Pudorosa dicha

Son las cuatro de la tarde. Debo ir a la playa a nadar. Eso me ayudará a sentir flexible la espalda y bajar la barriga. El agua fría conviene para esto y ya casi es invierno. Todo cuadra en el plan. Todo cuadra a tres meses vista.

Desciendo por la escalera que desde el paseo, situado a nivel superior, acaba en la playa. Como está nublado y hay viento frío, somos pocos en la arena y nadie en el agua. Mientras me desvisto, observo a una pareja con una niña de unos cinco años. Están a escasos metros de mí. Él es rubio, piel muy blanca, alto y algo entrado en años. Rasgos nórdicos o alemanes. Ella, más joven, es de piel negra, africana. La niña sale más a ella que a él. Pienso: «Un segundo amor de él, una segunda oportunidad con una joven madre soltera».

Entro en el agua sin vacilar. No hay olas y eso facilita la entrada. Nado sin mucho entusiasmo. El fondo, las piedras, los peces felices, todo lo tengo muy visto. Pero todo sea por la salud que se resiente, por la despiadada barriga, por la juventud que se va perdiendo. Nado unos diez minutos o un siglo. Salgo y allí sigue la pareja con la niña. Cojo la toalla y voy hacia la ducha adosada al pie del muro del paseo. Entonces, la niña que se ha alejado de sus padres, se me adelanta y se pone a presionar el botón para la salida del agua. Está intentando limpiar sus chanclas de arena, pero cada vez que suelta el botón para centrarse en ellas, el agua se retrae y recomienza su intento siempre infructuoso. Me acerco y mantengo pulsado el botón. Mientras enjuaga las chanclas me mira. No sonríe. Cuando termina, se pone las chanclas y se va. Hago mi turno, resuelvo y subo por las escaleras al paseo. Cuando me estoy secando, la pareja pasa a mi lado y el padre hace una seña a su hija para que me diga algo. La niña me mira seria y sigue adelante. «Thank you» me dice el hombre y los tres se alejan.

De repente, como en una especie de epifanía comprendo (o recuerdo) algo sencillo —quizás propio de personas sencillas—: «Ayuda cuando quieras y desaparece. No pidas que te recuerden por ello. Agradece a la vida estar totalmente liberado de la perentoria necesidad de sentirte correspondido o valorado»

El horizonte me regala sus celajes. Pronto caerá la tarde y una pudorosa dicha me embarga mientras camino.

David Galán Parro

19 de noviembre de 2025

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