Soneto X: ¿Por qué esperas de mí…?

¿Por qué esperas de mí que te dé aquello

que dar no puedo por naturaleza?

¿Pedirás a la lluvia otra belleza

que no sea su efímero destello?

¿Por qué condenas a la libre nube

a ser polvo, piedra, hierro o camino?

¿Por qué imponer un exacto destino,

al cielo y agua que baja, rueda y sube?

Quizá de mí, tu voluntad requiera

esto que ha perdido y siente lejano:

ser nube, lluvia, helada cumbre y río,

mar calmo y de nuevo, humedad viajera.

Perseguirá tu corazón en vano,

lo que volvió tu mente intacto frío.

David Galán Parro

29 de enero de 2025

Soneto IX: La región vedada

Entre dos que se pretenden amantes

o amigos, se halla una región vedada,

una promesa que por bien usada,

de lo que entregan, los vuelve garantes.

Aguarda así allí, en penumbra discreta,

lo que ha de ser, si es mesura la urgencia,

más no, lo que convierte la exigencia:

libre amor por atadura secreta.

Parece se desdice el sentimiento

si de tal modo piensa cada parte;

parece endeble por ello el intento

de hacer de los mutuos afectos, arte.

Habita esa íntima tierra baldía,

cuando de mí la precises un día.

David Galán Parro

26 de enero de 2025

Soneto VIII: Rendición frente al mar

Adentrarme en el mar, solo y desnudo,

desafiando vulnerable su vasta

región; abandonarme a ella como hasta

la hora fatal, que a todos niega y pudo.

Lleva el mar un cierto destino aciago,

un azar triste, un encuentro, un consuelo;

noches de luna pródiga y desvelo:

tal llevo así en el pecho a este hombre vago.

El mar nos recuerda quizás por eso

que cualquier amor es un espejismo

que nada escapa al abandono mismo

de lo que no retuvo un primer beso.

Me he rendido a contemplar su oleaje.

Él sabe que es insensato este viaje.

David Galán Parro

20 de enero de 2025

Los que escribieron la historia sin empuñar la pluma

Escribieron la historia sin empuñar la pluma.

Fueron apenas sin ser para ellos, 

y por ello, somos,

tú y yo, aquí y ahora, amándonos.

Sobre los cuerpos ateridos,

sobre el sudor y la sangre derramada,

sobre los músculos y nervios agotados,

sobre la tierra así vivificada,

nosotros, flores de estiércol.

Nacerán millones de niños durante millones de años

—no era vana la promesa que por sucumbir nos hacían—:

manos y cerebros poderosos, 

infinitos, infatigables, inquebrantables,

-la materia del futuro-

alumbraron con dolor y entrega,

apenas -insisto- sin ser para ellos.

No hay un solo día

que no me sienta hijo de esos hombres 

que, sin saberlo, proyectaron la humanidad hacia adelante

con sus despedidas ordinarias o extraordinarias.

No hay un solo día, 

que no sienta suyas estas palabras mías 

cargadas de razón y que a otros me unen,

que no sienta suyas, estas cosas cotidianas 

que veo, toco, combino y recreo.

Por eso, 

mi amor palpitante que te necesita suyo,

mis torpes besos que te buscan,

mis palabras queriendo ser leales a sí y luego, a ambos,

son en su existencia sencilla

el rastro no escrito

de los que escribieron la historia sin empuñar la pluma.

David Galán Parro

12 de enero de 2025

Avioneta de guerra

—¡Marian! —grita de nuevo— ¡El libro de poemas que te escribí! ¿Dónde lo pusiste? ¡Recuerda! —revuelve frenético entre los cajones de su escritorio— ¡Por favor, Marian, recuerda…!

El incendio iniciado en la cocina, ya ha tomado el salón. Un sofá y la mesa del centro están en llamas. No hay tiempo. Hay que salir de inmediato.

Sin embargo, ella está paralizada, intentando recordar. Pero nada acude a su mente.

—¡Mi ordenador, Marian! —descubre ahora consternado— ¡En el ordenador tengo mis escritos! ¡Todo el trabajo de mi vida! ¡Todo lo que soy, está ahí, Marian! ¡Debes encontrarlo, sin ellos no soy nada! ¿Dónde lo pusiste? ¿Dónde? ¡Recuerda, rápido…!

