El protector

—¡Hammam! (baño)—pidió el prisionero.

Todos iban en fila india en paralelo a la tapia derruida. El prisionero caminaba delante con las manos atadas a la espalda. Le habían puesto el propio uniforme militar y le venía grande. No tendría más de quince años. Uno de los reclutas del pelotón se apartó con él hacia la tapia, lo desanudó y, poniéndolo de cara a ella, lo encañonó. Nunca se sabía. Cualquier movimiento podía activar el protocolo anti-Actividad Hostil. La semana pasada en otra incursión habían acribillado por error a un chico tras darle el alto cuando hizo el amago de atarse los zapatos y se había armado un importante revuelo entre los superiores. El pelotón esperaba. Noah desenganchó la cantimplora de su mochila y tomó un buche. El sol pegaba. Hacia las colinas, todo era desolado campo llano y pilas de escombros diseminadas.  Milton, un tipo corpulento y con voz grave, dijo:

—Son buenos esos doobies (*) ¿eh, sargento?…

Eran buenos, sí: ni una casa, ni una mezquita, ni un hospital, ni un mercado, ni un muro en pie…

—…ni un túnel de esas putas ratas cobardes. Todavía estarán comiéndose la tierra de sus propias madrigueras derrumbadas.

Noah se recordó feliz en su época de instrucción. Aquello no era lo que le contaron. Luego, mirando al descampado, imaginó multitud de niños que irían con sus madres a los colegios; mercados trasegados por mujeres con velo; autos, bicicletas, carros y bestias de carga enfilando sobre las calzadas de tierra apisonada. Milton seguía:

—En Rafah, llevan mil doscientas tres ratas muertas ¡Mil doscientas tres! Y ni un sólo civil. Nuestros muchachos se emplean bien ¿eh, sargento? No es fácil.

Nadie dijo que lo fuera. Pero tampoco que no hubiera civiles entre los muertos. Noah, ni el sargento, ni ninguno decía nada.

Fue entonces cuando se oyó desgarrador: «¡Allahu Akbar! (¡Alá es grande!)»  El grito prolongado arrastraba una traza de alivio. Todos voltearon las caras hacia la tapia. El recluta acompañante estaba en shock. Los dos brazos del prisionero escupían sangre a borbotones a través de sendas incisiones longitudinales. Se había hecho para su propósito con un hierro afilado de entre los escombros arrimados a la tapia. Pese al estupor y la confusión de todos, alguien pudo alcanzarlo antes de que se desmoronara.

¡Hijo de puuuuta! —soltó Milton enfurecido—. No te puedes fiar de estas ratas, ni a las buenas. A ver cómo cojones salimos de esta. Los mandos nos van a joder vivos, nos van a joder vivos…

—¡Cállase, Milton! ¡Cállase!—le gritó el sargento— ¿O quiere que solicite a base la continuidad del operativo y le ponga a usted a la cabeza del pelotón a ver si se los gasta como el muchacho?

Cuando Noah miró a los ojos aún vivos del joven palestino llevado entre dos, reconoció un inusitado brillo de puro triunfo; de un triunfo que la vida acomodada que le esperaba nunca le depararía.

David Galán Parro

25 de agosto de 2025    

(*) «Osito de peluche»: Nombre con el que los soldados israelíes llaman a un tipo de excavadora civil militarizada usada como arma de demolición urbana.

Ruta incierta

Era verano. Había pasado toda la mañana leyendo en casa. No había comido, cuando le cogieron los calores de la tarde. Tenía que comer un poco y salir. Sabía bien cómo acababan esos días de encerrona: atiborrándose de dulces por la noche frente al televisor tratando de dilucidar la quintaesencia de películas antiguas «¿Cómo coño, pretendo escribir algo de cierto interés, si no salgo y vivo?» La novia le reprochaba su falta de planes: «Ya quisiera yo tener tus vacaciones. En casa no me quedaría, desde luego» Pero él tenía grandes propósitos. Grandes metas. Su palabra valdría oro. Nadie lo entendía ahora. Ya sabrían. Se inmolaba generosamente. Todo él sería literatura. Laureada literatura. Salvado.

El móvil sonó entonces. Era una compañera de trabajo que le invitaba a merendar esa tarde. Estarían con la vieja tropa, todo muy divertido, aunque él se vería, sin duda, en medio de toda la tralla chismosa. Ni en verano descansaban de eso. 

—¿Cómo llego, Lupe?

—¿Todavía me lo preguntas? Te refresco: coge la dos, la veinticinco o la ochenta y uno en la parada frente al mercado. No cojas la veintidós. Escucha. Cualquiera menos esa. 

«¿Por qué tantas opciones? ¿Por qué es todo tan difícil en esta ciudad?» pensó… O eso o eran los tiempos de ahora. O que se hacía aceleradamente viejo.

—No me hagas esperar como siempre ¿vale? —dijo la compañera.

La vieja tropa con la que iba a reunirse la formaban profesores de colegios que él había ido dejando atrás en su periplo de funcionario vitalicio; un gran saco de indistintos conocidos «para obligarse a socializar» donde cabía de todo: solteros, divorciados, arruinados, ex-amantes,… Todos demasiado lejos de su corazón extraviado; todos, compromisos. Pesados compromisos por no volverse loco. Solitariamente loco.

