Nuestra guerra

He persistido en el modo antiguo del amor. Tal es así:

Como todos, fui la mirada despreocupada hacia una multitud de rostros indistintos que en vano hacían por seducirme.

Luego, la mirada embelesada hacia una sucesión de rostros, siempre únicos y dolorosamente hermosos.

Después, un arriesgado minuto, la celebración de su «sí» tácito, el verdor de su beso, una riada por extrañas regiones a mares aún lejanos, un impulso insaciable hacia su carne proclive a mí y por ésta, colmando mi impulso, fui un estallido de dicha.

Después, como todos, fuimos —no fui— un remanso de aguas quemadas por el cielo desgastado del poniente, un banco en mitad de un sendero grave y boscoso en el que maridar dos destinos en uno, un espejismo de paz.

Y luego —en este orden cíclico que entreveo eterno—seremos: palabras en mutua búsqueda, una incierta encrucijada; un ruido de sables de ejércitos confrontados, el avistamiento mutuo de las insignias que se odian, de las posiciones enemigas; la extenuación de la contienda sin un final próximo, la negra desesperación, un campo plagado de unánimes cadáveres, un osario sobre el que brotar de nuevo, como campo de briznas de hierbas primero, de tímidos matorrales y árboles después; y finalmente, paridos de los troncos que inauguran el nuevo bosque, los nuevos luchadores dispuestos a sucumbir en otra inminente batalla.

Y así, la vida y la muerte que nos traerá nuestra particular guerra, repoblará el desierto infinito que trajimos de cuando aún no existíamos el uno para el otro.

David Galán Parro

24 de abril de 2025   

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