El accidente

Conduzco el coche y voy mirando a la vez el móvil. Estoy en el centro de la ciudad y la calzada está atestada de coches. Me salto un paso de peatones. En ese momento pasan una mujer y una niña. No alcanzo a frenar a tiempo y las atropello. Los viandantes miran horrorizados hacia los pies del guardabarros, donde deben encontrarse los cuerpos de la mujer y la niña. No sé si las he matado. Me entra el pánico. Un motorista que está a mi lado toca en la luneta y me indica que salga. Sus modos son amenazantes. Siento una dureza en el estómago. Creo que voy a vomitar. El motorista me apremia. Intento abrir la puerta pero está atascada. Le miro desde dentro e imploro: «Lo siento, lo siento… No las vi» El motorista se levanta la visera. Veo sus ojos inyectados en furiosa sangre. Grita: «Ibas mirando al móvil, hijo de puta» Forcejeo con la puerta. Sigue sin abrirse. Una multitud rodea el coche y mira en silencio. Hay tanta gente que ya no veo la calle. Ahora la multitud son ancianos que llevan uniformes grises. Emiten un sonido ululante, bronco. El motorista ha dejado de increparme al otro lado de la luneta y ha desaparecido. Estoy solo, forcejeando aún con la puerta.

Al fin, me despierto. En el resabio de la pesadilla identifico la culpa que nunca me abandona.

David Galán Parro

22 de octubre de 2025

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