Bajo la marquesina de la parada de guagua, el calor se hacía aún más sofocante. Un nimbo aplastante se había detenido sobre las mugrientas calles comerciales. Esto y el trasiego de la gente en sus ocupaciones de tarde, saliendo y entrando de los establecimientos, le hacían sentirse asfixiado, sumergido en una densidad caótica lo mas parecida al tumulto en pánico previo al apocalipsis. Para rentabilizar la espera se predispuso a observar: «Cualquier cosa o hecho delante de mí puede ser el material. Atento… atento…» A su lado, una joven con brazos tatuados fumaba. «¿Cómo será besar a una mujer fumadora? Su aliento. El sabor de su saliva. El color apagado de sus labios. Que va… No puede ser muy agradable, desde luego. Si Marta hubiera fumado ¿Lo nuestro? Imposible. La mujer fumadora. Buen título, sin duda… Ella volvió a su vieja costumbre después de que él la abandonara de improviso aquella tarde; a la vieja costumbre de  fumar la marca de cigarrillos que él le regalara y que la demoraba viendo caer la tarde por la ventana… ¿Tema? La dificultad de superar el pasado…» La joven de brazos tatuados tiró entonces la colilla al suelo, la piso, la recogió y la llevó a una papelera cercana. Al percatarse de que él la observaba, le lanzó una dura mirada en la que se leía claramente: «¿Qué coño miras, imbécil?» Avergonzado, escabulló sus ojos simulando interés por una señora mayor que llevaba atado a un caniche. Esto era menos problemático, desde luego. 

La guagua llegó entonces. Él se puso al final de la cola —no solía coger guaguas y podía evidenciarse su torpeza de señorito—. Mientras hacía fila, advirtió que había olvidado cuál era la línea que no debía coger. A ver: sabía que eran cuatro posibilidades y que sólo una, debía evitar. «Un setenta y cinco por ciento de acierto es seguro» se dijo para despreocuparse y le vino a la mente un hombre sonriendo al que le faltaba una pierna y medio brazo: ciertamente, un mutilado así podía muy bien hacer vida. Al llegar su turno, sacó la tarjeta y la pasó por el datáfono. La máquina no respondió. «Está rota» escuchó al chófer a su lado. La voz parecía sutilmente irritada, quizás de tanto advertirlo en el día. Quiso entonces pagar en efectivo, pero en el fondo del monedero, había sólo una monedilla inútil. Miró al chófer. Los nervios no le permitían fijar de modo preciso su fisonomía. Sentía su silencio acuciante. El de los pasajeros al fondo, también. Otra guagua esperaba detrás para ingresar en la misma parada. Entonces el chófer con expresión resignada le hizo un gesto de pase. Para él, todo suponía una situación francamente embarazosa. Entrar sin pagar, el muy señorito.

Bamboleándose atravesó el pasillo y se dejó caer en el primer asiento desocupado al lado de un señor gordo. Dos chicas adolescentes que iban de pie junto a la ventana central se hacían selfis. Parecían muy amigas. «De momento —receló—, porque no ha aparecido entre ellas el chico que lo joda todo… Aquella tarde, en la guagua, ellas que se decían inquebrantables amigas, se tiraban fotos con el móvil, como broma siniestra de su falsa amistad; el mismo móvil que escondía las fotos de una junto al novio de la otra… ¿Título? Dos grandes amigas ¿Tema? ¿Tema? ¿Tema? ¡Ah sí, la inevitable traición…!»

La guagua subía a toda mecha por una de las avenidas principales de la ciudad. Hileras de mustias palmeras en los parterres pasaban flanqueando la calzada. Él no las veía, absorto como iba. Después la guagua se paró ante un semáforo. Al verde giró y entró en la parte alta de la ciudad. Por allí, las construcciones lucían más ruinosas. A la altura de una cancha municipal desolada con gradas de hormigón recobró la presencia y se alarmó al comprobar que andaba demasiado lejos del destino previsto. No sabía qué hacer. Mensajeó a la amiga: «Lupe, no sé por dónde ando» Ella, al rato: «¿Cómo que no sabes? Estamos ya aquí, esperándote.» «No sé, Lupe» «¿No cogerías la veintidós?» Preguntó al señor gordo de al lado. Éste le miró como si no creyera la pregunta. «Lupe, confirmado, voy en la veintidós» «¡Te dije cualquiera menos la veintidós!» «Estoy en el coñísimo ¿qué hago?» «¡Bájate desde que puedas!» «Y luego ¿qué hago, Lupe?» La guagua iba torciendo por calles que tenían edificaciones con fachadas y salientes cochambrosos. Otra ciudad dentro de la ciudad. Veía gente, la mayoría jóvenes y niños, sucios y desarrapados, apostada sin propósito en cualquier parte o deambulando o mirando tétricamente desde las ventanas. La guagua serpenteó un rato por el barrio dejando atrás bares, supermercados, tiendas de ropa al por menor, peluquerías, farmacias… Luego, tomó por otra avenida principal. Alguien solicitó parada y él aprovechando la circunstancia se apeó simulando que controlaba la situación. No podía entreverse su desorientación. Podían asaltarle y robarle. En la pantalla del móvil la amiga insistía: «¿Te has bajado ya?» «Sí» «¿Saliste de Altavista?» «Sí, creo que sí» «Si estás en la avenida, pásate al otro lado, y ponte en una parada por la que pasen guaguas en sentido contrario. Toma una once u otra veintidós» «Ok, gracias, Lupe» y le mandó un corazón.

Cruzó la mediana y caminó un rato avenida abajo. Pasó una rotonda. Era la última hora de la tarde y el bochorno cejaba. Llegó a la parada. Tres adolescentes con camisetas de fútbol de la liga nacional armaban alboroto en el escaño. Iban rapados por nuca y laterales. Dos de ellos, empezaron a discutir acaloradamente. En medio, otro más aniñado, no decía nada.

—Mbappe, es el GOAT (*), el puto amo. Lo dice todo el mundo, bro (**)

—¿Qué sabe la gente? Si el míster y los técnicos apuestan por Bellinghan a muerte.

—¿Y quéeeee? ¡Mbappe, lleva treinta y un goles, TREINTA Y UNO, broooo!

