Enigmático sonido

Mi familia vivía en la tercera planta de un edificio situado en un distrito próximo a la costa y colindante a una antigua barriada marinera. Yo tenía apenas cinco años.

Los sábados un enigmático sonido me despertaba al alba. No era el gorgojeo de pájaro alguno, ni la risa del viento por los resquicios de puertas y ventanas, ni los suspiros ni quejidos pudendos de los vecinos tras los finos tabiques, deponiendo o amándose. Todos estos sonidos eran símbolos unívocos de objetos mundanos que no veía, pero que se dejaban previsiblemente representar en mi mente.

El enigmático sonido, en cambio, no me confiaba representación alguna. Venía desde la calle y consistía en una destemplada escala de tonos agudos que se recorría de arriba a abajo en un tris metálico, en un lampo sonoro. A veces, me levantaba y me asomaba a la ventana exponiéndome al frío matinal para averiguar qué o quién lo producía. Pero no iba a saberlo todavía. Sólo se prestaba a ser escuchado culebreando inescrutable en la madeja de calles vacías del distrito.

No quise entonces preguntar a mis mayores por aquel engendro sonoro, quizás en la intención de salvaguardar esa íntima necesidad de misterio que nos espolea en la vida. Luego, la intriga y la fascinación iniciales decayeron hasta el punto que me acostumbré a oírlo con la indiferencia de quien da por explicado el azul del cielo con sólo verlo. El sonido protegía celoso su misterio ante la insolencia de los años que pasaban. 

Hasta que, seguramente, hubo un día en que sin percatarme se avino su última escucha; y en otro, su olvido; y, seguramente, casi a la par en que se estuviera convirtiendo en un anacronismo, en un elemento extraño al paisaje urbano en cualquier parte de la ciudad. Así desapareció para mí, y debo entender que también para el mundo.

El recuerdo, como el olvido, es cosa convocada por circunstancias no elegidas…

En la venta en la que se haría armar caballero, Alonso Quijana come felizmente las truchuelas que el ventero la ha servido, equiparándolas a trucha entera. No han podido desmantelarle la celada contrahecha de manera que el vino se le suministra por un caño que acierta a dar con su boca en el interior de la misma. Dos solícitas amantes de todos, pero de nadie, le sujetan la visera de papelón para facilitarle la ingesta. En ese momento, un capador de cerdos entra en escena y tañe su silbato de cañas cuatro o cinco veces. El loco, en esto que lo ve, da pábulo a su locura, representándose a un músico que le ameniza la merecida degustación, como noble huésped que es de tan famoso castillo.

No elegí estas circunstancias. No elegí este inesperado encuentro que me brinda el pasaje cervantino. No elegí pues, este momento presente en que descifro al fin, el enigma de aquellas mágicas ondas de mi infancia en el capapuercas, el trapecio de cañas desiguales que porta y hace sonar el castrador de cerdos de la historia. Tal fue el personaje que se dejó ver ante  Quijana en la venta; en mi caso, el personaje se dejaba escuchar y pudo tratarse de un vendedor de pescado o de un afilador de cuchillos ambulante que, sin saberlo y atento a su negocio, me arrancaba de mi noche profunda y acendrada. No lo podría precisar.

Alonso Quijana y yo caminamos en sentidos opuestos dentro de la encrucijada casual que nos convoca como personaje y lector de una misma historia narrada: mientras yo me acerco a la representación del objeto que nunca pude percibir por entero en mi mundo real, él en cambio por su locura, se aleja de la representación del que sí puede percibir por entero en su mundo de ficción.

Una encrucijada solo posible por la imposible equiparación de mundos ontológicos contrapuestos.

David Galán Parro

17 de febrero de 2025

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