Aparentemente, un día cualquiera

Aparentemente, un día cualquiera en el colegio en el que imparto clases.

Apuramos la jornada y mis doce alumnos vuelven de su clase de Educación Física. Entran en el aula ordinaria soliviantados. El movimiento acumulado en sus cuerpos no merma sus ansías. Tengo que convertir toda la inercia de ese impulso físico, en fuerza pensante. No puedo hacer decaer la tensión.

Propongo el siguiente texto que he escrito exclusivamente para ellos. Se titula El ausente:

«Jugábamos siempre juntos en el patio, pero si yo jugaba con otros no se enfadaba ni se ponía celoso. Cuando se me olvidaba la comida en casa, él me daba algo de la suya. Nunca insultó, ni pegó a los demás. En los juegos siempre que me tocaba elegir a los compañeros de equipo, lo elegía a él. Al fútbol solía pasar la pelota cuando se lo pedías, aunque él era el que mejor jugaba. 

No nos podíamos sentar cerca en clase, porque los profesores decían que hablábamos mucho. Una vez me hizo un dibujo en el que aparecíamos los dos pilotando un avión de guerra. Yo le di otro, en el que aparecíamos nadando en el mar perseguidos por unos tiburones hambrientos. 

Nos disfrazábamos igual, porque nos gustaban los mismos personajes. Siempre decía la verdad. Por eso, si alguna vez yo le faltaba el respeto a algún compañero, no me daba la razón y menos si los profesores preguntaban. Prefería siempre ser justo en las discusiones con los demás.

Por todas estas cosas, yo lo quería. Era mi mejor amigo. Ayer se fue a otro colegio y no sé si nos volveremos a ver. Quizás cuando seamos adultos, quién sabe…

Ahora, me quedaré con lo que aprendí de él: ser un buen compañero y amigo de los demás.»

Lanzo la primera pregunta: «¿Les gustó el final?» Una alumna frunce los labios en una expresión desaprobatoria. «Es triste», afirma. Retomo su respuesta: «¿Les parece triste el final?» Un alumno responde: «Es un final triste porque ya no va a ver al amigo, pero es un final feliz porque aprende algo de su amistad con él» En mi alumno comienza a asomar la visión dialéctica del mundo que quiero —en lo posible— inculcar.

Luego, le digo a una alumna que repita el siguiente concepto: «Todas las personas tenemos un aspecto físico y una personalidad» Pido que otros lo repitan para afianzarlo, para que flote en el ambiente reflexivo que ya se ha instalado en el aula. A continuación, digo rubio y pido a un alumno que me lo ubique o en el concepto aspecto físico o en el concepto personalidad. Lo coloca en el de aspecto físico. Hago lo mismo para los rasgos simpático, alto, egoísta, delgado,… y los van situando en cada uno de los dos conceptos antes dados. Entonces planteo: «¿Qué pueden decir sobre el concepto aspecto físico y sobre el concepto personalidad teniendo en cuenta lo que acabamos de leer?» Tras algunas respuestas infructuosas, uno de mis alumnos da con la clave y responde: «Que en la historia sólo se habla de la personalidad del amigo y no de su aspecto físico» Yo matizo esto que ha dicho: «Sólo sabemos que es varón»

Tercera pregunta: «¿Quién es el personaje principal?» Me responden atropellándose: «El amigo» Queda pues insinuado que hay otro personaje, un secundario: «¿Quién es el secundario?» Otro alumno suelta: «El que cuenta la historia.» Les aporto que el personaje que cuenta una historia se denomina narrador. Aquí indirectamente creo estarles enseñando algo: a saber, que el narrador de una historia siendo personaje de la misma, no es necesariamente su personaje protagonista. A este tipo de narrador se le denomina narrador testigo. Creo estarles enseñando eso —digo— porque un alumno sentencia entonces: «Pero al final, si el amigo se va, el narrador se volverá el personaje principal de la historia al quedarse solo» Otra vez, me siento apabullado por la clarividencia inesperada, y por la ley dialéctica que no saben contenida en esa observación: lo que es se vuelve su contrario.

Una alumna observa entonces que no se aporta tampoco nada del aspecto físico del narrador, por lo cual el narrador puede ser una niña y no un niño. Surgen discrepancias entre ellos. Uno, afirma que no puede ser una niña pues juega al fútbol con el amigo. Otra, lo corrobora, diciendo que si fuera niña le gustaría más bailar y no jugaría al fútbol. Al final, el primer dialéctico, que además de filósofo, juega al fútbol en un equipo federado, aporta su incontestable conocimiento empírico: «En mi equipo, una niña es la que mejor juega de todos nosotros» y concluye: «El narrador puede ser una niña»

Tienen ocho años y ojos de pirañas hambrientas.

Lo dicho: aparentemente, un día cualquiera en el colegio.

David Galán Parro

13 de febrero de 2025

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