
Aletargado en su sillón y en medio de la penumbra, veía en la televisión la carrera ciclista. Afuera, el calor de la canícula apretaba y las persianas, las contraventanas y el ventilador suavizaban el sofoco de adentro. El sillón daba la espalda a la puerta acristalada de la sala y tras ella estaba el corredor principal de la casa. Sobre la mesa frente a él, había cuatro botellines vacíos y un paquete de tabaco, también vacío, junto a un cenicero con colillas retorcidas. Un crepitar de fritanga llegaba desde la cocina situada al fondo del corredor. De tanto en tanto, miraba el antiguo reloj de pared. Iba a dar las dos. Su mujer le traería en cualquier momento el almuerzo.
De repente, oyó unas voces agudas y chillonas aproximarse por el corredor. Las voces se pegaron a la puerta y se atenuaron hasta el cuchicheo. Reconoció en una, la de su hijo Antonio. Oyó el picaporte ceder sigilosamente y al instante lo vio pasar de largo en dirección a la terraza. Detrás, venía mas pausadamente otro niño que como su hijo, tendría siete años. El niño se detuvo a su lado y se le quedó mirando expectante. Él volvió la cabeza y también lo miró. Su facciones le eran familiares.
—Hola —dijo con timidez el pequeño.
No adivinaba todavía.
—Soy Manu, tito Jose.
Pese a la sombra, la cara del sobrino se le definió repentinamente ante los ojos. Era el hijo de su cuñada Patricia, la que se había ido a Madrid cinco años atrás a ocupar un puesto de administrativo. Lo recordaba correteando con Antonio entre las maletas en el andén de la dársena el día de la despedida. Él había bebido demasiado y no había sido muy agradable con su cuñada. No habían vuelto hablar desde entonces. Ahora el niño llevaba gafas de vista como su padre y estaba peinado con la crencha a un lado. No sabía muy bien qué decirle, qué ofrecerle. Era todo un poco extraño y forzado.
—¿Dónde está papá y mamá? —se le ocurrió.
—Mamá está con abuela y viene a buscarme a la tarde. Papá no vino, se quedó en casa. En mi casa de Leganés, no en mi casa de aquí.
—Ya
—Tita Eloísa está en la cocina y me dijo que te saludara.
—Sí, claro.
El sobrino miró hacia las botellas vacías; luego, al cenicero, luego le recorrió con la mirada la barriga y el pecho descubiertos por la camisa desabotonada. Parecía buscar respuestas para hilvanar y comprender. Al fin, le miró con curiosidad el rostro.
—¿Por qué tienes la nariz roja y la cara roja?
La candidez de la pregunta le hizo sonreír. Hacía días que no sonreía.
—No sé. Será porque trabajo por las noches de payaso de circo.
El sobrino se rió y a él, la risa le recordó cuando le hacía cosquillas junto a su hijo; cuando le quitaba un zapato obligándole a ir tras él, convertido en el cojito cabreado; o cuando le robaba trozos de pan a la mesa y se los pasaba a Eloísa y a Patricia por debajo, haciéndole de rabiar. Eran otros tiempos. Él era aún él. Cinco años atrás. Cinco largos años de terapia, de caer, de levantarse, de recomponerse, de volver a caer; un túnel en el que había renunciado a la luz.
—¿Ya sabes leer?
—Sí
Cogió uno de los botellines vacíos y lo acercó a la cara del sobrino. Éste amusgó la mirada tras las lentes.
—A ver… ¿Qué pone?
—Cer-ve-za Saaaan Mi-gueeel (1)
Tomó luego el paquete de tabaco vacío e hizo lo mismo:
—¿Y aquí?
—Ta-ba-co Maaaar-bo-rro (2). Fu-mar peeeer-ju-di-ca gra-ve-men-te su sa-lud…
—Bien, bien, lo haces muy bien…
En ese momento, Eloísa entró con la bandeja de la fritanga y los platos y pidió a su hijo que jugaba en la terraza que hiciera el favor de traer los cubiertos y las servilletas que se había dejado atrás. El primo se ofreció a ayudarle y ambos salieron hacia la cocina.
—¿Sabes que tu sobrino, ya lee, verdad? —dijo él con reproche.
—¿Y qué quieres decirme con eso? ¿Te vas a preocupar tú de que también lo haga Antonio? Yo, como comprenderás, no puedo más, y menos en mi estado.
—Te dije que en ese colegio no lo metieras. Te lo dije. Son unos vagos esos maestros…
—¡Ah claro! Lo dice quien se ha preocupado este año de ir personalmente a tratar el problema con ellos.
Los niños volvieron y se pusieron a colocar diligentes los cubiertos y las servilletas. Eloísa ultimó los preparativos trayendo los vasos y una jarra con agua. En la pantalla del televisor, el pelotón de ciclistas pedaleaba sin sobresalir, sin entusiasmo, con monotonía. Era así todos los veranos. Él se imaginaba que de estar allí en la carrera, sería uno más. Quizás el último de ellos.
