Premisa necesaria para una sana relación personal y profesional

Uno ajusta cuentas también idealmente con su vida. Sobre todo, cuando no pudo o no se atrevió a hacerlo realmente en el pasado. No es la mejor manera, pero aporta un alto grado de liberación. Y del recuerdo negativo del pasado hay que librarse, tenga este recuerdo la forma del rencor, de la culpa o de la nostalgia.

El ajuste de cuentas que me hago utiliza la siguiente premisa: Si no estás en obligación real frente a alguien, no permitas que ese alguien te diga qué y cuánto le debes dar; o dicho de otro modo, si nada te obliga, decide tú qué y cuánto le vas a dar a alguien. No dejes que el otro te haga ver obligación real donde no la hay. Y es sencillo: no rige la representación que una persona se hace de la relación real que mantiene contigo; rige la relación real que mantiene contigo, aunque ni él ni tú se la representen adecuadamente.

Durante años yo acepté y estuve sometido a la representación que se hacían otros de la relación que mantenían conmigo. Para ellos, como para mí, esa representación era incuestionable. El contenido más decisivo de esta representación era este: yo estaba en posición de deuda profesional y personal frente a ellos; y en consecuencia yo me debía a ellos; dicha deuda debía ser pagada mediante el trabajo absolutamente gratuito para su proyecto. Qué y cuánto tenía que dar era un asunto que determinaban ellos. Si no daba lo esperado, si no estaba a la altura, se veían obligados a asignarme una tarea adecuada a mis capacidades, adecuada a lo que podía darles. Y por esta consideración debía sentirme agradecido, pues estaban siendo pacientes con mis limitaciones, con mi egoísmo, con mi desidia; limitación, egoísmo y desidia que lastraban el proyecto colectivo, que lo socavaban desde dentro. Esto añadía otro contenido a la representación de la relación —contenido con el que tampoco yo salía moralmente favorecido—: estaba mi interés individual frente a su interés colectivo, mi egoísmo frente a su abnegación.

Ahora cuatro años después, en una lucha constante por la recuperación de una dignidad que me dejé arrebatar, ajusto cuentas —idealmente, repito— y descubro la realidad de aquella experiencia de vida; y éste descubrimiento me aporta la sencilla premisa que antes enuncié: si no hay obligación real, no dejes que nunca nadie te diga lo que le tienes que dar; da lo que quieras dar; y que el otro, si lo quiere, que lo tome.

No guiarse por esta sencilla premisa dentro de una relación personal y profesional te destruye poco a poco e inevitablemente.

David Galán Parro

21 de diciembre de 2025

Momento de íntima felicidad

Si me preguntan cuál es mi estado de felicidad suprema, mi respuesta es inequívoca: aquel en el que me vuelve el entusiasmo y la energía por trabajar y crear para la sociedad. Da igual de qué naturaleza sean los materiales constructivos — cada cual tiene los suyos— simplemente, sentir de nuevo ese hermoso amanecer dentro de mí que me pide volver a la faena para la cual me he formado, o me ande formando.

Cuando la mala salud se retira como una sucia ola que refluye para dejarnos a la vista plena esa playa hermosa que es el entusiasmo y la energía para crear, uno se reconcilia con el mundo. Yo diría que hasta con lo peor del mundo. Todo cobra aliento y horizonte. Sé que puedo hablar así, porque soy un privilegiado. Muchos no pueden gozar ni siquiera de un minuto de esa libertad de crear ahí en el terreno elegido y amado. Vidas truncadas por circunstancias adversas, o sencillamente, vidas cuyas circunstancias ni siquiera formaron las necesidades creadoras libres; para esos hombres y mujeres, para los que nunca hubo opción, y ni siquiera saben que hay opción, a esos yo los abrazo desde lo más hondo de mi corazón, y por ellos siento un agradecimiento íntimo que sólo puedo expresar correspondiendo en cada momento de mi faena con una inevitable entrega social. Yo me siento la expresión misma del reino de la libertad conquistada por la humanidad, por el trabajo de millones y millones de hombres que viven y vivieron en ese otro reino: el de la necesidad. A ellos me debo. Y cuando la salud vuelve al redil ¡Qué felicidad saberme inmerso de nuevo en ese río que es el trabajo para los intereses sociales! 