Sigue clavada en mitad del salón. En un ademán crispado, se lleva las manos a la cabeza, se presiona las sienes, aprieta los dientes, como si con ello, pudiera alumbrar un recuerdo repentino que lo salvara todo de la quema… Siente un nudo en el pecho que le ahoga cualquier palabra, cualquier expresión liberadora…

—¡Los libros, Marian, los libros! ¡Ayúdame a coger los libros,…! —le escucha gritar ahora, y lo ve, en un último gesto desesperado, lanzarse hacia las estanterías donde permanecen aún intactos sus libros, su sustento vital. Atropelladamente, toma los que le quedan más a mano, los acopia en sus brazos, los oprime en su pecho, pero se trastabilla y caen al suelo. Marian no puede reaccionar. No puede moverse. Solo puede observar la irrealidad de la escena, impotente. Entonces, mira hacia los libros volcados y ve algo imposible, desconcertante: abiertos sin pudor muestran sus páginas, absolutamente vacías de caracteres… Él, que ha reparado en lo mismo, cruza de repente con Marian una mirada de incredulidad, después de monstruoso reproche —tanto que no parece suya — y le suelta:

—¿También tú, Marian, me haces como él? ¿También, has borrado las palabras que le daban sentido a mi vida? —y como si de repente se rompiera la relación causal de la escena, le grita fuera de sí, enfurecido— ¿Y ahora quién te llama, Marian? ¿Quién? ¿Otro?

Marian se despierta sobresaltada. La helada humedad de su propio pecho le golpea al destaparse. El móvil suena sobre la mesilla de noche. En la lámina luminosa de la pantalla aparece aún el nombre de él con el corazón que ella le adosara al inicio de su noviazgo.

—Dime…

Escucha mientras se reclina trabajosamente sobre el cabezal de la cama.

—¿No podrías traerlas tú? —pregunta. Siente pastosa la boca.

Se hace un silencio. Un tenue hilo de voz compungida no ceja en lo que parece una explicación tortuosa.

—No tengo ni ganas ni ánimo para entrar en tu casa, lo sabes. No estaba en mis planes… De acuerdo… Sí… Voy… —aparta el móvil y amusga la mirada sobre la pantalla—  Dame una hora, como mínimo. Pero quiero que mantengamos lo acordado. No pienso demorarme allí. Ya no hay nada más que hablar, Marcos —y cuelga.

* * * * *

Ella había vuelto a la casa familiar tras la ruptura. Estaría allí a cargo de su madre viuda y desmemoriada. Marcos en cambio se había quedado en el ático.

Ese día, él le dejó entornada la puerta de entrada, como solía hacerlo al principio de su noviazgo: le gustaba escuchar los sonido que se colaban y la anticipaban: el del elevador ascendiendo las seis plantas; el del taconeo calmo de sus pasos enfilando el pasillo comunitario; luego, ver asomar su cabeza por la apertura, bajo el umbral, como si pidiera permiso, como si se sintiera indiscreta; y verla al fin, ya de cuerpo entero, aderezada con sus fascinantes conjuntos pensados para él, luminosa en el centro del salón.

Pero aquel juego con la puerta no se correspondía esa vez con la ansiedad propia de su ilusión primeriza, sino más bien con la de una incertidumbre de quién se juega todo a la carta única de la posible y definitiva despedida. No se había preparado para el encuentro: su zozobra, su enajenación de sí le habían hecho desentenderse por completo de su higiene acostumbrada. Con el pelo desgreñado y graso, con un albornoz y unas pantuflas, rezumaba levemente el olor dulzón a sudor seco, de los días sin ducha, de los días de clausura, de los días en que cualquier iniciativa le suponía un esfuerzo aterrador. La escasa voluntad le daba apenas para la contemplación ciega de programas y series insulsos o para la masturbación compulsiva. Lo poco que comía lo resolvía por encargos a domicilio. Era invierno y estaba de vacaciones. La mera idea de la vuelta al trabajo en aquellas condiciones le sacudía el estómago, le quitaba el aire.

