
Diotima, la sacerdotisa de Mantinea, hablaba al principiante del amor. Aún los deseos de éste se regocijaban en el estrecho ámbito de las naderías mortales, de las formas efímeras. Aún estaba él, lejos de ser el sabio que perduraría en la memoria secular.
«Como amante, encamínate por las sendas perfectas del amor. El horizonte te espera. Es una revelación suprema de difícil alcance. Yo te haré por mis palabras conocedor de cómo se desenvuelve su existencia.
De todos los cuerpos bellos a los que debes prestar atención, sólo uno se erigirá como único. Este cuerpo será la materia en la que insuflar un hálito de razonamiento, también bello. El equilibrio de cuerpo y alma debe quedar establecido en el que sea tu amado.
Pero la belleza, una y la misma, no sólo habita en ese bello cuerpo que hayas elegido, sino que asoma en todo cuerpo bello, y por eso en todos has de considerarla. Vuelve así tu mirada, hacia el interior de todos los cuerpos, y en ellos encuentra la belleza repartida, aquella que te aquietará las ansías más terrenales por el solo cuerpo de tu amado, y que hará de él para ti, poca cosa. Esto constituye tu primer desprendimiento. Supeditarás la lozanía a la virtud, el cuerpo al alma, de manera que lo poco agraciado no será óbice a tu modo de amar.
Contemplarás las virtudes, te embriagarás con ellas y te harás maduro para descubrir la belleza también en los mundos ético y político, pues en ambos las virtudes actúan recíprocamente en armonía siempre constructiva.
Luego sentirás cómo esa belleza de las normas de conducta resuena en las leyes naturales que rigen las cosas. Te convertirás en el amante de una estrella, de una piedra, de un río, de un hombre, de un caballo, de una hormiga, de todo ser cambiante. Una abierta mirada viajará contigo con ojos que te develarán la belleza tras el mundo. La ciencia será tu herramienta; la sabiduría, tu credo.
En el rigor del discurso encontrarás el broncíneo espejo de ese orden natural recién descubierto. Te afanarás en la dialéctica, pues ella es la más certera adecuación entre el movimiento del pensamiento y el de dicho orden. Pertrechado de esa nueva clarividencia, no escatimarás esfuerzos en hacerte heraldo de la verdad y te sentirás obligado a democratizarla. Esto se volverá en ti, un imperativo ético. El recorrido de años de observancia amorosa hacia todo lo mudable te deparará la sabiduría buscada: verás las cosas unidas por medio de cada particular ciencia como se ven los hilos en una bella tela; y las distintas ciencias por medio de una última y sola ciencia, como se ven las telas en una majestuosa túnica.
Estarás preparado ya entonces. El esfuerzo te habrá dado su fruto insospechado. Tu embelesamiento de ahora te parecerá algo trivial, indigno. Frente a ese fruto, te rendirás contemplativo: Ni nace ni muere. De nada se predica que no sea él mismo y nada lo mide, pues ninguna es su forma. En nada participa únicamente pues es de todos y de ninguno. Todos fluyen a través de él porque necesitan de él.
Tal es la naturaleza de ese fruto llamado belleza en sí.
¡Yo te lo digo, joven Sócrates, aventúrate con tu sangre audaz y ávida por estos caminos que proclamo y tuyo será el favor de los dioses y acaso también su reservada inmortalidad!»
Y dicho esto, la sacerdotisa calló.
David Galán Parro
27 de abril de 2025