«Ver más vidrio» (*)

a Óscar

Yo tenía por entonces quince años y me disponía a cursar el segundo grado de secundaria en un instituto público comarcal. Al centro, llegaban alumnos de todas partes del municipio, de distintos pueblos cercanos, de manera que los grupos de estudiantes eran variopintos y de procedencia fácilmente reconocible. Eran años en los que la idiosincracia de los pueblos aislados, se dejaba entrever graciosamente en el modo de hablar y el carácter particular de cada cual.

En el aula me ponía en los puestos del fondo. Por esa parte se colocaban los gamberros haciendo de las suyas y los inadaptados evadiendo las explicaciones cada vez más difíciles. Los aventajados en cambio se ponían delante, más solícitos, garantizando las respuestas correctas a los profesores. Éramos unos treinta. Yo, aunque figuraba entre los inadaptados, no tenía un encaje claro en aquella categoría.

Atrás se sentaba Óscar, por el lado opuesto al mío, hacia las ventanas. Los pupitres se adosaban y te podía tocar cualquiera en el contiguo. Era una lotería. Por la razón que fuera, ni a Óscar ni a mí nos acompañaría nadie durante el curso, y sin embargo, no quisimos evitar ese hecho, poniéndonos juntos. Nos sabíamos mutuamente solitarios y presumíamos en el acercamiento mutuo una humillación. La huida de la soledad no podía ser el motivo de nuestro posible vínculo.

Óscar era uno de los repetidores. Espigado, huesudo, de tez morena y con un pelo lacio grasiento, caminaba con orgullosa desgana. Llevaba camisetas negras estampadas con vinilos de bandas heavy metal y tenía fama de tipo huraño y rebelde. Como yo, venía del pueblo de abajo, de la playa, y había estudiado la primaria en mi mismo colegio. Los pocos amigos que hizo en esa etapa se le apartaban pronto sin dar mucha explicación. Tampoco se le conocía novia alguna. Simplemente tenía un halo odioso para la mayoría. De vuelta del colegio, me lo solía encontrar apostado en la entrada de los recreativos, fumando, sospechosamente desocupado y sombrío. Lo saludaba cordial, más por miedo que por afecto. Yo tenía mi pandilla y no me planteaba trato alguno con él.

Una vez, me enteré que de niño había participado en el asalto nocturno al colegio con otros más que, disfrazados de mercenarios y con pasamontañas, habían puesto todo el mobiliario patas arriba. Nadie lo delató a la policía, ni siquiera Carmelo el Pícaro al que habían cogido por último, oculto dentro de uno de los bidones de la azotea, y que había largado todo. Eso me lleva ahora a pensar que pese a su fama, Óscar tenía que ser respetado por los que le rechazaban.

El segundo grado iba a ser un curso difícil para mí. Por cuestiones familiares, estaba inestable y los estudios comenzaron a resultarme un suplicio. Al principio, me esforcé en entender, pero como todo se me hizo cuesta arriba, un amargo sentimiento de frustración depuso pronto mi atención. Ante el mismo problema, Óscar fue más contundente, más pragmático: directamente se saltaba las clases. Se presentaba en la primera hora y luego desaparecía. Por lo que supe después, se iba por los alrededores del centro, solo, a fumar y dejar pasar las horas muertas. Sus ausencias preservaron nuestra antigua falta de comunicación en el pueblo, nuestra cordial distancia. Sin embargo poco a poco, en la contienda esquiva que nos teníamos, un mutuo afecto soterrado, una complicidad de marginados —de marginado veterano a novato y viceversa— fue creciendo hasta consolidarse. Creo que en esa época dejé atrás algo de mi inocencia de colegial.

Habíamos hecho de una canción de entonces, la sintonía de nuestra complicidad. La letra narraba la azarosa vida de un gitano, un tal Manuel Sánchez Sánchez, que de niño era un rapaz y de adulto, un delincuente de poca monta, inofensivo y alegre. Nos divertía cantarla en íntima consonancia, a espaldas del entendimiento de los demás, y en alusión a cierto malvivir que nos pronosticábamos inevitable de seguir sumidos en aquella desnortada situación.  Fue la primera vez que experimenté lo que era vivir resignado.

Los años me han hecho comprender que lo mío era un bache pasajero; lo de Óscar, otra cosa.

Un día, no sé si por navidad o fin de curso, los compañeros animados por el tutor acordaron regalarse mutuamente, en pareja. «El amigo invisible», se llamaba el juego. Por sorteo te tocaba alguien a quien tenías que regalar y para el cual permanecías en el anonimato. Yo tuve que regalarle a Marian, una de las chicas más estudiosas y a quién yo tenía endiosada —una camisa creo que le regalé—. A Óscar alguien le dio un feo llavero usado, una baratija, que tiró inmediatamente a la papelera delante de todos. Fue un momento incómodo. A mí me tocó un libro de cuentos poco voluminoso. No me entusiasmó. Una dedicatoria anónima en la solapa trasera, rezaba así: «¡Qué dedicatoria, ni qué coño! Si quieres que te digan cosas bonitas, que te las diga tu mamá ¡Que te den, Sánchez Sánchez» Me salió la risa tonta. Marian se me acercó y me dijo que un libro siempre era un buen regalo. Yo sentí, pese a mi admiración hacia ella, que decía una solemne frivolidad. A los pocos días, agarré el libro y comencé su lectura. No acabé ni el primer cuento. Me exasperaba el estilo del autor. No entendía a cuenta de qué se demoraba en una precisión descriptiva de los gestos mas insignificantes de los personajes; a cuenta de qué, en unos diálogos insulsos, aburridísimos, cotidianos; no entendía a cuenta de qué ese no pasar nada en aquella nada que en nada me incumbía. Lo crucifiqué y lo abandoné a la suerte del polvo de la biblioteca de mi padre.