Deslizó torpemente la puerta de la terraza exterior en su riel. Una brisa fría entró y oreó el salón. El zumbido de los coches rodando abajo en la calle apagó el silencio que imponía el cristal insonorizado de la puerta. Una tumbona plegable acolchada y al lado una mesita de aluminio ocupaban el centro del ámbito, delimitado por un barandal de láminas de cristal —ella lo había elegido así en su día para que al salón llegara la luz natural—. Se tendió, cerró los ojos y se puso a esperar. Estaba muy ansioso.

Al cabo de unos minutos, la oyó trajinar en el interior. Él se incorporó en la hamaca y se sentó. Marian apareció de pie, bajo el vano. Se miraron, ella, expectante; él aturdido, sin de pronto, saber qué decir. Al fin, aventuró:

—¿Cómo viniste? ¿Te ha traído alguien? —el tono era desvaído.

—¿Cómo que si me ha traído alguien? ¡Nadie, Marcos! He venido en autobús. No se tardaba tanto como decías, desde la casa de mi madre hasta aquí en autobús.

—¿Y a ella?

—¿Qué sucede con ella?

—¿Con quién la has dejado?

—Con mi hermana. La llamé y me pudo hacer el favor ¿Pero que más te da? ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada… por nada… No pensé que para venir tuvieras que pedir un favor…

—Da igual ¿Dónde están el abrigo y los zapatos? Debo irme…

—Espera, ahora te los traigo… ¿Quieres un café? ¿Una infusión?

—No, Marcos. Ya te dije que no hay nada que…

—Marian, espera, por favor, escúchame un momento ¡Por favor te lo pido! Seré breve esta vez… Seré breve, te lo prometo,…

—No… Debo irme…

—Marian, tendremos el hijo, lo buscaremos, de verdad. Lo veo… ahora lo veo…

—¿Ahora? ¿Estás soñando? No, Marcos eso ya pasó, hace mucho que pasó… Tengo que centrarme en mi madre…

—Lo sé, Marian, lo sé… sé que debes cuidar de ella y que ahora es más difícil para los dos, pero voy a esforzarme…

—Las cosas están en el armario ¿no?

—¡Espera, Marian, déjame decirte…! Apartaré la novela, no habrá más espera. Me implicaré, Marian, te lo prometo. Seremos tú, yo, el niño. Nada más…

Marian negaba con la cabeza, con los ojos cerrados, como hastiada de sus palabras, de sus promesas.

—No, no… ¡no! Han sido años esperando. Tu vocación literaria te llama —y una fina sonrisa irónica acudió a sus labios—. Vas a ser un gran escritor, Marcos. No tienes porqué angustiarte más. Tienes todo el tiempo, toda la energía que necesitas para realizarte, para demostrarle a tu padre que no estabas equivocado en tu apuesta… Yo y mis cosas no seremos más tu obstáculo…

—Lo que piense mi padre me da igual, Marian…

—No, no te da igual. No te engañes. Tener un hijo y trabajar en la librería para mantenerlo está muy lejos de tu sueño de escritor… Necesitas tu espacio, tu tiempo, encontrarte… ¿no? Ahora es tu momento. Nunca lo tuviste más fácil… Es el momento de restregarle a tu padre la novela que nunca creyó que escribirías…

—Marian, por favor, créeme. Ya ese hombre no me importa…

—¿Ah no? ¿Y qué ha hecho que eso sea así? 

—Sentir que te pierdo definitivamente…

Marian le miró cómo quien mira una pared harto conocida. No había ilusión en ella; sólo cansancio, un viejo cansancio, pegajoso y gris.

—O eres ingenuo o me tomas por idiota —dijo arrastrando las palabras con la mirada apartada y como ausente—. Agotaste mis esperanzas, fui un pasatiempo alargado, un complemento fuera de tu vida ¿Y ahora que me tocó dedicarme a la mía, pero no para realizarme, sino porque debo cuidar de mi madre, me vienes con que busquemos un hijo para salvarlo todo? ¿De verdad crees que para eso se trae un hijo? ¿Eso es lo que vale para ti un hijo? Un hijo se siente, Marcos, se siente y nada más.