—Pero Bellingham es centrocampista, puto retrasao, no se puede comparar…

El de en medio asentía con la cabeza y miraba a uno y a otro como para confraternizar por igual. Al cabo de un rato, una guagua apareció, se internó en la rotonda y salió por el ramal hacia allí. En el luminoso de puntos del parabrisas aparecía el número veintidós. Debía ser la otra guagua cubriendo el sentido contrario como le dijo Lupe. Los chicos subieron por delante de él. Los que discutían seguían a voces como si el asunto incumbiera a todos dentro. Desde el andén, miró al chófer. Nunca fue buen fisonomista. Dudó. No podía ser. Quiso cerciorarse:

—¿El datáfono… está roto? —le salía casi un remedo de voz.

Vio al chófer asentir ligeramente con una sonrisa entre piadosa y resignada. Luego, oyó  el bufido de cierre de la puerta automática y vio, como en un mal sueño, la guagua arrancar.

Se quedó un rato parado bajo la marquesina, otra vez absorto. En la acera opuesta de la avenida, pasaban dos chavales descamisados montados en una bicicleta. Uno pedaleaba, mientras otro por atrás se prendía a su cintura.

—¡Mira! ¡Mira! ¡Es Pablo! ¡¡Maestro!! ¡¡Maestro!! —decía el de atrás a velocidad. Él volvió en sí. Desde la distancia, el muchacho, erguido sobre el eje trasero y con los brazos liberados, le saludaba eufórico.

Haber ejercido de maestro por aquellos barrios compensaba lo calamitoso que era. Y eso no se lo iba a dar su fidelidad a la literatura.

David Galán Parro

21 de agosto de 2025     

(*) Acrónimo de «Greatest Of All Time»

(**) Apócope de «brother»

Estudiando Literatura 7: «El campamento indio» de Ernest Hemingway

Voy a analizar el comienzo de un cuento de Hemingway titulado Campamento indio y voy a enunciar a partir de este análisis algunas de las características generales de su estilo:

«En la orilla del lago había otro1 bote de remos preparado.2 Los dos indios estaban de pie, esperando.3

Nick y su padre4 subieron a la popa del bote5, los indios lo empujaron y uno de ellos subió y comenzó a remar.6 Tío George iba sentado en la popa del bote del campamento.7 El indio joven8 alejó el bote de la orilla, se montó en él y se puso a remar para llevar a tío George»

  1. Si hay otro es que hay uno o más de dos botes de remos preparados. El adjetivo «otro» ayuda a la representación directa de este hecho, de momento, impreciso cuantitativamente. Hemingway nos fuerza a representarnos la historia por medio de su economía de palabras y nos somete a ella, aunque de momento la representación sea imprecisa en nosotros. Eso hace que tenga margen y libertad como narrador frente a nosotros, lectores, para ir, posteriormente, precisándola. Él narra sin tenernos totalmente en cuenta y nos transmite indirectamente, esta condición de narrador despreocupado, liberado de la responsable tarea de hacerse entender con facilidad y por ello, de ser desde el comienzo preciso.
    Hemingway pudo escribir para empezar: «En la orilla del lago había preparados dos botes de remos.» ¿Por qué razón no optó por escribirlo así? ¿Qué provoca sobre nosotros, los lectores? Pienso que mediante la manera suya, se produce un efecto que intentaré explicar. Tenemos la manera nuestra (A), «había preparados dos botes de remos» y tenemos la manera suya (B), «había otro bote de remos preparado». En A los dos botes aparecen en simultáneo e inmediatamente. En cambio en B tenemos que uno de los botes aparece primero inmediatamente y otro aparece después por medio del primero. Con esto, Hemingway provoca que la representación interna que nos hacemos de la historia se vaya formando más sucesivamente que simultáneamente. 
    Otra razón de escribirlo así, puede deberse a que provoca una formación de la representación interna de los hechos en el lector que se aproxima a la percepción de la realidad y a las expectativas que suponemos en los mismos personajes. Nos sentimos físicamente próximos a ellos. Me explico: Nick y el padre llegan a la orilla y no esperan que se encuentre un segundo bote, de manera que Hemingway nos dice entonces «En la orilla había otro bote…» Nos puso así en la actividad perceptiva y en la expectativa de los personajes.

    * * * * *
    ↩︎
  2. El adjetivo «preparado» hace referencia a un uso inminente de los botes. Nos provee así de una expectativa sobre la historia. La actitud de espera de los indios tiene cohesión con esta expectativa, cohesión narrativa.

    * * * * *
    ↩︎
  3. El artículo determinado «los» delante del sustantivo «indios», sin aparecer antes en el discurso el artículo indeterminado «unos» acompañándolo, es indicativo del forzamiento a representarnos la historia por medio de su economía de medios y nos impone el ritmo de construcción de la representación interna de la historia. Además no le interesa describirnos a los indios: están ahí principalmente con el fin de poder avanzar en la narración de la historia. Hemingway establece así una relación narrador-lector, violenta, de ritmo acelerado, en lo que cuenta y en el cómo lo cuenta. Esto contribuye a reforzar la unidad contenido-forma de su estilo. Por otra parte algo queda dilucidado: el número de botes. Gracias a que dice que hay dos indios, ya podemos casi afirmar que no hay más de dos botes.

    * * * * *
    ↩︎
  4. Al igual que a los indios, presenta a estos dos personajes sin describirlos. Sólo nos dice que uno se llama Nick y, que el otro, es el padre de éste. No podemos saber de momento, acerca de Nick, si es un niño, un joven o un adulto. Esto no importa para las intenciones narrativas presentes del narrador.

    * * * * *
    ↩︎
  5. A la popa de uno de los dos botes. Lo dicho antes indirectamente —el número de botes, por medio del número de indios— debe ser suficiente para que nos representemos los elementos necesarios de la escena. Hemingway no ha perdido la cohesión y continuidad narrativa pese a la economía de medios que utiliza. Por otra parte, es importante fijarnos en que Hemingway dice «bote», sin predicar nada más sobre dicho objeto porque no necesita diferenciarlo.

