca: aquel en el que me vuelve el entusiasmo y la energía por trabajar y crear para la sociedad. Da igual de qué naturaleza sean los materiales constructivos — cada cual tiene los suyos— simplemente, sentir de nuevo ese hermoso amanecer dentro de mí que me pide volver a la faena para la cual me he formado, o me ande formando.
Cuando la mala salud se retira como una sucia ola que refluye para dejarnos a la vista plena esa playa hermosa que es el entusiasmo y la energía para crear, uno se reconcilia con el mundo. Yo diría que hasta con lo peor del mundo. Todo cobra aliento y horizonte. Sé que puedo hablar así, porque soy un privilegiado. Muchos no pueden gozar ni siquiera de un minuto de esa libertad de crear ahí en el terreno elegido y amado. Vidas truncadas por circunstancias adversas, o sencillamente, vidas cuyas circunstancias ni siquiera formaron las necesidades creadoras libres; para esos hombres y mujeres, para los que nunca hubo opción, y ni siquiera saben que hay opción, a esos yo los abrazo desde lo más hondo de mi corazón, y por ellos siento un agradecimiento íntimo que sólo puedo expresar correspondiendo en cada momento de mi faena con una inevitable entrega social. Yo me siento la expresión misma del reino de la libertad conquistada por la humanidad, por el trabajo de millones y millones de hombres que viven y vivieron en ese otro reino: el de la necesidad. A ellos me debo. Y cuando la salud vuelve al redil ¡Qué felicidad saberme inmerso de nuevo en ese río que es el trabajo para los intereses sociales!
Soy el creador consciente conquistado por el esfuerzo social. Soy la encarnación de la libertad obrera conquistada. No hay mayor liberación que el que corra espontáneamente por la sangre de uno este humilde sentimiento.
David Galán Parro
15 de diciembre de 2025