—Estoy preparado, es nuestro momento, no tires todo como si no fuera posible ahora…

—Claro, ahora soy yo la que hago fracasar las cosas —otra vez, adoptó una mueca mordaz —. No te fue suficiente hacerme sentir culpable exigiéndome un tiempo prudente. Yo debía esperar mientras te recomponías de lo tuyo con tu padre. Debía esperar a que te fortalecieras… ¿Y mientras yo qué? Ahora como entonces, debo cargar con todo ¿Verdad?

—No, Marian, no siento así… —sus ojos contenían las lágrimas.

Ella lo contempló un instante. Su estado era deplorable. No quedaba rastro de aquella fuerza vital de antes, de su garra, de su impulso para domeñar su destino. Entonces confesó:

—Ya no te amo, Marcos. No hay nada en mí de lo que pueda tirar para recomponer lo que sentía. Nada. No es una parada en la que tomar aliento; no es una página en blanco en la que volver a empezar juntos, como siempre has dicho, sino una que he de reescribir sola durante mucho tiempo. No insistas, Marcos. Se acabó.

Él se levantó entonces de la tumbona, con el semblante desfigurado por el dolor. Con los labios labios fruncidos, contenía las lágrimas y respiraba con dificultad en lo que parecía el borde de una explosión de ansiedad. Estuvo así unos segundos hasta que pudo hablar: 

—¡No soy nadie sin ti, mi amor! —la voz se volvió de repente extrañamente solemne, entera, como si le hubiera sobrevenido un alivio íntimo, un convencimiento soterrado; lo que iba ahora a decir parecía ensayado— Recuerdo mi libreta de Dibujo Artístico en la escuela. Estaba rallada, garabateada, sin la precisión que exigían las pautas del profesor. La libreta se parecía a mi destino. Cada dibujo era un intento frustrado de juntar trazos que pretendían cumplir las pautas, a la vez que las escamoteaban. Ningún dibujo era enteramente mío y por eso, no entregaba el interés que podía hacer de mí el alumno ejemplar esperado por mis mayores. Me acostumbré a mentir, a complacer, a estar, sin saberlo, frustrado. Siempre me vi eligiendo entre la obediencia o la rebeldía absolutas; y por ello, nunca tuve la paz. Tal vez, yo sea un hombre de extremos, de excesos, fabricado por la intransigencia de mi padre. Y sé que eso te alcanzó, Marian, te dañó. Aquella libreta de dibujos retorcidos no me representaba. Y en tanto no me representaba era como si valiera para mí, lo mismo que una libreta en blanco. Así ha acontecido mi vida. Así, hasta que tú llegaste, amor. Pero ahora…

Marian sintió en su pecho una punzada al escucharle. Sabía que él perseguía la identidad perdida, mancillada, arrebatada; pero, a la vez sentía que no podía cargar con el peso de aquella búsqueda intransferible suya. No podía hacerlo porque entonces su identidad sería la que estaría en juego, la que correría el riesgo de —con los años— quedar totalmente devastada.

Entonces le escuchó de nuevo:

—Sólo un dibujo sobrevivió, Marian, a esa amputación que me requerían ¡Sólo uno! Estaba al final de la libreta escondido y rebelde. Lo dibujé sin que nadie me apremiara, sin que nadie me indujera, sin que nadie lo pautara. Era el único de toda la libreta que tenía los trazos, los contornos, los colores, las proporciones, queridos y precisos para mí. En él, me había dibujado a mí mismo, pilotando una antigua avioneta de guerra, de color gris y con una hélice roja; una avioneta que sobrevolaba un campo verde, salpicado de árboles y casas con techos a dos aguas, y en el que serpenteaba un río con peces naranjas; y por encima de mi, brillaba el sol en un cielo azul claro por el que se deslizaba una sola nube que parecía a rebufo de mi cola y pájaros dibujados de manera simple con dos arcos yuxtapuestos; y yo iba inmenso y sonriente en la cabina abierta de la avioneta con una bufanda rosa que se aireaba… Era mi dibujo, Marian, era mi único dibujo…

Y mientras repetía estas últimas palabras en una letanía opacada, se fue desanudando el lazo que contenía el albornoz. Marian se estremeció de horror al verle desnudo bajo la prenda desceñida. Entonces, con inusitado boato se desprendió por entero de ella, se encaramó al barandal e irguiéndose en una cruz perfecta se arrojó al vacío.

