El rey que no podía soñar

a Alba Pérez Rivero

El rey no podía soñar. Llegaba la noche, se acostaba y se quedaba rápidamente dormido, pero nada aparecía en su sueño. Todo era oscuridad dentro de él. A veces, al despertar, la reina le preguntaba: 

—¿Has podido soñar hoy con alguien o algo por fin?

Él, tristemente respondía:

—No, con nadie ni con nada.

—¿Ni con este, tu país dónde todo es abundancia y todos trabajan para ti?

—No.

—¿Ni con este palacio donde vivimos cómodamente, rodeados de criados a nuestro servicio?

—No.

—¿Ni con todas las riquezas que acumulas en el banco del reino?

—No.

—¿Ni con todos los territorios extranjeros conquistados que ya son sólo tuyos?

—No

—¿Ni con tu madre y tu padre fallecidos que tanto te quisieron?

—No

—¿Ni siquiera conmigo?

—Ni contigo —respondía avergonzado.

La reina no podía entender cómo su marido carecía de sueños. Todos los habitantes del reino los tenían, menos él. Entonces pensó en ayudarlo: hizo venir primero a un juglar para que le contara historias antes de dormir, pero de nada sirvió. Luego, llamó a varios médicos, y éstos tampoco resolvieron nada. Luego, probó trayendo a un hipnotizador; y tampoco el hipnotizador consiguió que soñara. La reina estaba desesperada. Por fin, decidió poner un anuncio en el que ofrecía una importante suma de dinero para quien hiciese soñar a su marido.

A los pocos días, se presentó en el palacio un hechicero jurando que haría soñar al rey. La reina, no muy convencida, lo trajo a su presencia. El rey estaba también en la sala en silencio en espera del milagro. 

—Dime, hechicero, ¿cómo vas a hacer que el rey sueñe al fin con algo? —preguntó la reina.

—¿Ve este barril, majestad? —y señaló a un barril que acababan de traer a la sala dos criados— Está lleno de agua mágica. El rey debe introducirse desnudo en él y dormir bajo el agua. No morirá ahogado. Creedme. Yo cerraré la tapa. Dormirá así durante una semana. Al cabo de ese tiempo, volveré a abrir la tapa y el rey podrá contarnos si realmente soñó o no.

Parecía una locura peligrosa, un suicidio, pero como al rey y a la reina le gustaban los retos, éstos aceptaron lo que proponía el hechicero. Cuando llegó la noche, el rey se despojó de sus ropas reales, entró en el barril, se sumergió bajo el agua y se quedó dormido. Luego, el hechicero cerró la tapa y se marchó a casa.

Una semana después, el hechicero volvió al palacio. La reina le esperaba. Era la mañana en la que el rey debía despertar. Solo el hechicero era quien podía abrir nuevamente la tapa del barril, y así hizo. El rey emergió de las aguas y abrió los ojos lentamente como aturdido. Todos en la sala estaban asombrados.

—¿Está bien su majestad? —preguntó el hechicero.

—Sí —respondió el rey.

—-¿Ha soñado su majestad?

—Sí.

—¿Y con qué ha soñado su majestad?

—Con todo: con mis vasallos, con mi palacio, con mis riquezas, con mi padre y mi madre, con mi esposa. Por fin, he podido soñar y lo he visto todo en mis sueños.

—¿Y se despertaba su majestad cada día? —preguntó el hechicero.

—Sí, junto a una piara de cerdos, trabajando de porquero para un hombre brutal que era mi amo. Tenía que cuidar de los animales y estar con ellos todo el tiempo a cambio de comida. Mi techo era la propia pocilga en la que trabajaba. Nada más tenía yo.

La reina y los presentes entendieron la lección de vida por la que había pasado el rey y dieron las gracias al hechicero, el cual no aceptó la recompensa por su servicio.

—Su marido pudo soñar al fin, en cuanto empezó a vivir de modo humilde y en cuanto echó de menos todo lo que realmente era importante para él —le dijo aparte el hechicero a la reina antes de salir.

Desde entonces, el rey y la reina vivieron con muchísima más sencillez y repartieron con justicia la mayor parte de su riqueza entre todos los súbditos.

David Galán Parro

13 de diciembre de 2025

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