Destruida al fin la vieja arquitectura,
no me juzgo,
no juzgo,
nada me detiene.
Al fin se confunden en mí todas las vidas.
Al compás de mis latidos las oigo palpitar tan cerca,
bombeando fuertemente una misma sangre en un mismo sentido.
No hay lucha que no reconozca en ellas
aspirando a la supervivencia
y que no me regale con ello,
su pedazo de heroísmo.
Para escuchar ese nivel de frecuencias
tuve que convertirme en un insolente feliz
y asaltar los muros de cada cual.
Sé al fin quién respira tras ellos;
qué decir en todo momento;
cómo aliviar.
Sé el secreto: no hagas que nadie se sienta avergonzado de sí mismo.
Saberlo me costó heridas,
ya costras,
costras en las que encuentran descanso los atribulados;
me costó hacer polvo
los templos etéreos y sacrosantos
que nos humillan.
¡Cuánto costó!
Pero ahora, destruida al fin la vieja arquitectura
soy mar al que llegan ríos y río hacia los mares.
soy algo en arrolladora expansión
algo que no detienen ni la derrota ni el triunfo,
esa estrella piadosa que nos mira al caer la noche.
Me he convertido al fin
en el perro loco
que corre fascinado
hacia el corazón de las hogueras.
David Galán Parro
2 de octubre de 2025