Estoy en una cafetería. He tomado una de las mesas y espero a que me atiendan. Tardan. Frente a mí en otra mesa, una mujer me da la espalda. Se sentó después de mí, pero no alcancé a ver su rostro. Lo puedo imaginar y lo imagino tocado de una moderada juventud. La mujer está sola. Lleva puesto un abrigo impermeable sobre el que cae en desorden su cabello rubio. Entonces, se quita el impermeable y deja al descubierto su espalda. Lo que veo quiebra mis expectativas. Su piel parece una fina película de plástico que se arruga como desprendida de sus flácidos músculos. No hallo la tersura esperada, la carne prieta. Una extraña tristeza, una dura certeza me embarga de repente. Ninguna lozanía escapa al tiempo, ningún descreimiento, ninguna audacia. Imagino que ningún hombre ha de desearla ya. Es casi de noche. Sin duda, volverá a su apartamento y dormirá sola en una cama. Nadie la llamará en mitad de la noche con urgencia. A la mañana siguiente, se despertará para hacer su ronda precisa, sin demoras, ni sobresaltos. Todo lo que haga estará siempre bien, como de ella se espera, tácitamente condenada a la corrección.
En el cristal azogado de esa espalda, asoma de golpe todo mi destino.
David Galán Parro
29 de septiembre de 2025
…👌 Muy buen relato.
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Muchas gracias, Antonio!
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