* * * * *
Se levantó de siesta. El salón comedor seguía en penumbra, ahora más densa por la caída de la tarde. No se oían voces. Los niños, Eloísa y Patricia ya habrían salido al parque a merendar. Se abotonó la camisa. Tenía el olor acre del sudor de aquella mañana. Se peinó malamente y al salir tomó del recibidor del vestíbulo las trescientas pesetas que Eloísa le había dejado. Ella le administraba los gastos. Caminó hacia el bar que estaba a unos cien metros de la puerta del edificio, en la misma acera. Ya hacía algo de fresco bajo los toldos de los establecimientos. Eran las siete.
En el bar, las pesetas se le fueron rápidamente en un paquete de tabaco y en cuatro copas de vino. Así y todo, seguiría bebiendo. Insistió al que despachaba que le pusiera tragos a cuenta. Pagaría mañana, dijo. Esta vez sí. Por su madre, en paz descanse, por su hijo y por la que venía en camino, dijo, que mañana sí. Pero el juramento no convencía al de la barra, ni a nadie. «No jures tomado, Jose. Dios te oye» le advirtió alguien a su espalda. Él se volvió torpemente para increpar, pero nadie se dio por aludido. De repente, la tragaperra cantó premio. El afortunado recogió con urgencia la ganancia para rehuirle su posible sablazo. En una mesa cuatro habituales echaban unas manos a la baraja. La situación que veían los movía a la coña, primero por lo bajo, y luego, sin tapujos, en alto. De repente, uno de ellos, el mas brutal, señaló hacia un rincón al pie de la barra y dijo «Si hay cojones Joselito de echártela pa entro, te pago yo mismo una copa» Algunos miraron hacia allí y rieron. Entre la mugre, tumbada boca arriba, había una pequeña cucaracha seca, sin vida. Un segundo ofreció una segunda copa para instigar la proeza; un tercero, una tercera. Hubo apuestas. El reto suscitó el interés de todos y galvanizaba la morbosidad latente. Algunos empezaron a jalearle. Él se iba sintiendo arropado y envalentonado. Al fin, para regocijo de los presentes, se fue hacia el rincón, se agachó, pinzó al insecto por las antenas y suspendiéndolo sobre su boca unos segundos, lo dejó caer para crujirlo. Todo parecía un espectáculo de circo.
* * * * *
—¡Ten cuidado! ¡Ten cuidado, pedazo de animal! —susurró contenida Eloísa cuando le abrió la puerta en el recibidor. Era ya de madrugada—. Los niños están durmiendo. Por favor, cuidado, no vayas a despertarlos. No quiero que Manu te vea así.
El roce de los infructuosos intentos de la llave en la cerradura habían alertado a Eloísa que había acudido presurosa a evitar una escena incómoda.
—Ni en el día en que viene tu sobrino te contienes ¡Por el amor de Dios…!
—¿Pero tu hermana no se lo iba a llevar? ¿Por qué se quedó a dormir? —masculló torpemente.
—Porque no hubo forma de convencerlo. Quiso quedarse con su tío y su primo. Pero no llegabas. Y menos mal.
Al oír aquello, él sintió una extraña punzada en el pecho, como si le faltara aire. Apartó a su mujer y enfiló el pasillo.
—¡¿A dónde vas?! ¡¿A dónde vas?! Vas a despertarlos, pedazo de animal. No vayas. Así no, así no…
—Déjame, déjame… —murmuró dirigiéndose a la habitación del hijo.
—Que me costó que se quedaran dormidos y le prometí a Patricia que no montarías una de las tuyas.
Él no podía ya escucharla. Con cuidado, empujó levemente la hoja entornada. Una pesadez en el cuello sudoroso y en los hombros le invitaba a caer hacia delante desvaído. Temía que eso pasara, pero tenía que ver a los niños. Tenía que verlos. Eloísa, reteniéndolo desde atrás por la espalda, controlaba el ligero vaivén de su torso trémulo. Apoyó el antebrazo en la jamba y contempló absorto, sin aire, desde el resquicio: los primos dormían juntos y destapados dándose las espaldas. Por la ventana abierta, la luna iluminaba sus caras plácidas y puras. Entraba también el fresco de la noche.
Dio unos pasos atrás vencido. La punzada en el estómago seguía ahí, como una dureza que esperaba ser regurgitada. Se reclinó en Eloísa que aún le sostenía, sintiendo desfallecer. Ambos, caminaron hacia la alcoba de matrimonio y allí él se dejó caer sobre la cama tembloroso. Agarró la almohada y se tapó el rostro con ella para ahogar y silenciar el llanto que brotaba incontenible. Estuvo así unos pocos minutos, con Eloísa ensimismada a su lado, palpándose el abultado vientre en la penumbra. Al final, retiró la almohada y se quedó mirando fijamente la lámpara de araña del techo como atravesado por una inusitada lucidez. Entonces, volviendo la cabeza hacia su mujer dijo mansamente:
—Hay que hablar con Alberto mañana, sin falta. La semana que viene vuelvo a terapia…
David Galán Parro
5 de septiembre de 2025
- Cerveza marca San Miguel muy consumida en la década de los 80 en España.
- Tabaco marca Marlboro, Idem.