David Galán Parro

18 de enero de 2025

«Ver más vidrio» (*)

a Óscar

Yo tenía por entonces quince años y me disponía a cursar el segundo grado de secundaria en un instituto público comarcal. Al centro, llegaban alumnos de todas partes del municipio, de distintos pueblos cercanos, de manera que los grupos de estudiantes eran variopintos y de procedencia fácilmente reconocible. Eran años en los que la idiosincracia de los pueblos aislados, se dejaba entrever graciosamente en el modo de hablar y el carácter particular de cada cual.

En el aula me ponía en los puestos del fondo. Por esa parte se colocaban los gamberros haciendo de las suyas y los inadaptados evadiendo las explicaciones cada vez más difíciles. Los aventajados en cambio se ponían delante, más solícitos, garantizando las respuestas correctas a los profesores. Éramos unos treinta. Yo, aunque figuraba entre los inadaptados, no tenía un encaje claro en aquella categoría.

Atrás se sentaba Óscar, por el lado opuesto al mío, hacia las ventanas. Los pupitres se adosaban y te podía tocar cualquiera en el contiguo. Era una lotería. Por la razón que fuera, ni a Óscar ni a mí nos acompañaría nadie durante el curso, y sin embargo, no quisimos evitar ese hecho, poniéndonos juntos. Nos sabíamos mutuamente solitarios y presumíamos en el acercamiento mutuo una humillación. La huida de la soledad no podía ser el motivo de nuestro posible vínculo.

Óscar era uno de los repetidores. Espigado, huesudo, de tez morena y con un pelo lacio grasiento, caminaba con orgullosa desgana. Llevaba camisetas negras estampadas con vinilos de bandas heavy metal y tenía fama de tipo huraño y rebelde. Como yo, venía del pueblo de abajo, de la playa, y había estudiado la primaria en mi mismo colegio. Los pocos amigos que hizo en esa etapa se le apartaban pronto sin dar mucha explicación. Tampoco se le conocía novia alguna. Simplemente tenía un halo odioso para la mayoría. De vuelta del colegio, me lo solía encontrar apostado en la entrada de los recreativos, fumando, sospechosamente desocupado y sombrío. Lo saludaba cordial, más por miedo que por afecto. Yo tenía mi pandilla y no me planteaba trato alguno con él.

Una vez, me enteré que de niño había participado en el asalto nocturno al colegio con otros más que, disfrazados de mercenarios y con pasamontañas, habían puesto todo el mobiliario patas arriba. Nadie lo delató a la policía, ni siquiera Carmelo el Pícaro al que habían cogido por último, oculto dentro de uno de los bidones de la azotea, y que había largado todo. Eso me lleva ahora a pensar que pese a su fama, Óscar tenía que ser respetado por los que le rechazaban.

El segundo grado iba a ser un curso difícil para mí. Por cuestiones familiares, estaba inestable y los estudios comenzaron a resultarme un suplicio. Al principio, me esforcé en entender, pero como todo se me hizo cuesta arriba, un amargo sentimiento de frustración depuso pronto mi atención. Ante el mismo problema, Óscar fue más contundente, más pragmático: directamente se saltaba las clases. Se presentaba en la primera hora y luego desaparecía. Por lo que supe después, se iba por los alrededores del centro, solo, a fumar y dejar pasar las horas muertas. Sus ausencias preservaron nuestra antigua falta de comunicación en el pueblo, nuestra cordial distancia. Sin embargo poco a poco, en la contienda esquiva que nos teníamos, un mutuo afecto soterrado, una complicidad de marginados —de marginado veterano a novato y viceversa— fue creciendo hasta consolidarse. Creo que en esa época dejé atrás algo de mi inocencia de colegial.

Habíamos hecho de una canción de entonces, la sintonía de nuestra complicidad. La letra narraba la azarosa vida de un gitano, un tal Manuel Sánchez Sánchez, que de niño era un rapaz y de adulto, un delincuente de poca monta, inofensivo y alegre. Nos divertía cantarla en íntima consonancia, a espaldas del entendimiento de los demás, y en alusión a cierto malvivir que nos pronosticábamos inevitable de seguir sumidos en aquella desnortada situación.  Fue la primera vez que experimenté lo que era vivir resignado.

