
Soy ahora tristemente el hombre espejo.
Una entrega desmedida es mi azogue;
soy para quien mi dignidad ahogue,
la cosa útil para su fiel reflejo.
Aún duplico en el dócil cristal,
de otros, los intereses y los sueños;
de mi voluntad mermada, son dueños,
y por ello, de mi suerte fatal.
Me horroriza hacer propio lo que asoma,
dejar de ser espejo y ser yo mismo;
di permiso al ingenuo y no era broma
tentarlo sin acercarme al abismo.
Quizá un inicio sea esto que escribo,
una confesión para seguir vivo.
David Galán Parro
22 de mayo de 2025