    * * * * *
    ↩︎
  6. Tras la acción descrita ya sabemos que Nick, su padre y uno de los dos indios van en uno de los dos botes. El indio rema, esta activo, Nick y su padre no reman, pasivos. El otro indio queda en suspenso.

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    ↩︎
  7. Nuevo personaje. No se le describe. Hemingway sólo nos dice cómo se llama, y que es tío de Nick. No sabemos si es por parte de padre o madre. Como en (4), esto no importa para las intenciones narrativas presentes del narrador. Por otra parte, ahora nos fijamos que Hemingway dice «bote de campamento», predicando sobre el objeto, porque ahora sí necesita diferenciarlo del otro bote que ya salió. Para Hemingway predicar sobre algo suele ser un acto de diferenciación motivado por necesidades intratextuales prácticas: bote uno, «bote»; bote dos, «bote de campamento».

    * * * * *
    ↩︎
  8. Solo con el adjetivo «joven» Hemingway predica inmediatamente de uno de los dos indios y por medio de esta predicación lo hace del otro como indio «viejo».
    Hemingway podía haber escrito al principio: «Dos indios, uno viejo y otro joven, estaban de pie esperando. Al no escribirlo así, Hemingway nos ha impuesto otra vez, como en (1), el ritmo de construcción de la representación interna que nos hacemos de la historia y provoca que esta representación se vaya formando más sucesivamente que simultáneamente. 

    * * * * *
    ↩︎

Extraigo estas características generales del análisis:

A) Todo lo narrado es mundo objetivo, y principalmente, acción y hechos.

B) Apenas hay descripción de personas, objetos y lugares.

C) No hay referencias directas al mundo subjetivo de los personajes.

D) No se cuenta nada que produzca una reiteración.

E) Si algo se puede decir por medio de decir otro algo, mejor.

F) El narrador nos suministra la información estrictamente necesaria en cada momento según sus intenciones.

G) El narrador nos impone el ritmo de construcción de la representación interna que nos hacemos de la historia.

H) No hay metáforas.

I) Oraciones simples, cortas, yuxtapuestas, no subordinadas.

J) Los verbos utilizados indican acciones externas a la conciencia.

K) Los adjetivos tienen un carácter funcional, no ornamental.

David Galán Parro

15 de agosto de 2025

Sobre el estilo de Ernest Hemingway

Leo a Ernest Hemingway y lo encuentro —utilizando adjetivos que lo definan estilísticamente— duro, seco, lacónico, sencillo, desnudo, realista,… Son adjetivos con los que me quiero acercar a las impresiones que me ofrece, pero esto no basta. He oído decir de su manera de narrar que muestra sin explicar. No es desacertado enunciarlo así, pero creo, que esta apreciación es parcial, pobre, simple.

Un autor es, a mi juicio, fundamentalmente lo que nos cuenta acerca del mundo subjetivo que late bajo una historia y no tanto el cómo lo cuenta. Entre mis particulares limitaciones como escritor están la falta de contenido subjetivo universal que transmitir y la dificultad de representar de forma concreta esta subjetividad por medio de los personajes y sus acciones, por medio de la historia que cuento. Esto me lleva muchas veces a ser formalmente preciosista. Y sí, disfruto y aprendo mientras escribo, pero no dejo de reconocer que soy formal. Otras veces, por tener algo más de ese contenido subjetivo, puedo ir más directo al tema y sub-temas, al argumento y a la historia.

Me sirvo de dos apreciaciones que enuncia Francisco Umpierrez Sánchez en su artículo ¿Cuándo haces narraciones debes mirar a tu mundo exterior o a tu mundo interior?, para establecer dos virtudes claras en lo que leo de Hemingway. La primera es «(…) nosotros queremos personajes que nos hagan sentir, padecer, sufrir. Queremos vivir tensiones y desasosiegos. Queremos acciones, pero acciones cargadas de subjetividad»; la segunda, «El nexo entre la vida exterior y la vida interior son las acciones y no los pensamientos. Si el narrador se centra, ya sea en su experiencia propia o en la ajena, en las acciones, su lenguaje literario nunca se presentará como una abstracción del lenguaje corriente y la realidad se impondrá en las representaciones del lector.»

Hemingway nos da principalmente las acciones como nexos entre la vida exterior e interior de sus personajes. Y así los personajes de los cuentos que he leído, hombres vinculados siempre a una actividad práctica —la caza, la pesca, la guerra, la tala, la navegación, la asistencia médica a un parto,…— actúan siempre. Sus acciones están cargadas de subjetividad —amor, odio, resentimiento, incertidumbre, traición, valentía, cobardía, esperanza, ilusión, culpabilidad,…—; y esta subjetividad Hemingway nos la deja entrever a través de una representación estilísticamente dura y sencilla del mundo objetivo y de las acciones de los personajes. Hemingway parece decirnos: vean lo que hacen y lo que dicen y deduzcan lo que sienten y piensan. 

Por último decir que Hemingway se centra en la experiencia propia. La caza, la pesca, el alcoholismo, las relaciones de pareja, la muerte, tuvo que conocerlos de primera mano. Hay detalles en sus narraciones que sólo un hombre que ha vivido de cerca y de manera práctica en esos mundos puede darnos. Con esto consigue que «su lenguaje literario no se presente como una abstracción del lenguaje corriente» y que «la realidad que ha vivido se nos imponga claramente en nuestras representaciones internas.»

Y Hemingway, en estos cuentos, tiene un contenido subjetivo universal que transmitir y lo hace a su modo duro y sencillo.

David Galán Parro

15 de agosto de 2025

Fue una promesa a mamá

—¿Has visto a Micky?

