Cómo predisponerse en la lectura de un cuento o una novela

Cuando uno acomete la lectura de un relato o una novela debe predisponerse de manera absolutamente abierta. Para ello entre otras cosas, el lector debe confiar incondicionalmente en quien le cuenta la historia. Debe apartar su razón y su sentido crítico. No debe cuestionar lo que se le ofrece ni en fondo ni forma. La realidad ficticia debe ser admitida con la misma certeza o resignación con la que se admite la realidad no ficticia y vivirla sin mediación de razones. Y de la misma forma que todo entra primero por los viejos cinco sentidos, así igual debe entrar en el lector la realidad ficticia que tiene delante. Debe sentirla dentro de sí, a la vez que sentirse inmerso en ella. Debe confiar en los personajes, como confía en las personas de carne y hueso. Debe dejarse sorprender por ellos o decepcionarse. Debe amarlos u odiarlos. Tal cual, repito, como sucede fuera del libro. Esto implica admitir algo que tal vez sea risible para unos, o execrable para otros, más moralistas, y es que durante una parte de tu ración diaria de vida, en la que dedicas esfuerzo para ganarte el pan o contribuir al beneficio social de otros con lo mismo que te da dicho pan, la realidad ficticia debe tener para ti, lector, casi una importancia ontológica superior a la realidad no ficticia. Es vergonzoso reconocer que para entrar plenamente entregado en el mundo de la realidad ficticia hay que desechar —alguno diría despreciar— el mundo no ficticio, e invertir monstruosamente su correcta jerarquía. Poner tan de lado los propios problemas a costa incluso de ser repudiado por ello por amigos, familiares y extraños. En una película en que se representa el hundimiento del Titanic, un grupo de músicos en el salón de fiestas sigue tocando pese a que las aguas los calan hasta las pantorrillas. No quiero poner otros ejemplos que podrían derivarse de este. Podría pasar por frívolo e insensible.

Y hoy me vino este pensamiento, después de levantar la cabeza de una lectura que me tenía absolutamente absorbido, a la vez que me planteaba qué preocupaciones y qué consideraciones técnicas había desechado de mi cabeza para acometer dicha lectura. Lección que aprendí: no te pongas a leer nunca si al menos estas dos condiciones van a concurrir en el acto de lectura.

Luego, un pensamiento más poderoso me asaltó y creo que se puede incluir en esta reflexión: comprendí que el lector absoluto ya lo parió la propia Literatura hace años en la figura de Alonso Quijano, ese personaje que no solo leía poniendo la importancia de la realidad ficticia sobre la no ficticia, sino que llevó esta inversión a su más insospechada plenitud. ¿No será esta locura de Quijana el horizonte al cual, sin llegar nunca a él, debe apuntar la mirada del lector para hacer de dicho acto, un acto de absoluta comprensión humana a través de los siglos?

Pese a que este horizonte realizado se representa en la locura y periplo de Alonso Quijana transfigurado en Don Quijote y que desaparece al borde de su muerte, Cervantes ya antes de su primera salida, nos pone al personaje, al hombre de libros, en la lectura técnica. Así en el capítulo uno de la primera parte aparece referido a una de sus lecturas esta consideración: «[Alonso Quijana] No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales» Y no solo esto nos aporta Cervantes en cuanto al acto de leer, sino también en cuanto al acto de escribir y a las circunstancias que lo condicionan, cuando en el mismo párrafo escribe: «…y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran»

Es evidente que Cervantes, en estos fragmentos llenaba de condicionantes el acto de la lectura y el de la escritura, a la vez que con la historia de su personaje nos dibujaba al prototipo de lector pleno, de lector cuya vida no ficticia quedó para sí aniquilada por su entrega a la vida ficticia. 

David Galán Parro

21 de junio de 2025

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