El mapa sagrado (Cuento infantil)

Pedro, Laura y Juan eran tres amigos a los que les encantaba vivir aventuras. 

Un día, Laura trajo a casa de Pedro un mapa en el que aparecía dibujada una pequeña isla sin nombre. Con mucha ilusión, decidieron hacer un viaje hasta ella.

Tomaron un pequeño barco, propiedad del padre de Laura, y cuando llevaban dos días navegando con él, una fuerte tormenta se desató.

Pedro manejaba el timón y Juan, la vela. Los dos, se esforzaban para que el barco no zozobrara, pero una ola gigante cayó sobre él y lo hundió. Como Pedro y Juan habían cogido a tiempo los salvavidas quedaron flotando en mitad de las olas. Laura, sin embargo, había desaparecido. Los muchachos se pusieron muy tristes, pues querían mucho a su amiga.

Cuando la tormenta pasó se vieron empujados por la corriente marina, a la deriva. Entonces vieron a lo lejos una isla. Nadaron hacia ella y arribaron a una de sus playas. Al ver que se hacía de noche, cogieron unos cangrejos e hicieron un fuego para cocinarlos y calentarse. Pronto se quedaron dormidos en la arena. Al día siguiente, al despertar decidieron adentrarse hacia el centro de la isla.

En su camino, vieron aves coloridas, monos juguetones y serpientes enroscadas. Luego, pasaron por detrás de una enorme cascada de agua, y al pie de una montaña vieron la entrada a una oscura cueva. Fueron hasta ella, y aunque estaban temerosos, entraron.

* * * * *

Encendieron una antorcha para iluminarse y caminaron un rato por sus galerías. Los murciélagos dormían en los huecos de las paredes. 

De pronto, oyeron voces adentro y alguien que lloraba. Se escondieron y lo que vieron les alegró y les amedrantó: dos piratas, uno gordo y otro flaco, barbudos los dos, con pistolas y espadas, habían atado a una estalagmita a su amiga Laura. «Al menos está viva ¡Qué valiente es!» pensaron los dos amigos.

El pirata gordo gritó a Laura:

—¿Dónde está el mapa, niña estúpida?

—¡Nunca te lo diré!

—Pues te quedarás aquí amarrada sola hasta que hables. No te daremos de comer ni de beber, así que cuando empieces a tener hambre y sed ya te lo pensarás mejor. Vámonos, Palitroque a comer algo. Ya volveremos.

—Sí, Jefe, pero no me llame «Palitroque» —dijo el flaco— que sabe que me molesta…

—Vale, Palitroque —y se fueron.

* * * * *

Pedro y Juan salieron entonces de su escondite y desamarraron a su amiga. La abrazaron y la besaron tanto que casi la ahogan a la pobre.

—¿Dónde tienes el mapa y para qué lo quieren esos dos bobos?—preguntó Pedro.

—No lo tengo. Unos indígenas me lo quitaron creyendo que era un mensaje que yo les traía de parte de sus dioses. No saben que el mapa tiene las indicaciones para llegar a un tesoro. Pero los piratas, sí lo saben y por eso quieren conseguirlo.

—Pero ¿cómo sabían ellos que tenías el mapa?  

—Chicos, nunca les conté la historia del mapa. Escuchen: mi padre, que es marinero, me llevó un día con él en su barco y visitamos un puerto donde compró el mapa. Esos dos piratas, intentaron robárnoslo allí, pero pudimos huir a tiempo. No pensé que al visitar esta isla me estarían esperando. Sabían que yo vendría a buscar el tesoro y por eso me secuestraron.

—Pero ¿Por qué no les dijiste a los piratas que te lo quitaron los indígenas? —preguntó Juan

—Porque si les digo la verdad, esos dos son capaces de ir al poblado de los indígenas y quemarlo todo.

Pedro escuchó la respuesta de su amiga y estuvo un rato en silencio, pensativo. Al fin dijo:

—¡Tengo un plan que no nos va a fallar!

Y no fallaría porque Pedro era muy astuto. Contó pues, el plan a su amiga y a su amigo.

* * * * *

Cuando los piratas estuvieron de vuelta encontraron a Laura sola, amarrada todavía a la estalagmita. El pirata gordo le dijo:

—¿Me dirás por fin dónde tienes el mapa, estúpida?

Laura callaba.

—Jefe ¿Le corto la cabeza? Seguro que así hablará —dijo Palitroque.

El pirata gordo lo miró enfadado:

—Pero ¿eres tonto o qué te pasa? ¿Cómo va a hablar si le cortas la cabeza?

Palitroque se rascaba la barba como si no entendiera todavía. Entonces Laura resolló:

—De acuerdo. Te diré dónde está el mapa.

—Muy bien. Pero esta vez no quiero trucos como cuando te escapaste de nosotros con tu padre.

—El mapa lo tiene una tribu de caníbales que vive en el centro de la isla —contó Laura—. Si lo quieren conseguir tendrán que ir conmigo. Yo sé dónde esta el poblado.