—Sí. Ayer—responde él.

Ella está sentada en un banco del bulevar. Sujeta un perro echado a sus pies. El perro forcejea al ver a otro pasar cerca. Él se agacha y lo acaricia. El perro con el hocico le rechaza la mano. Voltea su gruesa cabeza de un lado a otro, inquieto, como espantando moscas.

—Está potente ¿Qué tiene?

—Seis meses, nada más. Si es así ahora, imagínate…

—No te preocupes. Es normal. Todavía es pequeño…

—¿Y dónde lo viste?

—En el parque.

—¿Con quién?

Un breve silencio se hace. Un rumor de hojas cae sobre ellos.

—Con Toni.

—¿Con Toni otra vez?

—Sí, otra vez ¿Cómo se llama?

—Rudy

—¡Hey, Rudy! ¡Rudy! —agarra el hocico del perro y lo zarandea. El perro se incorpora sobre sus patas delanteras y se zafa de nuevo. La cara de él está frente al hocico con el aire retador de un domador de leones. Del hocico cuelga extraviada la lengua. En los costales hay un intermitente jadeo.

—¿Y qué hacía allí con Tony?

—Está potente. Va a ser un pedazo de animal de la hostia…

—Dime ¿Qué hacía allí con Tony?

—Lo de siempre… ¿Qué le echas de comer?

—Un pienso que en su día le compró Micky… Pero ¿Trapicheando?

—Sí. Los vi de lejos. No me acerqué. Estaban hablando con Leo, Kiliam y Noah, los de siempre… Iban a pillar, fijo… ¿Te lo quedaste tú o lo comparten?

—¿Qué? —le coge abstraída.

—¿Que si lo comparten?

—No, no… Me lo quedé yo. Fue un regalo de Micky ¿No puedes hacer algo para que Micky vuelva? ¿No puedes hablar con tu padre?

Él se incorpora. Se enjarra. Mira al cielo como buscando alivio.

—¡Uf! Jenny, la cosa está difícil… Mi padre acabó hasta los huevos de él… Lo sabes… La lío bien liada… No quiere ni oír hablar del tema…

—La última oportunidad, por favor, habla con él…

—Jenny, mi padre perdió muchos clientes de toda la vida en el bar… Hizo lo que pudo por tu madre, en paz descanse, y por ti, pero no se le podía joder más el negocio, Jenny… Sabes que quería mucho a tu madre y que para él eras como una hija, pero no podía más…

—Por favor Hugo, habla con él… Si no trabaja está perdido. Él quiere que volvamos, me lo dice, mira…

Ella saca el móvil y se lo acerca al amigo. Éste amusga la mirada sobre la pantalla. Lee durante unos segundos.

—Ya, ya, parece sincero, no digo que no, pero si sigue trapicheando es mejor que te olvides ya de él, Jenny… Siempre nos jodió a todos…

—Pero si tiene trabajo puede cambiar, Hugo, por favor habla con tu padre.

—¡Uf! Jenny, te digo que la cosa está difícil…

—Por favor, Hugo, por favor,… Si consigue trabajar de nuevo con tu padre yo me encargo de hablar con él, te prometo que no la volverá a cagar, te lo prometo. Si no curra es como un niño chico, pero yo hablaré con él, y todo se arreglará, Hugo, todo se arreglará…

—¡Uf, Jenny! Veré que puedo hacer, pero no te prometo nada…

—Vale, gracias… Si curra dejará el trapicheo, seguro. Yo no puedo estar con él si no curra. Fue una promesa a mamá. No puedo fallarle. Se fue algo tranquila sabiendo que Micky había conseguido trabajar con tu padre…

—Lo sé… Bueno, me voy… Llego tarde al bar… —dice mientras acaricia el lomo del perro. Luego, sonríe a la amiga a modo de despedida, pero lo que consigue es una expresión triste, resignada. Mientras se aleja, ella insiste:

—Dime algo en cuanto puedas. Mejor, por la tarde: tengo turno de mañana en el súper, hasta las tres, y en caja no dejan tener encendido el móvil.

De camino al bar pasa por la linde del parque. Tras el muro y los setos observa al amigo. Trapichea igual que en la víspera, pero como en ella, no con Toni, su socio habitual de antes, sino con una nueva chica que se le abraza y le besa entre cliente y cliente.

David Galán Parro

14 de agosto de 2025

La patria

Somos un árbol,

un viejo árbol,

que hunde sus raíces en la Libertad y la Belleza,

de aquel pueblo que absorbiendo lo precedente,

se hizo espiritualmente a sí mismo,

y que luego mirándolas dijo: ¡Patria!

Hoy, le cantan los millones de hombres y mujeres que nos han dado

las colosales construcciones que desafían y someten tierra, agua y aire,

las precisas conexiones que sortean muros y distancias,

los artefactos lanzados al vacío cósmico atisbando lo insondable,

las máquinas creadas, ahora autónomamente creadoras,

la incipiente conciencia de la materia que no alcanza la vida,

las invenciones para reír y llorar que son nuestro bello espejo,

el pensar sobre todo esto y el pensar replegado sobre sí, siempre interminables…

¿Qué es nuestro mundo

sino un profuso árbol

enraizado y germinado

sobre aquella antigua patria?

David Galán Parro

13 de agosto de 2025

Algo literario a partir de Hegel (1)

Dice Hegel refiriéndose a los antiguos griegos: «Es cierto que tomaron los rudimentos esenciales de su religión, de su cultura, de su convivencia social, en mayor o menor medida, de Asia, de Siria, y de Egipto; pero supieron anular de tal modo lo que de extraño había en estos orígenes, lo transformaron, elaboraron e invirtieron, haciendo de ello, algo distinto a lo que era, de tal modo, que lo que nosotros, al igual que ellos mismos, apreciamos, reconocemos y amamos en eso es, esencialmente, lo suyo propio»

¿Han leído bien? Pues, escuchen lo que me digo…

«Entrégale al otro y no esperes de él hacia ti. Hazlo, y contempla con dicha cómo vuela libre lejos de ti, con lo que le das, hacia regiones y horizontes que le son más afines y amados. No temas: si así haces siempre estará a tu lado: cerca y lejos son cosas iguales para los que viven entregados y a la vez, liberados.

