
En el principio, no luché por ti;
no como querías:
con arrojo, con audacia, con peligro.
No. Así no fue y ya nunca será.
No hubo sorpresas, ni flores, ni cenas con velas;
no hubo canciones de amor,
y ni de lejos, algo parecido
a esta cosa fría que ahora te escribo.
En su lugar —mi memoria así lo quiere—,
fue una tarde mutua bajo un nimbo plomizo;
un paseo sobre adoquines suciamente trasegados;
una lánguida conversación en un banco de piedra gris;
un soportal para guarecernos de la lluvia;
por un filo traicionero en la pared donde nos reclinamos a la espera del escampe,
tu media corrida;
y ya de noche, empapados al borde de la despedida,
un beso por llegar.
Nada era claro aún, ni debía serlo.
Días después, a nuestra torpe manera,
algo vacilante se anticipó
cuando consentimos aquel ausente beso
de nuestra penosa tarde de lluvia
en mi coche —en mi también penoso coche—
bajo un puente en que rodaban otros
con la feroz determinación que tal vez ya nos debíamos.
Ahora incluso sospecho que llevabas prisa por volver a casa.
Sí, mi amor: no hubo lucha a la manera que esperabas entonces;
quizás me reservaba sin saberlo para ésta de ahora, más ardua:
la que día tras día, fuerte e inevitablemente,
nos seduce y allega siendo la que no querías.
David Galán Parro
27 de abril de 2025