
Era verano. Había pasado toda la mañana leyendo en casa. No había comido, cuando le cogieron los calores de la tarde. Tenía que comer un poco y salir. Sabía bien cómo acababan esos días de encerrona: atiborrándose de dulces por la noche frente al televisor tratando de dilucidar la quintaesencia de películas antiguas «¿Cómo coño, pretendo escribir algo de cierto interés, si no salgo y vivo?» La novia le reprochaba su falta de planes: «Ya quisiera yo tener tus vacaciones. En casa no me quedaría, desde luego» Pero él tenía grandes propósitos. Grandes metas. Su palabra valdría oro. Nadie lo entendía ahora. Ya sabrían. Se inmolaba generosamente. Todo él sería literatura. Laureada literatura. Salvado.
El móvil sonó entonces. Era una compañera de trabajo que le invitaba a merendar esa tarde. Estarían con la vieja tropa, todo muy divertido, aunque él se vería, sin duda, en medio de toda la tralla chismosa. Ni en verano descansaban de eso.
—¿Cómo llego, Lupe?
—¿Todavía me lo preguntas? Te refresco: coge la dos, la veinticinco o la ochenta y uno en la parada frente al mercado. No cojas la veintidós. Escucha. Cualquiera menos esa.
«¿Por qué tantas opciones? ¿Por qué es todo tan difícil en esta ciudad?» pensó… O eso o eran los tiempos de ahora. O que se hacía aceleradamente viejo.
—No me hagas esperar como siempre ¿vale? —dijo la compañera.
La vieja tropa con la que iba a reunirse la formaban profesores de colegios que él había ido dejando atrás en su periplo de funcionario vitalicio; un gran saco de indistintos conocidos «para obligarse a socializar» donde cabía de todo: solteros, divorciados, arruinados, ex-amantes,… Todos demasiado lejos de su corazón extraviado; todos, compromisos. Pesados compromisos por no volverse loco. Solitariamente loco.
Bajo la marquesina de la parada de guagua, el calor se hacía aún más sofocante. Un nimbo aplastante se había detenido sobre las mugrientas calles comerciales. Esto y el trasiego de la gente en sus ocupaciones de tarde, saliendo y entrando de los establecimientos, le hacían sentirse asfixiado, sumergido en una densidad caótica lo mas parecida al tumulto en pánico previo al apocalipsis. Para rentabilizar la espera se predispuso a observar: «Cualquier cosa o hecho delante de mí puede ser el material. Atento… atento…» A su lado, una joven con brazos tatuados fumaba. «¿Cómo será besar a una mujer fumadora? Su aliento. El sabor de su saliva. El color apagado de sus labios. Que va… No puede ser muy agradable, desde luego. Si Marta hubiera fumado ¿Lo nuestro? Imposible. La mujer fumadora. Buen título, sin duda… Ella volvió a su vieja costumbre después de que él la abandonara de improviso aquella tarde; a la vieja costumbre de fumar la marca de cigarrillos que él le regalara y que la demoraba viendo caer la tarde por la ventana… ¿Tema? La dificultad de superar el pasado…» La joven de brazos tatuados tiró entonces la colilla al suelo, la piso, la recogió y la llevó a una papelera cercana. Al percatarse de que él la observaba, le lanzó una dura mirada en la que se leía claramente: «¿Qué coño miras, imbécil?» Avergonzado, escabulló sus ojos simulando interés por una señora mayor que llevaba atado a un caniche. Esto era menos problemático, desde luego.
La guagua llegó entonces. Él se puso al final de la cola —no solía coger guaguas y podía evidenciarse su torpeza de señorito—. Mientras hacía fila, advirtió que había olvidado cuál era la línea que no debía coger. A ver: sabía que eran cuatro posibilidades y que sólo una, debía evitar. «Un setenta y cinco por ciento de acierto es seguro» se dijo para despreocuparse y le vino a la mente un hombre sonriendo al que le faltaba una pierna y medio brazo: ciertamente, un mutilado así podía muy bien hacer vida. Al llegar su turno, sacó la tarjeta y la pasó por el datáfono. La máquina no respondió. «Está rota» escuchó al chófer a su lado. La voz parecía sutilmente irritada, quizás de tanto advertirlo en el día. Quiso entonces pagar en efectivo, pero en el fondo del monedero, había sólo una monedilla inútil. Miró al chófer. Los nervios no le permitían fijar de modo preciso su fisonomía. Sentía su silencio acuciante. El de los pasajeros al fondo, también. Otra guagua esperaba detrás para ingresar en la misma parada. Entonces el chófer con expresión resignada le hizo un gesto de pase. Para él, todo suponía una situación francamente embarazosa. Entrar sin pagar, el muy señorito.