Entrégale al otro y no esperes de él hacia ti, te repito. Sé una influencia más en él y acepta que estás muy parcialmente en él. Tu espera no debe ser otra sino la de querer ver en él que lo extraño recibido de ti, sea la materia y el impulso de su libre viaje. No te importe hacia dónde vaya. No te importe ser anulado en su interior cuando transforme, elabore e invierta tu aporte originario. Aprecia, reconoce y ama lo que con lo recibido de ti, ha hecho para sí; lo que ha hecho suyo propio. A fin de cuentas, tú amas la libertad que existe en ti y necesariamente por eso, la que existe en cada uno.

Haz lo que te digo, primero, ahí donde están los que te conciernen, aquellos que habitan en tu mundo más inmediato, no en otra parte antes.

Hazlo, si quieres algún día alcanzar un pedazo real de amor hacia la Humanidad…»

David Galán Parro

11 de agosto de 2025 

Si pudiera darte ciertas cosas…

Si pudiera estar en el centro mismo de tu pesar,

arrojar lejos de ti tanta incertidumbre,

hacerte un inexpugnable cerco de trampas que ahuyente tus miedos,

aliviarte toda herida o cerrarte cicatrices,

proveerte de una intacta esperanza eterna.

Si pudiera darte estas cosas en los días inciertos

—y aún en los que nadie puede certificar si serán—;

incluso sin hallarlas en mí,

incluso sin hallarlas por ninguna parte…

Si pudiera…

Yo conocería por entero

la mitad de esa dicha que da sentido

a los fragmentos de mundo que me reunieron al nacer

y a los otros, de los que hago acopio para vivir contigo.

David Galán Parro

10 de agosto de 2025

Duke

1

Cuando se casaron, Vivian y Frederick compraron un modesto adosado en una apartada urbanización por una zona de la ciudad que estaba expandiéndose. No tenían aún hijos y Vivian, que los deseaba, insistía a su marido. Éste, analista de mercados e inversor financiero que teletrabajaba desde casa, decía no tener tiempo ni energía para hijo alguno. Eso decía; pero tras muchas discusiones, Vivian consiguió que cediera.  

Pasó un año sin resultados. Vivian se desesperaba. Aquel asunto necesitaba de algo más que de la voluntad de ambos, por lo que convenció a Frederick para que se sometieran a algunas pruebas. Los diagnósticos coincidieron contundentes: Frederick era estéril y la causa de ello, la achacaron a una imposibilidad genética. Él, que lo sospechaba desde hacía tiempo, se sintió triste pero mezquinamente aliviado al pensar que al menos Vivian, igual o más afectada, cejaría en su exigencia. En un falso gesto consolador hacia ella o de liberación moral hacia sí, Frederick confesó su sospecha y la confesión empeoró las cosas. Mas que la mera incapacidad de su marido de tener hijos lo que consumía a Vivian era que él pudiera haber puesto por delante de su necesidad de ser madre, una especie de orgullo viril y de estúpida filosofía machista, alimentados por sus visualizaciones en internet. Esta idea soliviantó a Vivian a seguir adelante. Propuso otras alternativas: la adopción o la fecundación artificial. Pero a él se le antojaban humillantes o peor aún, monstruosas. Estaba claro y no debía hacerse ilusiones: bajo su negativa y aparente recelo, Frederick regresaba y se anclaba a sus primeras posturas egoístas, a su vieja comodidad de soltero, al terror inconfeso que le producía la idea de la responsabilidad paterna. Porque Frederik, aunque no lo pareciera, no había dejado de ser un hombre construido sobre un niño aterrorizado por la vida. La situación se empantanó entonces y las desavenencias por cualquier cosa surgieron pronto. Se discutía por todo y en verdad, por lo mismo.

El matrimonio tenía que ser salvado sin comprometerle, pensaba Frederick. Tal vez una mascota como un perro sirviera. Sí, un buen perro de raza le gustaría a Vivian y sustituiría al hijo no venido en cuanto a crianza y compañía. La mantendría ocupada. No se sentiría tan sola allí en la apartada casa, cuando él estuviera durante interminables horas enclaustrado en su despacho con los clientes en linea. Aprovechando que estaba cerca el cumpleaños de ella, la idea no solo le pareció plausible sino que además como regalo no dejaría notar tan a las claras que se trataba de una solución compensatoria. 

En la celebración, el nuevo miembro familiar fue un espectáculo desde que Frederick lo sacó del maletero en un transportín cubierto en papel regalo. Era un pequeño Yorkshire terrier muy inquieto que de inmediato trasegaba queriendo estar con unos y otros. Lo llamaron Duke «Tú le pagarás los gastos cuando lo llevemos de viaje con nosotros ¿no, Vivian?» Todos los presentes se rieron. Y Vivian, ofendida, también. 

Pese a esto, Duke consiguió por una larga temporada insuflar un renovado entusiasmo a la convivencia y ser el centro de atención del hogar. El remedio al hijo parecía funcionar. 

2

Por aquella época, Vivian consiguió trabajo en un instituto público como interina —la obtención de una plaza fija se le resistía— y se le veía ilusionada y centrada en su labor docente entre estudiantes. Los alumnos la querían y Vivian se sentía no solo estimada, sino también secretamente deseada. Su personalidad encandilaba. Daba clases de Ética y Filosofía y adoptaba posiciones muy liberales en los debates que abría en clase. Alguna vez, estas ideas le valieron desencuentros con compañeros y familias, sin que ello la arredrara. En su trabajo se expandía. En casa, por contra, sentía la opresión del carácter de Frederick, su odioso intelectualismo que todo lo hería de muerte. El disentimiento y la complacencia frente a él cada vez menos nombrados se apoderaron de ella. El trato iba a regresar al frío de antaño y Duke no lo iba a remediar.

