Edward Hyde o el extraño caso del hombre libre

A lo largo de su vida, ha salvaguardado su honorabilidad, su autodisciplina, su fuerza para contener los instintos primarios. Pero ha llegado ese momento en el que el elemento moral en que vive inmerso lo corroe y lo desintegra poco a poco. No se siente libre, dueño de sus decisiones. No soporta más ser para otros. Una vieja piel de hombre lúcido, complaciente y justo se disuelve. La pócima no es más que la causa externa con que piensa transfigurarse en Edward Hyde. Hace tiempo que el monstruo habita en él agazapado, a la espera de tomar su posición de poder con que arrogarse al fin la satisfacción de los deseos más egoístas. Viaja su joven sangre escondida hacia el desorden. La maldad quiere encarnarse.

Se observa en el espejo de su laboratorio. Ha apurado el brebaje. Un hombre infame y repulsivo le devuelve la mirada y lo cela. No hay ahora una sola partícula de su carne que no pertenezca al mal absoluto. La bestia solitaria y sin escrúpulos irá borrando al hombre de ciencia, al hombre moral y justo. Todo él, empieza a ser lo que deseó. El que deja atrás, será una pura entelequia que inventó la razón, un residuo espectral de su adocenada naturaleza humana, un inútil despojo de la abnegación que lo ha condenado a una vida reprimida. 

Atormentado por la culpa del asesinato perpetrado por su doble, Jekill buscará el alivio de su sentimiento en las buenas acciones morales. Pero será en vano su intento. Nada detendrá a Hyde, dueño ya de la fatal metamorfosis en contra de la voluntad del reputado doctor. Los cambios se operan atrozmente sobre él. Hyde, reverso de una conciencia moral esclava para la que su instinto lujurioso vence sobre la necesidad de redención de Jekill, se ha desatado y ha triunfado sobre la visión culpabilizadora de su acto criminal, Jekill, en cambio, se rebaja ante ella. En el final, la precipitada confesión exculpatoria del doctor así lo atestigua: nos quiere dar fe con ella del hombre justo sin mácula que fue y nos reclama compasión antes de sucumbir en las entrañas perversas de su doble. Pero éste otro no nos concederá ese poder: como malvado irredento, no buscará nuestro perdón y salvará su dignidad criminal mediante el suicidio antes de ser atrapado por la policía.

¿No nos estará invitando pues en este final, R. L. Stevenson, a aceptar una aberrante conclusión difícil de digerir, a saber, que el hombre absolutamente malvado es el hombre absolutamente libre?

David Galán Parro

19 de marzo de 2025

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