La plenitud perdida

Platón atribuye en El banquete al comediógrafo Aristófanes una cómica (o candorosa) explicación en forma de leyenda acerca de los impulsos amorosos entre los humanos y nos justifica al fin cuál de entre esos impulsos es el que concluye en la relación amorosa verdadera. No deja de admirarnos cómo en los albores de la conciencia humana lo racional y lo mítico se abrazan necesariamente con una lógica aplastante; cómo lo primero nada inmerso en lo segundo, abriéndose paso en su interior; cómo conviven en transición los contrarios…

Déjenme revivirles los viejos rescoldos de la ingenua comicidad de la leyenda:

Al principio, éramos criaturas robustas y esféricas a semejanza de los astros de los que descendíamos. Tres y no dos, eran los sexos posibles. El masculino descendiente del Sol; el femenino, de la Tierra y el andrógino, de la Luna. Como criaturas plenas y satisfechas —así nos veríamos hoy— nos embargaba una felicidad constante, una embriaguez febril. Teníamos una cabeza bifronte de miradas opuestas, cuatro orejas, cuatro brazos, cuatro piernas, dos espaldas
y dos órganos sexuales que se mostraban impúdicos en sendas rabadillas. Quien de las dos mitades iniciaba la marcha arrastraba con la otra opuesta cual fardo pasivo. Eramos vigorosos, ágiles y rápidos de movimiento y para correr rodábamos libres como saltimbanquis despreocupados usando nuestras ocho extremidades. Aparejados así, no concebíamos el sentimiento de soledad ni el mal de amores.

Al poco, la dicha exultante degeneró en arrogancia y ésta, devino en la osadía de anhelar la cumbre del monte Olimpo, morada de dioses. La pretensión de ascender hasta allí suponía una amenaza para los inmortales y a Zeus, padre de ellos, le preocupábamos. Nuestra insolencia debía ser refrenada de algún modo. A la sazón, no podía eliminarnos por entero, pues de las criaturas existentes éramos quienes al fin y al cabo le rendíamos un consciente y fiel tributo; en nosotros, disputaban sin resolución cierta, la lealtad y la soberbia frente a lo divino.

Zeus tuvo entonces que urdir la abrupta solución que nos condenó a la necesidad actual: partirnos por la mitad como se corta un huevo cocido con la crin de un caballo. De esta manera, el vigor y la fuerza descomedida que nos impelían a la sedición quedarían reducidos —o mejor, dicho repartidos— en una doble cantidad de cuerpos más vulnerables y torpes; y aún en caso de insistir en el desacato, una segunda partición nos simplificaría al deambular unípede y a la debilidad extrema. Luego Apolo, continuando la tarea de su padre, nos volteó la cabeza hacia el lado del seccionamiento, agarró nuestras carnes y las anudó firmemente hacia el punto ciego que llamaría «ombligo». Cierta flacidez en nuestros costados y por debajo del vientre testimoniaban la negligente solución, la precipitación del arreglo improvisado. Las vergüenzas seguían expuestas al final de nuestras espaldas.

Quedó borrada así en nosotros la plenitud y por ello, la dicha de quien no conoce los dolores del desamor. Nos volvimos tristes y abúlicos. Nada nos colmaba que no fuera el regreso a la unión con aquella otra mitad que nos habían arrancado de un tajo. Hubo alguno, con un poco de suerte, que consiguió encontrarla, pero en el amago de reagrupamiento no podía consumar el contacto íntimo con el otro. Todo quedaba en un abrazo inútil y desalentador. Así íbamos pereciendo de pura pena.

Zeus nos contemplaba con un resabio piadoso. Tenía que perdonarnos esa insensatez pueril por la que padecíamos ahora: la privación a la que nos había sometido era ya suficiente. Maquinó pues, para una futura unión y supervivencia de los que podrían aún avenirse a sus designios y mantener la especie, otra solución: nos colocó los órganos por delante, donde se hallaba el antiguo corte, de manera que tuviéramos la posibilidad del apareamiento y de la concepción interna, antes imposible, pues con los órganos en oposición distante concebíamos externamente, en la tierra como las cigarras. Y así aconteció a partir de este último cambio: las partes que provenían del individuo masculino completo o del femenino, no darían prole como fruto de sus uniones amorosas restablecidas, sino que, acabado el acto de placer, quedarían a expensas de ocupaciones útiles diarias; no así, en cambio, pasaría con las  partes provenientes del individuo andrógino, que sí darían tal descendencia y más aún, grandes quebraderos de cabeza por sus irrefrenables tendencias adúlteras.

Hasta aquí, la impertinente recreación de la leyenda…

En esta solución, la mentalidad griega encontraba su preferencia, su ideal de relación amorosa como destilación de los impulsos carnales más obscenos. Para esta mentalidad, de los tres prototipos de relación amorosa que establece la leyenda, el mas perfecto y desinteresado, era el que unía al hombre con el hombre, y más particularmente, al joven amado con el amante maduro, que hacía a la vez de mentor de él. Un prototipo de relación amorosa que despojándonos ahora de lo mítico era la expresión idealizada de una realidad que los hombres de la época no alcanzaban a ver: aquella en la que los hombres que detentaban el poder económico y político, los llamados hoy «hombres libres», eran los que podían elegir libremente la relación amorosa más ajustada a sus íntimos deseos.

David Galán Parro

23 de marzo de 2025

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