Fue a mitad de curso, cuando un compañero, algo más joven que ella, le dejó caer su interés y empezó a seducirla. Al principio, Vivian no se dio por aludida o no quiso creer. Atribuía el cortejo del compañero, mas que a un interés particular, a un talante excesivamente amistoso repartido por igual entre hombres y mujeres. Pero un día a la salida de una fiesta de jubilación de una compañera, él se ofreció a acompañarla hasta el coche. Vivian no se negó, confiándose a la idea de que de noche aquel barrio no parecía seguro. El compañero la despidió con un largo beso en los labios antes de cerrarle él mismo la puerta del auto. Vivian arrancó absolutamente confundida. No sabía bien decir si aquello le había gustado o no. El deseo y el deber iban a pugnar en ella un tiempo a partir de aquella noche.

Para mantenerse en el deber, inventó todas las razones y todas inútiles. Todas demasiado pragmáticas, demasiado casposas —el matrimonio, la casa, los ahorros conjuntos, los viajes, Duke…—; pragmatismo que Vivian sabía que no casaba con su concepto del amor, hecho de una sinceridad despiadada consigo misma. La atracción por él era fuerte, eso estaba claro. Y si era así… ¿No debía ahora predicar con el ejemplo? ¿No había ella impulsado a tantos alumnos a decidir en libertad frente al destino acomodaticio, frente a las expectativas familiares que lastraban sus genuinos anhelos? Para Vivian el conflicto comenzó a ser no solo una cuestión emocional, sino también racional, una cuestión de principios que de no atenerse a ellos, la deslegitimaba y la revelaba como una inconsecuente ¿No estaban además en juego su propia identidad, su fuerza, su pleno futuro, sus auténticos sentimientos? Estaba al borde de la desesperación.

Mientras tanto, el compañero siguió a lo suyo. Nada tenía que ver con aquellas consideraciones, por lo que nada le iba a hacer cambiar sus intenciones. Otras fiestas, otros encuentros furtivos, en un parque, en una solitaria playa, en algún que otro hotel, rellenaron las ausencias de ella justificadas ante Frederick con reuniones y cursos de formación ineludibles, salidas  con nuevas compañeras, incluso con atenciones o clases particulares a algún que otro alumno. Indolente y atareado, Frederick no sospechaba.

Aquella vertiginosa vida social de Vivian dejaba a Duke en manos de Frederick. Éste se sentía obligado con el perro. Lo sacaba a pasear sin entusiasmo, con fastidio, ocupándose casi por entero de su cuidado y alimentación. A fin de cuentas ¿Qué otra cosa podía hacer? Era el regalo compensatorio a Vivian, el regalo que ella no le había pedido, su solución. No ocuparse de Duke era reconocer lo que, como en muchas cosas de su vida, se negaba a ver: que la solución no había servido para salvar la relación, pero sí para confirmarle ante Vivian como el niño perdido, el inmaduro, que ella no escatimaba en reprochar. La humillación y la monstruosidad que creyó conjurar con su negativa a la adopción y a la fecundación artificial, lo buscaban ahora intempestivamente en su atadura al perro.

Aquel cuidado producto de una obligación moral encubierta, no iba a sostenerse indefinidamente. Al cabo de unos meses, Frederick fue perdiendo su obstinación. Ya no sacaba a pasear a Duke cada dos o tres veces al día. Ya no compraba su comida favorita. Apenas lo aseaba; apenas lo distraía cuando se le acercaba solícito. Duke fue enmudeciendo lentamente. Empezó a caminar más despacio. Estaba deprimido. El rabo antes enhiesto y alegre parecía esconderse ahora como avergonzado del entusiasmo en tiempos mejores. Dejó de hablarse de Duke y se asumió veladamente, que mientras el perro tuviera para vivir, todo andaría bien, nada les comprometería. Duke debía ser, sí o sí, el tercero en el hogar. No lo querían ver, pero en la salud del perro se encarnaba la salud del matrimonio.

3

Un día, un fallo en la aplicación que permitía la videoconferencia con la junta de accionistas obligó a Frederick a usar el ordenador de Vivian. No quería utilizarlo sin su consentimiento, así que trató de localizarla al móvil. No hubo respuesta. Los clientes ya esperaban. La urgencia justificaba esta vez el procedimiento indiscreto. Abrió el escritorio. Con la precipitación de su salida, Vivian había dejado en pantalla la ventana de sus correos privados. Frederick leía en sesgo, confundiendo en el paroxismo del momento, la ansiedad que le procuraba la inmediata solvencia del revés informático, con la del revés sentimental. Aún así, absolutamente descentrado, pudo mantener a flote el orden del día en la reunión con los clientes.

Nada dijo a la llegada de Vivian por la tarde. Duke dormitaba sobre su puff. Hacía tiempo que había dejado de recibir a su dueña. La casa parecía más oscura que de costumbre. Cuando Frederick salió del despacho dejaron que cayera la noche sin encender las luces. Estaban mutuamente silenciosos. Luego cenaron frente al televisor. Surgieron algunos monosílabos. Esta vez, no iban a comentar los pormenores del día. Vivian se acordó al acabar que le tocaba dar de comer a Duke. Se levantó con desgana y le sirvió. Su marido esperaba el gesto. Él no pensaba hacerlo.

4

Llegó el verano y el escarceo de Vivian había acabado sin dejar rastro. El joven compañero tenía a otra y Vivian no volvería a verlo destinada por su nómada condición de interina a otros centros.

