
Se sienten mártires
porque a golpe de palabra,
resisten sin ser reconocidos,
y aún así exculpan al resto del desprecio.
Se creen, en consecuencia, humildes.
Pero a mí no me engañan:
han tomado la tribuna groseramente.
Poner palabra tras palabra
es su único acto de liberación, dicen,
y quieren pensar que de este modo
domeñan el mundo y a sí mismos;
pero la palabra sola
no moldea nada,
no acalla nada,
no alcanza nada,
si no es acompañada
de la sencilla mano.
Y a mí no me engañan:
de la sencillez de la mano, recelan.
Siempre hablan con entusiasmo de sí mismos,
pública o veladamente, disfrazados si cabe,
pues sólo conocen su mundo;
el otro, el común, el de afuera, les duele
tosco, deslavazado e incomprensible;
y así, charloteando,
tamizan el de todos con el propio,
urden una inverosímil red
entre cosas que de aquí y allá
sustraen con mezquino apremio
para pasar por doctos.
Pero a mí no me engañan:
sé de su mascarada intelectual.
Osan escribir sobre el verdadero amor a la vida,
pese a que saben que éste no se deja precintar
y deambula libre entre abigarradas multitudes;
y pese a que saben que la vida cuando golpea de veras
no pide trasunto.
Y a mí no me engañan:
en piel propia les horroriza su hierro candente.
Creen ser los heraldos de algo místico,
que a sólo ellos llega en epifanía;
creen ser la encarnación misma
del éxtasis perpetuo de los sentidos,
de cosas que a los demás
—no se sabe porqué— les están vedadas.
Pero a mí en esto tampoco me engañan:
todo es materia gris con que abonar hueras palabras.
Inventan al otro para no desesperar;
al otro que les revestirá de inmortalidad y trascendencia,
y al cual aman por encima del vulgo
—conozco sus desprecios—
Y no me engañan, digo:
se desdoblan para rehuir los sinsabores del mortal destino.
Por encima de toda voz del propio gremio, quieren gritar,
ellos, accidentes de una misma voz de eterna juventud,
pues anhelan para sí toda la fuerza acumulada
de esa voz esencial, de esa sustancia espiritual colectiva,
de remoto principio y fin,
y que no precisa del prodigio y sí, de la franqueza.
Por eso sólo les place en sus manos el libro, su libro,
acabado, publicado, laureado
significando la gloria, el salvoconducto indulgente
de su paso a la otra vida.
No me engañan ¡no!
Y no me engañan
porque sé cómo lloran
en la soledad de sus yermos rincones
cuando un resabio de hipócrita,
una angustia vital,
un pozo de puro tedio
les invade y aprisiona abominable;
porque sé de qué cárcel hablo;
y porque soy uno de ellos…
Aunque éste a mí, tampoco me engaña.
David Galán Parro
8 de marzo de 2025