Hubo una época de mi vida en que mis relaciones personales no consentían que el placer de conversar por conversar fuera la razón misma de la conversación. Lo meramente particular, lo anecdótico era tachado de bajo, de superficial. La conversación se transformaba en una prueba intelectual en la que debían vincularse lo particular y lo universal —y cuando digo debían hablo de un desgastante imperativo moral— haciendo de lo particular soporte ilustrativo de un concepto del que se hablaba, o punto de partida para una conclusión universal. Todo se intelectualizaba mediante la absoluta tiranía de la razón pensante y lentamente todo el sustrato vivo, libre y propio, hecho de tus intereses, de tu voluntad y de tu pensamiento en desarrollo, iba silenciosamente muriendo. En estas conversaciones se caía con demasiada frecuencia en el adoctrinamiento moral.
Hoy que ando con personas que prescinden en las conversaciones de prueba intelectual alguna, todavía el mal hábito de conversar para intelectualizarlo todo aflora en mi y trata de imponerse. Pero entre esta gente normal y nueva, la conversación intelectualizada y moralizadora no tiene cabida lo que supone un enriquecimiento antes inimaginable para mí. No hay razones, ni valores morales, ni compromisos, ni lealtades que alguien imponga sobre los demás. Todo es visto en su más rica diversidad y todo contribuye de una u otra manera. Y como el rol intelectual —que no la inteligencia natural de casi todo el mundo— no es decisivo aquí, puedo descansar de mi mismo. Convivir y disfrutar con estas personas es salir de mi actividad intelectual y volver a ella con más ganas. Un buen amigo expresa la nueva actitud con una sencilla consigna que es título también de uno de sus escritos: «En todo veo algo, de todo me llevo algo»
Derrumbada en mi vida esta tiranía, ahora soy más dado a ver pasar los hermosos pedazos de vida a mi lado sin hablar intelectualmente de ellos, sin sacarle punta intelectual a la vida, sin matar la vida, sin ponerle moralina… Escuchen…
Una pareja se encuentra con un amigo de noventa y cuatro años y le dice: «¿Qué tal estás?» El anciano responde: «Bien, pero no tengo tiempo para entrar en detalles»
Un niño de no más de tres años va de la mano de su madre. De repente la hace parar, se vuelve mirando hacia atrás y con el dedo apuntando a una señal en la carretera dice. «Da-niel» Entonces la madre lo corrige con fastidio: «No, Daniel, dice STOP ¡Ay, qué egocéntrico me salió este chiquillo!»
Una mujer parada en mitad del boulevard atestado de gente que transita. Tiene el móvil pegado a la oreja y hablando a gritos (cree que nadie la oye): «Ese, eeeese… el clarito café con leche…ese es el color del forro del sillón»
Otra mujer lleva a su perro atado. El perro parece cansado y le demora el paso a la dueña. La mujer (esta también cree que nadie la oye) le increpa: «Tú no puedes más, pero yo tampoco»
Un grupo de maestros quedamos en un restaurante. La conversación se empantana en torno a cuestiones técnicas del gremio —los largos procesos de selección de oposición, la incertidumbre de las listas para trabajar al curso siguiente, los colegios a los que nos destinan, los chiquillos descarriados,…—. Se respira aburrimiento. Entonces alguien salva la cosa diciendo: «¡Venga gente!… ¿Quién inicia el salseo…?» Y se sueltan alegres a rajar con sus lenguas viperinas. Sé que me voy a reír mucho y que no diré ni mú.
David Galán Parro
23 de julio de 2025