
—¡Marian! —grita de nuevo— ¡El libro de poemas que te escribí! ¿Dónde lo pusiste? ¡Recuerda! —revuelve frenético entre los cajones de su escritorio— ¡Por favor, Marian, recuerda…!
El incendio iniciado en la cocina, ya ha tomado el salón. Un sofá y la mesa del centro están en llamas. No hay tiempo. Hay que salir de inmediato.
Sin embargo, ella está paralizada, intentando recordar. Pero nada acude a su mente.
—¡Mi ordenador, Marian! —descubre ahora consternado— ¡En el ordenador tengo mis escritos! ¡Todo el trabajo de mi vida! ¡Todo lo que soy, está ahí, Marian! ¡Debes encontrarlo, sin ellos no soy nada! ¿Dónde lo pusiste? ¿Dónde? ¡Recuerda, rápido…!
Sigue clavada en mitad del salón. En un ademán crispado, se lleva las manos a la cabeza, se presiona las sienes, aprieta los dientes, como si con ello, pudiera alumbrar un recuerdo repentino que lo salvara todo de la quema… Siente un nudo en el pecho que le ahoga cualquier palabra, cualquier expresión liberadora…
—¡Los libros, Marian, los libros! ¡Ayúdame a coger los libros,…! —le escucha gritar ahora, y lo ve, en un último gesto desesperado, lanzarse hacia las estanterías donde permanecen aún intactos sus libros, su sustento vital. Atropelladamente, toma los que le quedan más a mano, los acopia en sus brazos, los oprime en su pecho, pero se trastabilla y caen al suelo. Marian no puede reaccionar. No puede moverse. Solo puede observar la irrealidad de la escena, impotente. Entonces, mira hacia los libros volcados y ve algo imposible, desconcertante: abiertos sin pudor muestran sus páginas, absolutamente vacías de caracteres… Él, que ha reparado en lo mismo, cruza de repente con Marian una mirada de incredulidad, después de monstruoso reproche —tanto que no parece suya — y le suelta:
—¿También tú, Marian, me haces como él? ¿También, has borrado las palabras que le daban sentido a mi vida? —y como si de repente se rompiera la relación causal de la escena, le grita fuera de sí, enfurecido— ¿Y ahora quién te llama, Marian? ¿Quién? ¿Otro?
Marian se despierta sobresaltada. La helada humedad de su propio pecho le golpea al destaparse. El móvil suena sobre la mesilla de noche. En la lámina luminosa de la pantalla aparece aún el nombre de él con el corazón que ella le adosara al inicio de su noviazgo.
—Dime…
Escucha mientras se reclina trabajosamente sobre el cabezal de la cama.
—¿No podrías traerlas tú? —pregunta. Siente pastosa la boca.
Se hace un silencio. Un tenue hilo de voz compungida no ceja en lo que parece una explicación tortuosa.
—No tengo ni ganas ni ánimo para entrar en tu casa, lo sabes. No estaba en mis planes… De acuerdo… Sí… Voy… —aparta el móvil y amusga la mirada sobre la pantalla— Dame una hora, como mínimo. Pero quiero que mantengamos lo acordado. No pienso demorarme allí. Ya no hay nada más que hablar, Marcos —y cuelga.
* * * * *
Ella había vuelto a la casa familiar tras la ruptura. Estaría allí a cargo de su madre viuda y desmemoriada. Marcos en cambio se había quedado en el ático.
Ese día, él le dejó entornada la puerta de entrada, como solía hacerlo al principio de su noviazgo: le gustaba escuchar los sonido que se colaban y la anticipaban: el del elevador ascendiendo las seis plantas; el del taconeo calmo de sus pasos enfilando el pasillo comunitario; luego, ver asomar su cabeza por la apertura, bajo el umbral, como si pidiera permiso, como si se sintiera indiscreta; y verla al fin, ya de cuerpo entero, aderezada con sus fascinantes conjuntos pensados para él, luminosa en el centro del salón.
Pero aquel juego con la puerta no se correspondía esa vez con la ansiedad propia de su ilusión primeriza, sino más bien con la de una incertidumbre de quién se juega todo a la carta única de la posible y definitiva despedida. No se había preparado para el encuentro: su zozobra, su enajenación de sí le habían hecho desentenderse por completo de su higiene acostumbrada. Con el pelo desgreñado y graso, con un albornoz y unas pantuflas, rezumaba levemente el olor dulzón a sudor seco, de los días sin ducha, de los días de clausura, de los días en que cualquier iniciativa le suponía un esfuerzo aterrador. La escasa voluntad le daba apenas para la contemplación ciega de programas y series insulsos o para la masturbación compulsiva. Lo poco que comía lo resolvía por encargos a domicilio. Era invierno y estaba de vacaciones. La mera idea de la vuelta al trabajo en aquellas condiciones le sacudía el estómago, le quitaba el aire.