En uno de aquellos días, al volver también por la tarde, Vivian se asomó al despacho de Frederick y preguntó por Duke. Como abstraído y sin apartar la mirada de los gráficos salientes que mostraba el escritorio su marido le respondió:

—No está en casa —. Su voz parecía agotada.

—¿Cómo que no está?

—Te dejaste la puerta abierta al marcharte y debió salir tras de ti esta mañana.

—¿Seguro? Nunca me ha pasado.

—Pues pasó.

—Estará en los terrenos de algún vecino ¿no crees?

—No lo sé. Compruébalo. Tengo trabajo y no puedo dedicarme a ello. Tú puedes si haces hueco en tu atareada vida de verano. Si no, espera por él.

Frederick se volvió y la miró fijamente con una dureza ajena. Vivian no respondió. Sintió, entonces, un pálpito irreal, absurdo. En silencio, le dio la espalda, fue a la cocina, soltó el bolso sobre la mesa, abrió la nevera y destapó una cerveza. Luego fue al salón, se desplomó en el sofá y puso el primer programa que encontró en antena. Era ruidoso. Le ayudaría a no pensar.

* * * *

Una semana después, un vecino dijo a Vivian que habían encontrado a Duke entre los escombros de un solar alejado de allí, dentro de una bolsa de basura. Le habían aplastado la cabeza.

Vivian sospechó que sobraba decírselo a su marido.

David Galán Parro

6 de agosto de 2025

Promesa y soledad

Bajo el dosel del palio, parece dormido en su sitial. Lo llevan sobre la parihuela mientras lo envuelve el estremecimiento colectivo. Las borlas en los flecos de las bambalinas se agitan como un eco de la pugna que mantienen las manos solícitas por agarrar los travesaños de la base. Todos quieren complacer al sabio líder.

Son los fervientes acólitos de él que con rutilante boato lo sacan en loor de su sabiduría absoluta, en loor del conocimiento infinito que los salva. Una brizna de hierba que mueve el viento, la ínfima vibración del ala de un insecto, de un pelo apenas surgido del folículo; pero también la sustancia dinamizadora que buscaron los griegos, el resultado final todavía no desentrañado de una vasta cadena de ecuaciones matemáticas, el centro mismo de la singularidad que aúna lo infinitamente pequeño y grande del cosmos, la certeza de si hubo Dios allí, aunque alguien lo afirmara muerto… Todo, absolutamente todo, lo ha experimentado y lo conoce; todo, absolutamente todo, lo ha dado o lo dará con su perfecta generosidad de trasmundo.

Entre empellones, se agolpan al paso de la plataforma de madera; lloran, se mesan el cabello, extienden los brazos al cielo como urgiendo el maná, galvanizados por un fogonazo de arrebatado júbilo. Avanzan hacia la loma atravesando la húmeda pradera, veteada de flores, salpicada de árboles y arbustos. «Nuestro sabio líder camina… ¡Camina!… pese a su sufrimiento incomprendido, pese al odio que le tributan los mediocres, los adocenados, los injustos y los necios. Hemos conjurado gracias a él la vil disipación y por ello, a él le debemos también nuestra salvación. Es como un mesías para nosotros, espíritus libres… para nosotros que fuimos históricamente acusados de injuriar el orden y la moral establecidos ¡Al fin, nuestro espíritu libre hecho carne!» clama uno traspasado por una especie de epifanía.

El sabio líder va en silencio con una expresión de cera incorruptible,  acendrada, los párpados cerrados, abstraído de la multitud que le implora, que lo alza, que le canta y lo celebra. Su mirada es luz para aquellos que por ella hayan sido tocados. No dejan de llorar por su dolorosa entrega al mundo que lo rechaza ¡Cuánta magnanimidad concentrada en un sólo hombre! ¡Cuánto futuro sobre sus hombros para dicha de la humanidad!

Ahora, alcanzan el pie de la loma y la parihuela comienza su ascenso por el caminito que serpentea suavemente. Unos pocos corren y se adelantan para tomar el alto antes que el resto, y al pisarlo, lo descubren enfangado. Sopla un viento frío. Desde allí, extienden su mirada al paisaje de abajo y ven otra escena, la verdadera escena: la muchedumbre en torno al líder acarreado se ha ido deshojando en una aterradora ristra de cadáveres; los acólitos que quedan suben instigados por un fervor que no quiere morir; los portadores van desfallecidos pero sin transparentar un ápice de deslealtad, de renuncia; la pradera se ha convertido en un pedregal donde no medra ni árbol ni arbusto ni flor ni matojo ni nada y la tierra que se ha teñido de un color extrañamente gris, parece el borde de una sima. Minucioso, un denso nimbo va cubriendo el cielo. Los que están en lo alto comprenden entonces: el paso sordo y duro de la muchedumbre entregada al líder ha traído la inesperada devastación que contemplan.

Los portadores arriban a la cúspide y sitúan la parihuela en mitad del montículo. Los demás hacen cerco en torno a ella. En todos los presentes, se esconde una callada tristeza ante lo que ven, mientras una fina lluvia pegajosa les ventea y va sumiéndolos lentamente en el barro que pisan. Ovacionan, lloran al sabio líder en una especie de delirio atávico, de alucinada plenitud, de rencorosa obstinación, que en realidad no es sino un intento de disimular la congoja, de insuflarse valor. Presienten cercanas las horas fatales…

Pero se equivocan: desde mucho tiempo atrás, por no cuidar en bajarse (o bajarlo) de la parihuela a tierra, lo que se yergue sobre la peana, lo que está en el sitial, no es ya el sabio líder, sino el cadáver de una vieja promesa y dentro de él, la traza, la sombra, de una espantosa soledad. 

David Galán Parro

2 de agosto de 2025