Soy el creador consciente conquistado por el esfuerzo social. Soy la encarnación de la libertad obrera conquistada. No hay mayor liberación que el que corra espontáneamente por la sangre de uno, este humilde sentimiento.

David Galán Parro

15 de diciembre de 2025  

El rey que no podía soñar

a Alba Pérez Rivero

El rey no podía soñar. Llegaba la noche, se acostaba y se quedaba rápidamente dormido, pero nada aparecía en su sueño. Todo era oscuridad dentro de él. A veces, al despertar, la reina le preguntaba: 

—¿Has podido soñar hoy con alguien o algo por fin?

Él, tristemente respondía:

—No, con nadie ni con nada.

—¿Ni con este, tu país dónde todo es abundancia y todos trabajan para ti?

—No.

—¿Ni con este palacio donde vivimos cómodamente, rodeados de criados a nuestro servicio?

—No.

—¿Ni con todas las riquezas que acumulas en el banco del reino?

—No.

—¿Ni con todos los territorios extranjeros conquistados que ya son sólo tuyos?

—No

—¿Ni con tu madre y tu padre fallecidos que tanto te quisieron?

—No

—¿Ni siquiera conmigo?

—Ni contigo —respondía avergonzado.

La reina no podía entender cómo su marido carecía de sueños. Todos los habitantes del reino los tenían, menos él. Entonces pensó en ayudarlo: hizo venir primero a un juglar para que le contara historias antes de dormir, pero de nada sirvió. Luego, llamó a varios médicos, y éstos tampoco resolvieron nada. Luego, probó trayendo a un hipnotizador; y tampoco el hipnotizador consiguió que soñara. La reina estaba desesperada. Por fin, decidió poner un anuncio en el que ofrecía una importante suma de dinero para quien hiciese soñar a su marido.

A los pocos días, se presentó en el palacio un hechicero jurando que haría soñar al rey. La reina, no muy convencida, lo trajo a su presencia. El rey estaba también en la sala en silencio en espera del milagro. 

—Dime, hechicero, ¿cómo vas a hacer que el rey sueñe al fin con algo? —preguntó la reina.

—¿Ve este barril, majestad? —y señaló a un barril que acababan de traer a la sala dos criados— Está lleno de agua mágica. El rey debe introducirse desnudo en él y dormir bajo el agua. No morirá ahogado. Creedme. Yo cerraré la tapa. Dormirá así durante una semana. Al cabo de ese tiempo, volveré a abrir la tapa y el rey podrá contarnos si realmente soñó o no.

Parecía una locura peligrosa, un suicidio, pero como al rey y a la reina le gustaban los retos, éstos aceptaron lo que proponía el hechicero. Cuando llegó la noche, el rey se despojó de sus ropas reales, entró en el barril, se sumergió bajo el agua y se quedó dormido. Luego, el hechicero cerró la tapa y se marchó a casa.

Una semana después, el hechicero volvió al palacio. La reina le esperaba. Era la mañana en la que el rey debía despertar. Solo el hechicero era quien podía abrir nuevamente la tapa del barril, y así hizo. El rey emergió de las aguas y abrió los ojos lentamente como aturdido. Todos en la sala estaban asombrados.

—¿Está bien su majestad? —preguntó el hechicero.

—Sí —respondió el rey.

—-¿Ha soñado su majestad?

—Sí.

—¿Y con qué ha soñado su majestad?

—Con todo: con mis vasallos, con mi palacio, con mis riquezas, con mi padre y mi madre, con mi esposa. Por fin, he podido soñar y lo he visto todo en mis sueños.

—¿Y se despertaba su majestad cada día? —preguntó el hechicero.

—Sí, junto a una piara de cerdos, trabajando de porquero para un hombre brutal que era mi amo. Tenía que cuidar de los animales y estar con ellos todo el tiempo a cambio de comida. Mi techo era la propia pocilga en la que trabajaba. Nada más tenía yo.

La reina y los presentes entendieron la lección de vida por la que había pasado el rey y dieron las gracias al hechicero, el cual no aceptó la recompensa por su servicio.

—Su marido pudo soñar al fin, en cuanto empezó a vivir de modo humilde y en cuanto echó de menos todo lo que realmente era importante para él —le dijo aparte el hechicero a la reina antes de salir.

Desde entonces, el rey y la reina vivieron con muchísima más sencillez y repartieron con justicia la mayor parte de su riqueza entre todos los súbditos.

David Galán Parro

13 de diciembre de 2025