
Nadie lo sospechaba. Hacía semanas que había dejado de ser el hidalgo, ese difuso hombre que se emborronaba en la épica fantástica que día y noche le imponían los libros para amordazar su voz cuerda.
Zozobrado su juicio del todo en un mar de pendencias imposibles y multiformes criaturas era inminente la hora. El mundo agonizante clamaba al héroe y no podía más. Él no podía demorarse.
Aquella mañana, los gallos llamaban con urgencia aún la sombra, y la fresca traía levemente jirones de la sofocante canícula.
Todas las prevenciones hechas por su ingenio e industria le esperaban ahora, fieles al momento. Nombres peregrinos ya duplicaban y magnificaban el mundo, su mundo. Aunó sobre su recia complexión espigada el peto y el espaldar. Se ciñó la escarcela protegiendo sus secos muslos. Sobre la gola, asentó su diputada celada de finísimo encaje —el morrión contrahecho con su frágil visera de cartón— que evitaría las contingencias de la lucha o el mal tiempo amenazando su noble cabeza. Envainó su hoja de Toledo, embrazó la adarga, tomó la vieja lanza. El alma parecía regresar y convocar a aquellas cosas heredadas por su sangre pretérita. Se aprestó a la cabalgadura imperfecta y sobre ella montado, salió por la puerta falsa del corral a campo abierto, encomendándose a la azarosa voluntad del animal, tal como los libros que desatinado le tenían, juraban que así debía ser conforme a su nuevo oficio. Hemos de suponer que aquel, preñado de vértigo y soledad absolutos, fue el instante supremo de su célibe vida, .
No obstante, pese a su férrea determinación, pese a su decisión anacrónica ¿Qué pensamiento, qué sentimiento, le hicieron aún ejecutar su plan a espaldas de los demás moradores de su casa solariega? ¿Acaso una voz sensata en un rincón de su memoria devastada le aconsejaba prudencia, le susurraba que aquello no podía ser? ¿Le acercaba el miedo al oprobio, a las consideraciones reales de sus allegados? ¿Acaso aún algo de Quijano se revivía en su carne y le amonestaba en el momento de esa oculta salida? ¿Acaso se sabía prófugo de la conciencia del hidalgo?
Yo me tengo ahora por un quijano…
¿No será que nunca podremos zafarnos perfectamente de esta realidad opresiva que nos obliga a la cordura, a la mundanidad de los hábitos y de las cosas?
¿No será el insoslayable destino de nosotros, los artista, estar al borde de ese oscuridad inefable también preñada de inciertas posibilidades llamándonos a la gloria a la vez que la tierra nos tironea queriéndonos juiciosos, grávidos, mortales?
David Galán Parro
10 de febrero de 2025