
—¿Has visto a Micky?
—Sí. Ayer—responde él.
Ella está sentada en un banco del bulevar. Sujeta un perro echado a sus pies. El perro forcejea al ver a otro pasar cerca. Él se agacha y lo acaricia. El perro con el hocico le rechaza la mano. Voltea su gruesa cabeza de un lado a otro, inquieto, como espantando moscas.
—Está potente ¿Qué tiene?
—Seis meses, nada más. Si es así ahora, imagínate…
—No te preocupes. Es normal. Todavía es pequeño…
—¿Y dónde lo viste?
—En el parque.
—¿Con quién?
Un breve silencio se hace. Un rumor de hojas cae sobre ellos.
—Con Toni.
—¿Con Toni otra vez?
—Sí, otra vez ¿Cómo se llama?
—Rudy
—¡Hey, Rudy! ¡Rudy! —agarra el hocico del perro y lo zarandea. El perro se incorpora sobre sus patas delanteras y se zafa de nuevo. La cara de él está frente al hocico con el aire retador de un domador de leones. Del hocico cuelga extraviada la lengua. En los costales hay un intermitente jadeo.
—¿Y qué hacía allí con Tony?
—Está potente. Va a ser un pedazo de animal de la hostia…
—Dime ¿Qué hacía allí con Tony?
—Lo de siempre… ¿Qué le echas de comer?
—Un pienso que en su día le compró Micky… Pero ¿Trapicheando?
—Sí. Los vi de lejos. No me acerqué. Estaban hablando con Leo, Kiliam y Noah, los de siempre… Iban a pillar, fijo… ¿Te lo quedaste tú o lo comparten?
—¿Qué? —le coge abstraída.
—¿Que si lo comparten?
—No, no… Me lo quedé yo. Fue un regalo de Micky ¿No puedes hacer algo para que Micky vuelva? ¿No puedes hablar con tu padre?
Él se incorpora. Se enjarra. Mira al cielo como buscando alivio.
—¡Uf! Jenny, la cosa está difícil… Mi padre acabó hasta los huevos de él… Lo sabes… La lío bien liada… No quiere ni oír hablar del tema…
—La última oportunidad, por favor, habla con él…
—Jenny, mi padre perdió muchos clientes de toda la vida en el bar… Hizo lo que pudo por tu madre, en paz descanse, y por ti, pero no se le podía joder más el negocio, Jenny… Sabes que quería mucho a tu madre y que para él eras como una hija, pero no podía más…
—Por favor Hugo, habla con él… Si no trabaja está perdido. Él quiere que volvamos, me lo dice, mira…
Ella saca el móvil y se lo acerca al amigo. Éste amusga la mirada sobre la pantalla. Lee durante unos segundos.
—Ya, ya, parece sincero, no digo que no, pero si sigue trapicheando es mejor que te olvides ya de él, Jenny… Siempre nos jodió a todos…
—Pero si tiene trabajo puede cambiar, Hugo, por favor habla con tu padre.
—¡Uf! Jenny, te digo que la cosa está difícil…
—Por favor, Hugo, por favor,… Si consigue trabajar de nuevo con tu padre yo me encargo de hablar con él, te prometo que no la volverá a cagar, te lo prometo. Si no curra es como un niño chico, pero yo hablaré con él, y todo se arreglará, Hugo, todo se arreglará…
—¡Uf, Jenny! Veré que puedo hacer, pero no te prometo nada…
—Vale, gracias… Si curra dejará el trapicheo, seguro. Yo no puedo estar con él si no curra. Fue una promesa a mamá. No puedo fallarle. Se fue algo tranquila sabiendo que Micky había conseguido trabajar con tu padre…
—Lo sé… Bueno, me voy… Llego tarde al bar… —dice mientras acaricia el lomo del perro. Luego, sonríe a la amiga a modo de despedida, pero lo que consigue es una expresión triste, resignada. Mientras se aleja, ella insiste:
—Dime algo en cuanto puedas. Mejor, por la tarde: tengo turno de mañana en el súper, hasta las tres, y en caja no dejan tener encendido el móvil.
De camino al bar pasa por la linde del parque. Tras el muro y los setos observa al amigo. Trapichea igual que en la víspera, pero como en ella, no con Toni, su socio habitual de antes, sino con una nueva chica que se le abraza y le besa entre cliente y cliente.
David Galán Parro
14 de agosto de 2025