La leyenda de las mariposas amantes

dedicado a mis alumnas Alba, Reichel, Ágora, Neiza, Fiorella, Alejandra, Yuleidy y Yanely

Zhu Yingtai quería ir a la escuela a estudiar y aprender. Pero su deseo no podía cumplirse. Por aquel entonces en China, las niñas no podían ir a la escuela, no así los niños. Las niñas debían aprender en casa las labores del hogar para convertirse en buenas esposas de hombres nunca elegidos por amor. Pero Zhu Yingtai era una joven inteligente y terca y tenía un plan.

Un día, habló con su padre. «Papá, disfrazada de chico podré ir a las clases sin que nadie se dé cuenta. Allí aprenderé muchas cosas útiles sobre agricultura y ganadería que seguro te servirán para mejorar tus cultivos y para curar a tus animales si enferman.» le dijo. El padre no estaba muy convencido: era un hombre muy tradicional. «De acuerdo» dijo finalmente «pero tendrás que casarte con el hombre que yo elija» Zhu Yingtai asintió y prometió que así haría. Al día siguiente, al despertarse se cortó su larga melena, se puso ropa de chico, cogió todas sus cosas y las metió en una bolsa de esparto. Por la tarde, en la despedida, su madre lloraba. No vería a su hija en casi un año, lo que duraría el curso escolar. Zhu Yingtai la abrazó fuertemente. Luego, ajustó la cinta de su sombrero cónico, se secó las lágrimas de la cara, se subió a uno de los burros de su padre y se despidió de éste con la mano. Tardaría dos días más o menos en llegar a la escuela a través de los descampados. El sombrero la protegería bien del sol.

Zhu Yingtai estuvo en la escuela ese curso y tres más.  Vivía en una residencia con otros compañeros. Era conocida como Xue Ming, un chico brillante que obtenía buenas calificaciones y que apenas tenía trato con los demás compañeros. Pocas veces acudió a los bailes y a las fiestas a las que fue invitada. Debía ocultarse cuidadosamente en Xue Ming y centrarse en estudiar mucho. En los veranos, regresaba a ver a sus padres y la misma triste despedida se repetía al final de sus estancias.

Pero Zhu Yingtai no contó con algo en su plan… 

Durante su tercer año de formación conoció a Liang Shambo, un compañero con el que empezó a compartir habitación en la residencia. Al principio, Zhu lo veía como un buen compañero, pero ya en el cuarto y último año, el compañerismo se volvió amistad y la amistad, amor. Zhu, quien nunca había estado enamorada se dio cuenta tarde. Liang Shambo no era muy agraciado, pero su inteligencia y bondad atraían mucho a Zhu.

En su último año, Zhu recibió la noticia de que su padre estaba enfermo. Tenía que volver junto a él. Poco le faltaba para acabar los estudios por lo que decidió que tenía que revelar su verdadera identidad a Liang y confesarle sus sentimientos antes de que la separación se hiciera definitiva. Llamó a una criada suya en el momento de irse y le dijo: «Amiga mía, quiero que le des a Liang este abanico, como símbolo de mi verdadera identidad y de mi amor por él. Dáselo cuando yo esté lejos junto a mi padre enfermo. Solo él debe saberlo. Nadie más». La criada cogió el abanico y Zhu Yingtai salió hacia la casa de sus padres en su burro.

Cuando llegó, vio a su padre fuera de la cama bastante recuperado. La enfermedad no había sido tan grave. Entonces, el padre le dijo: «Tengo otra buena noticia para ti: he encontrado a un joven muy honrado con el que te casarás este verano.» Zhu Yingtai sintió la espada del dolor traspasándole el corazón ¿Qué haría ahora? No podía renunciar a Liang, no podía renunciar al amigo al que únicamente amaba. Prefería antes morir.

Mientras en la escuela, la criada ya había entregado el abanico a Liang. Éste desesperado deseaba encontrarse cuanto antes con Zhu. Siempre había sospechado la verdad, aunque nunca había querido mencionarle el tema a ella por no romper su secreto. Había esperado a que fuera ella quien se lo revelara. Por eso ahora que lo había hecho, era el momento de ir a su encuentro. Al día siguiente, montado en su caballo partió hacia la casa de los padres de Zhu. El muchacho iba radiante de alegría.

Zhu y Liang se encontraron, sí, pero no para cumplir su mutuo deseo. Zhu le contó a Liang sobre la voluntad de su padre en un momento que pudieron estar solos. La decepción era inmensa. Lloraron, se abrazaron, se besaron, se juraron amor eterno bajo una triste luna llena. Un criado que vio casualmente el encuentro íntimo, comunicó al padre lo que sucedía. A la mañana siguiente Liang Shambo fue expulsado de la casa y regresó a la residencia y a la escuela. Estaba tan apenado que empezó a dejar de estudiar y de comer en pocos días. Dos meses más tarde, enfermó y murió. Zhu no lo supo.

El verano llegó y con él, la boda prevista. Zhu iba triste recordando en todo momento a Liang, de quién no tenía noticias. La llevaban en un palanquín (*) hacia la casa de su padre donde el casamentero y todos los invitados la esperaban. La comitiva caminaba lentamente cargando a Zhu por un descampado. Entonces la joven vio una piedra que parecía una tumba. Pidió que la acercaran. Necesitaba comprobar de quién se trataba. Se bajó del palanquín y leyó. En la piedra decía «Liang Shambo». La muchacha no pudo mantenerse en pie. Cayó de rodillas y rompió a llorar. Se enteraba así de la muerte de su amado.

Entonces, de repente, el cielo se oscureció y una densa lluvia comenzó a caer. La tierra se puso a temblar y la tumba se abrió como una enorme boca. Zhu comprendió el mensaje.  Era la llamada de Liang que la esperaba. Miró a todos los miembros de la comitiva, les sonrió a modo de despedida y se lanzó al fondo de la fosa. Luego, la tumba se cerró, la tierra paró, la lluvia amainó y el cielo volvió a despejarse.

Todo quedó en silencio unos instantes. Los acompañantes se miraron horrorizados e incrédulos. Fue entonces cuando ocurrió lo que contarían ya para siempre: que de la tierra de la tumba, dos bellas mariposas habían salido y habían echado a volar libres por el cielo hasta perderse de vista.

Leyenda popular china

Versión: David Galán Parro

(*) Palanquín chino: Vehículo-habitáculo sin ruedas sostenido por travesaños y sostenido y transportado por la fuerza humana.

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