Al año siguiente, yo había pasado al tercer grado. Las clases particulares que habían oscurecido mis vacaciones de verano, habían dado también en salvarme. Óscar, en cambio, había vuelto a repetir. O se había marchado, no recuerdo bien; el caso es que ya no andábamos cerca el uno del otro. Yo no esperaba una amistad de él y creo que él tampoco de mí. Éramos dos redomados indolentes para estas cosas. En verdad, ni siquiera echaba en falta nuestra complicidad de perdedores. En verdad nadie esperaba nada de él. Es lo que creo a día de hoy.

En el transcurso de ese u otro año —en esto se vuelve difuso todo— un amigo del pueblo me refirió la noticia que se propalaba de boca en boca: Óscar, el hijo del dueño del restaurante Las Salinas, se había suicidado. Su única hermana y su madre, lo habían encontrado ahorcado del gancho de la lámpara de techo de su dormitorio. Recuerdo, que la noticia no me impactó entonces. No le quise mentar a mi amigo mi relación con el suicida. Por una extraña huída de la memoria, no me vino a la mente ni siquiera el libro que años antes me había regalado. Simplemente me quedé frío. Estaba en otras cosas.

* * * * *

Han pasado treinta años y sí, he estado en otras cosas, hasta la mañana de hoy en que consigno estas palabras.

Acabo de terminar de leer una novela de largo aliento, de las que llaman novelas de aprendizaje. Salgo impactado del desarrollo psicológico de la protagonista, de su viaje de autorrealización, de su búsqueda de sí misma; salgo impactado porque presiento en su dechado lo que me fue sustraído de mi crecimiento personal en una época en que me extravié entregado a la voluntad de otros, entregado a una vida profesional alejada del despliegue intrínseco de mis necesidades y facultades primigenias. Quiero ser yo, reafirmarme y voy a contrarreloj. Siento que no hay otra opción posible o realista que la de ser esto que hago mas mal que bien, escribir. Dos años atrás constituyen mi calamitosa pista de despegue en este incierto vuelo que inicio. Las conexiones conmigo mismo, entre el que soy y el que fui, se están gestando ahora, a destiempo, azarosas, como pura magia, liberadas al fin de aquellas influencias que las impedían. En la oscura sala de la desmemoria, recordar se me presenta como un fenómeno que ilumina a fogonazos un cuadro entero, una lejana perspectiva de mi vida.  Voy cerrando círculos vitales de forma desaforada, atropelladamente. Este va a ser uno de esos círculos. No estoy preparado… No estoy preparado…

Agarro de nuevo aquel viejo libro de solapas cercanas, más para recomponerme de la novela que me ha confrontado conmigo mismo que por un especial interés. También sé que en general, en los relatos me encuentro próximo a mi pulsión vital, a mi irregular naturaleza, a mi dispersión incorregible. En esta elección ha querido mediar un triste azar. Pero aún no lo sé. En la solapa, releo la dedicatoria. La descubro esta vez falsamente desapegada, como renegando de un sentimiento de afecto espontáneo o de un reclamo urgente que quiere ser mitigado en vano. La impostura de Óscar, su aparente dureza, para rehuir la humillación. De un tirón, sin tomar aliento, el primer cuento que antaño había comenzado sin terminar se va desplegando ante mí. Avanzo en él, mientras presiento un desenlace: Una joven mujer en una habitación de hotel. Una madre aterrorizada al teléfono que le habla: «¿Estas bien, Muriel?» resuena una y otra vez deseperada «¿No trató de hacer el tonto con los árboles…? (mientras conducía)» Y Muriel deseando reencontrarse idealmente con su joven prometido atormentado, un veterano traumatizado por el horror inenarrable de la guerra, que en ese momento apura su última conversación en una playa cercana al hotel, en compañía de la comprensión infantil en la que se refugia; en compañía del acendrado enamoramiento de Sybil Carpenter. El joven regresa al hotel. Un presentimiento oscuro se va acercando mientras remato la lectura de ese primer cuento; un círculo se va cerrando, como ya dije, terrible e inexorable, iniciado por el azar de ese juego de clase, en que el anonimato era el estímulo, la baza lúdica, pero que escondía otro juego más brutal, más aterrador, el de las identidades atormentadas que envían desesperadas señales que nadie descifra, últimos gritos de auxilio que nadie escucha… Lo estoy viendo venir, es imparable. Ese final del cuento es al mismo tiempo, el atroz desenlace de mi cándida historia con Óscar, la definitiva explicación de todo, mi descubrimiento doloroso como la luz de un sol único, íntimo e intransferible, que solo a mi me arrasa los ojos…

«(Óscar) Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se descerrajó un tiro en la sien derecha.» (**)

Luego de hacer esto, Oscar me regaló el libro con la dedicatoria. 

¡Qué lejos y cerca a la vez podemos estar del devenir secreto de la vida!

David Galán Parro

3 de enero de 2025


(*) El título hace referencia al personaje suicida, Seymour Glass, del cuento de J.D. Salinger perteneciente a su libro, Nueve cuentos. Como se hace referencia en la nota primera de la traducción del libro a cargo de Elena Rius, en la edición de 1990 de la editorial Alianza, el nombre Seymour Glass es igualado fonéticamente a la expresión inglesa see more glass. Esta equiparación la hace en la narración el personaje infantil de Sybil Carpenter y representa el trato cariñoso que la niña le profesaba a Glass.

(**) Extracto literal del final del cuento «Un día perfecto para el pez plátano». La variante estriba simplemente en colocar como agente activo de la acción final al personaje Óscar, en vez de al personaje  Seymour Glass.

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