
Cuando vengan a destruirte,
no olvides
que ni la capucha que vela el patíbulo,
ni las palabras moralistas que susurran,
se hicieron por respeto al condenado;
sólo evitan el asco o el remordimiento
a los que contemplan y ejecutan
callados.
Mejor no ver la mueca que afrenta.
Mejor convencerse de que era razonable.
Porque hay que echarle muchos velos y razones
para retorcer el hecho,
para retorcerlo bien
—tanto como la cuerda que aprieta—
y matarlo bien
para limpiar lo restante,
para dejarlo todo tan impoluto
que sólo quede la pobre ilusión
de que el mundo aún
se mantiene vivo.
David Galán Parro
15 de octubre de 2025