El pirata flaco al escuchar se alegró y dijo:

—¡Una tribu de carnavales! Me encantan los carnavales, jefe.

—¿Te estás quedando sordo o no te limpias los oídos, Palitroque? Ha dicho de caníbales, ¡de caníbales! 

—Perdón, jefe, perdón…

—Ahora sí que tenemos un problema. Vete a avisar a los demás que están en el barco. Tráelos hasta aquí y que vengan bien armados, con pistolas y sables. Diles que es mejor embadurnarse con cera verde la cara para ir camuflados. Los caníbales son gente muy peligrosa. Si nos ven llegar estamos perdidos. Tendremos que acabar con ellos lo antes posible y quemar su poblado después conseguir el mapa.

—¿Y para qué queremos el mapa? —preguntó Palitroque.

—Pero ¿es que no te acuerdas ya? ¡Para encontrar el tesoro! ¡Madre mía, además de bobo y sordo, estás perdiendo la memoria!

Palitroque salió de la cueva a buscar a los demás piratas y al cabo de una hora regresó con cinco o seis de ellos. Unos eran tuertos, otros cojos, otros mancos y otros viejos. Todos venían muy borrachos.

—Pero ¿qué es esto, Palitroque? ¿Por qué están borrachos nuestros hombres? —gritó enfadado el pirata gordo.

—Hice lo que me ordenó, jefe. Les dije que era mejor emborracharse con cerveza muy cara para ir a un lago.

—¡Noooo! Te dije que era mejor embadurnarse con cera verde la cara para ir camuflados ¡No oyes nada! Da igual iremos así, aunque estos no están ni para matar moscas.

Y dicho esto, desamarraron a Laura, hicieron una fila y la pusieron delante. La niña salió de la cueva y comenzó a caminar en dirección al poblado de los indígenas. El jefe, Palitroque y los demás iban siguiéndola en medio de la selva.

* * * * *

Pedro y Juan, por su parte, ya habían salido hacía rato de la cueva sin ser vistos por los piratas, y se habían adelantado tomando un atajo que Laura les había explicado. Tenían que alcanzar antes el poblado y avisar a los indígenas del peligro que se avecinaba. Al llegar, los niños pidieron que les llevaran ante el jefe de la tribu y le contaron todo. El jefe indígena les agradeció la ayuda y se fue con ellos a preparar una trampa con la que capturar a los que venían.

La trampa consistía en un hoyo tapado con ramas y hojas situado en mitad del camino por el que iban Laura y los piratas. Pedro, Juan y el jefe indígena se escondieron detrás de unos frondosos árboles.  Cuando los piratas pasaron por encima de la trampa, el suelo de hojas y ramas cedió y todos cayeron al fondo del hoyo. Pedro con rapidez le echó una cuerda a Laura para sacarla de allí y así ella fue la única que pudo escapar. Los piratas se quejaban doloridos dentro del hoyo. Entonces, se asomaron al borde el jefe y los indígenas. Los piratas al verlos desde abajo temblaron horrorizados. Uno de ellos  gritó:

—¡Dios mío! Es el fin. Nos van comer a todos. Tienen cara de hambrientos.

Entonces, el jefe indígena dijo:

—No se preocupen. No nos gusta la carne humana. Somos vegetarianos. Y si nos gustara no nos comeríamos a piratas como ustedes.

—¿Y cómo nos darán muerte entonces? —preguntó otro, aterrorizado.

—No les daremos muerte, pero tendrán un castigo. Nos entregarán sus armas y trabajarán durante un año para nosotros plantando frutas y verduras con qué alimentarnos.

—¡No es mala idea, jefe! —exclamó contento Palitroque.

El pirata gordo lo miró de nuevo enfadado. No estaba de humor. Le fastidiaba tener que trabajar, pues nunca lo había hecho: era muy gandul y siempre, desde chiquitito, se había ganado la vida como pirata.

Pedro, Juan y Laura podían ahora robar el mapa a los indígenas y conseguir el tesoro. Pero Juan, que era el más justo de los tres, les dijo hablando aparte sin que los indígenas escucharan:

—No debemos quitarles el mapa a estos indígenas. El mapa es para ellos ahora algo sagrado de su religión y robarlo sería una falta de respeto a sus creencias. Se quedarían tristes si no lo tuvieran. Para ellos, significa un mensaje divino, un dibujo, que les hicieron los dioses, de la isla que habitan y aman.

Pedro y Laura estuvieron de acuerdo con sus palabras. Pero Laura de repente dijo asustada:

—¿Y ahora nosotros cómo volveremos a casa?

Pedro sonrío. Ya lo había previsto en su magnífico plan, pero no lo había contado antes a sus amigos, para darles la sorpresa.

—¡Muy sencillo! Nos iremos en el barco que trajeron los piratas. 

Y contentos, se despidieron de los indígenas y se encaminaron hacia la playa donde les esperaba un hermoso galeón pirata con el que ponerse de nuevo navegar.

David Galán Parro

19 de febrero de 2025

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