Deslizó torpemente la puerta de la terraza exterior en su riel. Una brisa fría entró y oreó el salón. El zumbido de los coches rodando abajo en la calle apagó el silencio que imponía el cristal insonorizado de la puerta. Una tumbona plegable acolchada y al lado una mesita de aluminio ocupaban el centro del ámbito, delimitado por un barandal de láminas de cristal —ella lo había elegido así en su día para que al salón llegara la luz natural—. Se tendió, cerró los ojos y se puso a esperar. Estaba muy ansioso.
Al cabo de unos minutos, la oyó trajinar en el interior. Él se incorporó en la hamaca y se sentó. Marian apareció de pie, bajo el vano. Se miraron, ella, expectante; él aturdido, sin de pronto, saber qué decir. Al fin, aventuró:
—¿Cómo viniste? ¿Te ha traído alguien? —el tono era desvaído.
—¿Cómo que si me ha traído alguien? ¡Nadie, Marcos! He venido en autobús. No se tardaba tanto como decías, desde la casa de mi madre hasta aquí en autobús.
—¿Y a ella?
—¿Qué sucede con ella?
—¿Con quién la has dejado?
—Con mi hermana. La llamé y me pudo hacer el favor ¿Pero que más te da? ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada… por nada… No pensé que para venir tuvieras que pedir un favor…
—Da igual ¿Dónde están el abrigo y los zapatos? Debo irme…
—Espera, ahora te los traigo… ¿Quieres un café? ¿Una infusión?
—No, Marcos. Ya te dije que no hay nada que…
—Marian, espera, por favor, escúchame un momento ¡Por favor te lo pido! Seré breve esta vez… Seré breve, te lo prometo,…
—No… Debo irme…
—Marian, tendremos el hijo, lo buscaremos, de verdad. Lo veo… ahora lo veo…
—¿Ahora? ¿Estás soñando? No, Marcos eso ya pasó, hace mucho que pasó… Tengo que centrarme en mi madre…
—Lo sé, Marian, lo sé… sé que debes cuidar de ella y que ahora es más difícil para los dos, pero voy a esforzarme…
—Las cosas están en el armario ¿no?
—¡Espera, Marian, déjame decirte…! Apartaré la novela, no habrá más espera. Me implicaré, Marian, te lo prometo. Seremos tú, yo, el niño. Nada más…
Marian negaba con la cabeza, con los ojos cerrados, como hastiada de sus palabras, de sus promesas.
—No, no… ¡no! Han sido años esperando. Tu vocación literaria te llama —y una fina sonrisa irónica acudió a sus labios—. Vas a ser un gran escritor, Marcos. No tienes porqué angustiarte más. Tienes todo el tiempo, toda la energía que necesitas para realizarte, para demostrarle a tu padre que no estabas equivocado en tu apuesta… Yo y mis cosas no seremos más tu obstáculo…
—Lo que piense mi padre me da igual, Marian…
—No, no te da igual. No te engañes. Tener un hijo y trabajar en la librería para mantenerlo está muy lejos de tu sueño de escritor… Necesitas tu espacio, tu tiempo, encontrarte… ¿no? Ahora es tu momento. Nunca lo tuviste más fácil… Es el momento de restregarle a tu padre la novela que nunca creyó que escribirías…
—Marian, por favor, créeme. Ya ese hombre no me importa…
—¿Ah no? ¿Y qué ha hecho que eso sea así?
—Sentir que te pierdo definitivamente…
Marian le miró cómo quien mira una pared harto conocida. No había ilusión en ella; sólo cansancio, un viejo cansancio, pegajoso y gris.
—O eres ingenuo o me tomas por idiota —dijo arrastrando las palabras con la mirada apartada y como ausente—. Agotaste mis esperanzas, fui un pasatiempo alargado, un complemento fuera de tu vida ¿Y ahora que me tocó dedicarme a la mía, pero no para realizarme, sino porque debo cuidar de mi madre, me vienes con que busquemos un hijo para salvarlo todo? ¿De verdad crees que para eso se trae un hijo? ¿Eso es lo que vale para ti un hijo? Un hijo se siente, Marcos, se siente y nada más.
