Elegir las luchas

Nunca puse límites a la voluntad invasiva de otros sobre mí. Siempre me pareció fútil establecer una contención a las pretensiones ajenas que afectaban directamente al desarrollo natural de mi personalidad. Condescendí y lo pagué caro. Quien ha vivido en carne propia durante años en esa condición sabe bien de qué hablo. El desprecio que me hice entregando mi dignidad, mi orgullo y mi voluntad a otros me llevó a una debilidad extrema de la que luego, no tuve, ni tengo derecho a reclamar responsabilidades fuera de mí.

En esa extrema debilidad de carácter viví engañado sobre mí mismo y sobre la relación que mantenía con los que me rodeaban. Mi propia imagen, mi propia valoración personal no era algo que yo hubiera formado por mí mismo: era minuciosamente construida por un juicio moral de otros que se pretendían guías auxiliares de mi persona y que integré con absoluta fe. Tanto en la alabanza descomedida como en la denigración más espantosa, me volví un espectador de mi mismo. Me entregué a esa imagen que a nadie pedí pero que no rechacé, dejando que actuara como un corsé que determinaba en todo momento cuándo y hacia dónde debía moverme y que decidía cuál era el valor de mi dignidad  —como si tal cosa pudiera medirse—. Estuve cómodo durante años dentro de esa imagen, mientras me era favorable el concepto moral que se hacía sobre mi persona. Pero en cuanto este concepto cambió, la imagen se convirtió en una verdadera tortura, puesto que no podía combatirla confrontándole una imagen propia por mi elaborada. Y así, sometido a un concepto moral ajeno llegué incluso a justificarlo como «verdadero» y «merecido» para complacer a aquellos que me lo atribuían y para poder recuperar el beneplácito de antaño. Me desangré por dentro. Me convertí en un cadáver vital. No podía articular un solo pensamiento sin sentir una profunda repugnancia hacia mí mismo, y me aterrorizaba exteriorizarlo por el juicio negativo que conllevaría. Era tal el dolor que sentía que me desdoblé: una parte de mí servía para el escarnio público que me infligían mis «amigos» y que yo aceptaba; y otra, rompía soterradamente los vínculos emocionales con ellos, pese a que intentaba sentirlos y creerlos como tales. No podía explicar con precisión aquel brutal desgarramiento; y no sabía cómo lo iba a sufrir en el futuro. Al poco, la mayoría de las personas que conformaban ese círculo de relaciones se retiraron de mi vida de golpe. Sentí el desamparo, la soledad, la resignación, la vergüenza y la incertidumbre como olas constantes en mi día a día, pese a que hubieron algunas personas que permanecieron conmigo y me ayudaron. Aquella abrupta ruptura sirvió de algún modo para comprender que aquellas relaciones se habían vuelto formales y que nunca me habían aportado independencia, dignidad, orgullo y libertad.

Tengo ahora un amigo al que le debo la formación de estas ideas liberadoras; él se atribuiría parte de las causas exógenas de mi lucha actual por superar el trauma y diría que las causas endógenas las pongo yo. Rompe así con inteligencia el ciclo de mi natural condescendencia con otros —mi principal atadura—, me da importancia en mi propio cambio y me hace ser un egoísta positivo, esto es, una persona que usa el egoísmo para forjar, mantener y fortalecer su individualidad y su identidad, su dignidad y orgullo.

Un ejemplo me basta para que se entienda nuestra relación peculiar: voy paseando con él y tropezamos con una chica que ha sido compañera de trabajo mía. Hacemos alusión a ciertos problemas personales que se viven y perduran en el centro de trabajo y entonces, sonriéndome, dice: «Pero eso a ti te resbala: eres un pasota» Al oírla me río, en parte halagado por la opinión que tiene de mi: la de que soy alguien que elude sagaz la maraña de la problemática y que en general, no toma partido en los conflictos que presenta inevitablemente la vida. Nos despedimos y todo parece normal, pero mi amigo me dice entonces: «Ese concepto que tiene de ti es falso. Deberías haberle dicho que no eres pasota, sino que tú eliges las luchas en las que quieres participar» Entiendo entonces que estas palabras entrañan la distinción conceptual siguiente: no está la persona que lucha y la persona que no lucha; lo que está es la lucha que puede elegir cada persona en cada momento de su vida.

Me quedo con esta distinción conceptual grabada intensamente y con ella me identifico y fortalezco ciertos pensamientos: en mi trabajo, procuro mantenerme al margen de conflictos personales que me desvíen de mis intereses profesionales e intelectuales. Es un entramado de relaciones que siento y considero pequeño, insulso, poco edificante y que muchas veces, arrastra a la tristeza y a la desesperanza. Me dejan frío ciertas quejas, me envenenan ciertos favores y no presto atención a triquiñuelas. No me caso con nadie que no me demuestre por acto su disposición a resolver necesidades. Tampoco entro en cómo quieren o pueden hacer su trabajo.  Intento hacerme con una visión lo más objetiva posible de la situación. He ido convirtiendo estos pensamientos en mis principios.

¿Qué lucha elijo si me muevo en el estrecho ámbito de mi trabajo? Aquella que reporte mayor beneficio a los intereses colectivos de la comunidad.

¿Qué lucha elijo principalmente si me muevo fuera de ese ámbito? Entre otras, la que me desarrolla como escritor e intelectual.

Pocos días después mi amigo añade: «Si tu compañera piensa y se manifiesta así sobre ti, es que así te ven muchas más personas en tu centro de trabajo y eso es responsabilidad tuya»

Por esta otra distinción, en consecuencia, debo añadir una lucha más, mucho más central y urgente: la de poner límites a la voluntad invasiva de otros sobre mí, sean éstos próximos o lejanos.

David Galán Parro

27 de marzo de 2025

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