Bamboleándose atravesó el pasillo y se dejó caer en el primer asiento desocupado al lado de un señor gordo. Dos chicas adolescentes que iban de pie junto a la ventana central se hacían selfis. Parecían muy amigas. «De momento —receló—, porque no ha aparecido entre ellas el chico que lo joda todo… Aquella tarde, en la guagua, ellas que se decían inquebrantables amigas, se tiraban fotos con el móvil, como broma siniestra de su falsa amistad; el mismo móvil que escondía las fotos de una junto al novio de la otra… ¿Título? Dos grandes amigas ¿Tema? ¿Tema? ¿Tema? ¡Ah sí, la inevitable traición…!»
La guagua subía a toda mecha por una de las avenidas principales de la ciudad. Hileras de mustias palmeras en los parterres pasaban flanqueando la calzada. Él no las veía, absorto como iba. Después la guagua se paró ante un semáforo. Al verde giró y entró en la parte alta de la ciudad. Por allí, las construcciones lucían más ruinosas. A la altura de una cancha municipal desolada con gradas de hormigón recobró la presencia y se alarmó al comprobar que andaba demasiado lejos del destino previsto. No sabía qué hacer. Mensajeó a la amiga: «Lupe, no sé por dónde ando» Ella, al rato: «¿Cómo que no sabes? Estamos ya aquí, esperándote.» «No sé, Lupe» «¿No cogerías la veintidós?» Preguntó al señor gordo de al lado. Éste le miró como si no creyera la pregunta. «Lupe, confirmado, voy en la veintidós» «¡Te dije cualquiera menos la veintidós!» «Estoy en el coñísimo ¿qué hago?» «¡Bájate desde que puedas!» «Y luego ¿qué hago, Lupe?» La guagua iba torciendo por calles que tenían edificaciones con fachadas y salientes cochambrosos. Otra ciudad dentro de la ciudad. Veía gente, la mayoría jóvenes y niños, sucios y desarrapados, apostada sin propósito en cualquier parte o deambulando o mirando tétricamente desde las ventanas. La guagua serpenteó un rato por el barrio dejando atrás bares, supermercados, tiendas de ropa al por menor, peluquerías, farmacias… Luego, tomó por otra avenida principal. Alguien solicitó parada y él aprovechando la circunstancia se apeó simulando que controlaba la situación. No podía entreverse su desorientación. Podían asaltarle y robarle. En la pantalla del móvil la amiga insistía: «¿Te has bajado ya?» «Sí» «¿Saliste de Altavista?» «Sí, creo que sí» «Si estás en la avenida, pásate al otro lado, y ponte en una parada por la que pasen guaguas en sentido contrario. Toma una once u otra veintidós» «Ok, gracias, Lupe» y le mandó un corazón.
Cruzó la mediana y caminó un rato avenida abajo. Pasó una rotonda. Era la última hora de la tarde y el bochorno cejaba. Llegó a la parada. Tres adolescentes con camisetas de fútbol de la liga nacional armaban alboroto en el escaño. Iban rapados por nuca y laterales. Dos de ellos, empezaron a discutir acaloradamente. En medio, otro más aniñado, no decía nada.
—Mbappe, es el GOAT (*), el puto amo. Lo dice todo el mundo, bro (**)
—¿Qué sabe la gente? Si el míster y los técnicos apuestan por Bellinghan a muerte.
—¿Y quéeeee? ¡Mbappe, lleva treinta y un goles, TREINTA Y UNO, broooo!
—Pero Bellingham es centrocampista, puto retrasao, no se puede comparar…
El de en medio asentía con la cabeza y miraba a uno y a otro como para confraternizar por igual. Al cabo de un rato, una guagua apareció, se internó en la rotonda y salió por el ramal hacia allí. En el luminoso de puntos del parabrisas aparecía el número veintidós. Debía ser la otra guagua cubriendo el sentido contrario como le dijo Lupe. Los chicos subieron por delante de él. Los que discutían seguían a voces como si el asunto incumbiera a todos dentro. Desde el andén, miró al chófer. Nunca fue buen fisonomista. Dudó. No podía ser. Quiso cerciorarse:
—¿El datáfono… está roto? —le salía casi un remedo de voz.
Vio al chófer asentir ligeramente con una sonrisa entre piadosa y resignada. Luego, oyó el bufido de cierre de la puerta automática y vio, como en un mal sueño, la guagua arrancar.
Se quedó un rato parado bajo la marquesina, otra vez absorto. En la acera opuesta de la avenida, pasaban dos chavales descamisados montados en una bicicleta. Uno pedaleaba, mientras otro por atrás se prendía a su cintura.
—¡Mira! ¡Mira! ¡Es Pablo! ¡¡Maestro!! ¡¡Maestro!! —decía el de atrás a velocidad. Él volvió en sí. Desde la distancia, el muchacho, erguido sobre el eje trasero y con los brazos liberados, le saludaba eufórico.
Haber ejercido de maestro por aquellos barrios compensaba lo calamitoso que era. Y eso no se lo iba a dar su fidelidad a la literatura.
David Galán Parro
21 de agosto de 2025
(*) Acrónimo de «Greatest Of All Time»
(**) Apócope de «brother»