—Estoy preparado, es nuestro momento, no tires todo como si no fuera posible ahora…
—Claro, ahora soy yo la que hago fracasar las cosas —otra vez, adoptó una mueca mordaz —. No te fue suficiente hacerme sentir culpable exigiéndome un tiempo prudente. Yo debía esperar mientras te recomponías de lo tuyo con tu padre. Debía esperar a que te fortalecieras… ¿Y mientras yo qué? Ahora como entonces, debo cargar con todo ¿Verdad?
—No, Marian, no siento así… —sus ojos contenían las lágrimas.
Ella lo contempló un instante. Su estado era deplorable. No quedaba rastro de aquella fuerza vital de antes, de su garra, de su impulso para domeñar su destino. Entonces confesó:
—Ya no te amo, Marcos. No hay nada en mí de lo que pueda tirar para recomponer lo que sentía. Nada. No es una parada en la que tomar aliento; no es una página en blanco en la que volver a empezar juntos, como siempre has dicho, sino una que he de reescribir sola durante mucho tiempo. No insistas, Marcos. Se acabó.
Él se levantó entonces de la tumbona, con el semblante desfigurado por el dolor. Con los labios labios fruncidos, contenía las lágrimas y respiraba con dificultad en lo que parecía el borde de una explosión de ansiedad. Estuvo así unos segundos hasta que pudo hablar:
—¡No soy nadie sin ti, mi amor! —la voz se volvió de repente extrañamente solemne, entera, como si le hubiera sobrevenido un alivio íntimo, un convencimiento soterrado; lo que iba ahora a decir parecía ensayado— Recuerdo mi libreta de Dibujo Artístico en la escuela. Estaba rallada, garabateada, sin la precisión que exigían las pautas del profesor. La libreta se parecía a mi destino. Cada dibujo era un intento frustrado de juntar trazos que pretendían cumplir las pautas, a la vez que las escamoteaban. Ningún dibujo era enteramente mío y por eso, no entregaba el interés que podía hacer de mí el alumno ejemplar esperado por mis mayores. Me acostumbré a mentir, a complacer, a estar, sin saberlo, frustrado. Siempre me vi eligiendo entre la obediencia o la rebeldía absolutas; y por ello, nunca tuve la paz. Tal vez, yo sea un hombre de extremos, de excesos, fabricado por la intransigencia de mi padre. Y sé que eso te alcanzó, Marian, te dañó. Aquella libreta de dibujos retorcidos no me representaba. Y en tanto no me representaba era como si valiera para mí, lo mismo que una libreta en blanco. Así ha acontecido mi vida. Así, hasta que tú llegaste, amor. Pero ahora…
Marian sintió en su pecho una punzada al escucharle. Sabía que él perseguía la identidad perdida, mancillada, arrebatada; pero, a la vez sentía que no podía cargar con el peso de aquella búsqueda intransferible suya. No podía hacerlo porque entonces su identidad sería la que estaría en juego, la que correría el riesgo de —con los años— quedar totalmente devastada.
Entonces le escuchó de nuevo:
—Sólo un dibujo sobrevivió, Marian, a esa amputación que me requerían ¡Sólo uno! Estaba al final de la libreta escondido y rebelde. Lo dibujé sin que nadie me apremiara, sin que nadie me indujera, sin que nadie lo pautara. Era el único de toda la libreta que tenía los trazos, los contornos, los colores, las proporciones, queridos y precisos para mí. En él, me había dibujado a mí mismo, pilotando una antigua avioneta de guerra, de color gris y con una hélice roja; una avioneta que sobrevolaba un campo verde, salpicado de árboles y casas con techos a dos aguas, y en el que serpenteaba un río con peces naranjas; y por encima de mi, brillaba el sol en un cielo azul claro por el que se deslizaba una sola nube que parecía a rebufo de mi cola y pájaros dibujados de manera simple con dos arcos yuxtapuestos; y yo iba inmenso y sonriente en la cabina abierta de la avioneta con una bufanda rosa que se aireaba… Era mi dibujo, Marian, era mi único dibujo…
Y mientras repetía estas últimas palabras en una letanía opacada, se fue desanudando el lazo que contenía el albornoz. Marian se estremeció de horror al verle desnudo bajo la prenda desceñida. Entonces, con inusitado boato se desprendió por entero de ella, se encaramó al barandal e irguiéndose en una cruz perfecta se arrojó al vacío.
David Galán Parro
18 de enero de 2025