
dedicado a Fiorella Juárez Cantale
Débora entró en el hotel con un maletín y se dirigió al mostrador de recepción. Tocó la campanilla de aviso y de una puerta salió un hombre delgado de rostro fino, con entradas pronunciadas, bigote y gafas. Iba elegantemente uniformado. Cuando vio a Débora pareció reconocerla.
—Señorita Salazar ¿Qué sorpresa? ¿Qué le trae por aquí?
—Descanso, Antonio, descanso. Ya iba siendo hora de tomarme unas vacaciones.
—Claro. Usted sabe que nuestro hotel es y será siempre su lugar de descanso.
Débora sonrió, pero parecía la sonrisa forzada de alguien que lleva prisa.
—Tengo reserva en la 2.046.
El recepcionista se puso a comprobar.
—Efectivamente —confirmó.
—Esta vez no quiero ver a nadie, Antonio.
—¿Ni a ningún «amigo»?
—A nadie, Antonio.
—Claro, señorita Salazar. El descanso es sagrado.
El recepcionista le entregó la tarjeta de entrada a la habitación.
—En un momento vendrá el encargado de maletas ¿Quiere que le lleve el maletín a su habitación?
—No, gracias. Tengo que trabajar con el ordenador que llevo en él. Iré a la cafetería a trabajar primero y luego subiré.
Dicho esto, Débora se despidió y se dirigió a la cafetería. Allí, fue directa al baño con el maletín y al cabo de un rato salió, pero sin él. Luego, se acercó a la barra y pidió un café. Le gustaban los cafés muy fuertes. Lo apuró en dos sorbos y cuando lo hizo un señor sentado a una mesa, se levantó y se dirigió al baño. Débora pagó y salió. La zona de piscina del hotel parecía tranquila. Había sobre todo parejas de ancianos tomando el sol en las hamacas. Desde que habían prohibido a las familias la entrada con niños, el hotel había ganado en tranquilidad. A Débora le gustaban los niños, pero no podía permitirse ser madre. Su vida era muy peligrosa.
De repente, vio a los dos hombres de negro salir de detrás de unas palmeras. Débora los conocía de sobra y sabía lo que debía hacer. Llevaban pistolas y gafas de sol. Se acercaban despacio hacia ella. «Creerán los muy tontos que ya me tienen» pensó. Uno de ellos, la encañonó desde lejos y le gritó con una sonrisa maliciosa:
—¿Qué tal Débora? ¿De vacaciones por aquí?
—No me llamo Débora. Te has debido confundir.
—Claro, Débora. Debo estar equivocado —dijo y los dos se rieron. El otro también levantó el arma y le apuntó. De repente pararon de reír y se pusieron serios — Ahora, dinos dónde está el maletín. Deberías aprender del recepcionista: no tardó nada en decirnos dónde estabas.
—Claro, pero yo, a diferencia de él, no le tengo miedo a que me apunten con un arma.
—¿Ah no? ¿Por qué? ¿Tienes superpoderes para esquivar las balas?
—Podría decirse que sí —respondió Débora con una sonrisa retadora.
Algunos clientes miraban asustados desde la piscina lo que sucedía. Entonces, el otro hombre de negro que hasta ese momento no había hablado pareció perder la paciencia. Se acercó más a Débora y alargando el brazo le puso la punta de la pistola en la frente.
—Dime nena ¿seguro que podrás esquivar ahora la bala? Se acabó el juego ¿dónde está el maletín con el dinero? No tienes escapatoria.
—Sí la tengo.
—¿Ah sí? ¿Y qué harás para escaparte?
—¡Despertarme!
Y así lo hizo.
David Galán Parro
5 de noviembre de 2025
Es un cuento estupendo David 😁. Muchísimas gracias por la dedicatoria, a Fio la ha emocionado mucho….y a nosotros también 😉
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Adrián, yo les estoy muy agradecido por el apoyo y la sinceridad. Un abrazo fuerte.
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Bravo.
Un saludo.
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Muchas gracias, Aurelio
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Muchas gracias!
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