Los años me han hecho comprender que lo mío era un bache pasajero; lo de Óscar, otra cosa.

Un día, no sé si por navidad o fin de curso, los compañeros animados por el tutor acordaron regalarse mutuamente, en pareja. «El amigo invisible», se llamaba el juego. Por sorteo te tocaba alguien a quien tenías que regalar y para el cual permanecías en el anonimato. Yo tuve que regalarle a Marian, una de las chicas más estudiosas y a quién yo tenía endiosada —una camisa creo que le regalé—. A Óscar alguien le dio un feo llavero usado, una baratija, que tiró inmediatamente a la papelera delante de todos. Fue un momento incómodo. A mí me tocó un libro de cuentos poco voluminoso. No me entusiasmó. Una dedicatoria anónima en la solapa trasera, rezaba así: «¡Qué dedicatoria, ni qué coño! Si quieres que te digan cosas bonitas, que te las diga tu mamá ¡Que te den, Sánchez Sánchez» Me salió la risa tonta. Marian se me acercó y me dijo que un libro siempre era un buen regalo. Yo sentí, pese a mi admiración hacia ella, que decía una solemne frivolidad. A los pocos días, agarré el libro y comencé su lectura. No acabé ni el primer cuento. Me exasperaba el estilo del autor. No entendía a cuenta de qué se demoraba en una precisión descriptiva de los gestos mas insignificantes de los personajes; a cuenta de qué, en unos diálogos insulsos, aburridísimos, cotidianos; no entendía a cuenta de qué ese no pasar nada en aquella nada que en nada me incumbía. Lo crucifiqué y lo abandoné a la suerte del polvo de la biblioteca de mi padre.

Al año siguiente, yo había pasado al tercer grado. Las clases particulares que habían oscurecido mis vacaciones de verano, habían dado también en salvarme. Óscar, en cambio, había vuelto a repetir. O se había marchado, no recuerdo bien; el caso es que ya no andábamos cerca el uno del otro. Yo no esperaba una amistad de él y creo que él tampoco de mí. Éramos dos redomados indolentes para estas cosas. En verdad, ni siquiera echaba en falta nuestra complicidad de perdedores. En verdad nadie esperaba nada de él. Es lo que creo a día de hoy.

En el transcurso de ese u otro año —en esto se vuelve difuso todo— un amigo del pueblo me refirió la noticia que se propalaba de boca en boca: Óscar, el hijo del dueño del restaurante Las Salinas, se había suicidado. Su única hermana y su madre, lo habían encontrado ahorcado del gancho de la lámpara de techo de su dormitorio. Recuerdo, que la noticia no me impactó entonces. No le quise mentar a mi amigo mi relación con el suicida. Por una extraña huída de la memoria, no me vino a la mente ni siquiera el libro que años antes me había regalado. Simplemente me quedé frío. Estaba en otras cosas.

* * * * *

Han pasado treinta años y sí, he estado en otras cosas, hasta la mañana de hoy en que consigno estas palabras.

Acabo de terminar de leer una novela de largo aliento, de las que llaman novelas de aprendizaje. Salgo impactado del desarrollo psicológico de la protagonista, de su viaje de autorrealización, de su búsqueda de sí misma; salgo impactado porque presiento en su dechado lo que me fue sustraído de mi crecimiento personal en una época en que me extravié entregado a la voluntad de otros, entregado a una vida profesional alejada del despliegue intrínseco de mis necesidades y facultades primigenias. Quiero ser yo, reafirmarme y voy a contrarreloj. Siento que no hay otra opción posible o realista que la de ser esto que hago mas mal que bien, escribir. Dos años atrás constituyen mi calamitosa pista de despegue en este incierto vuelo que inicio. Las conexiones conmigo mismo, entre el que soy y el que fui, se están gestando ahora, a destiempo, azarosas, como pura magia, liberadas al fin de aquellas influencias que las impedían. En la oscura sala de la desmemoria, recordar se me presenta como un fenómeno que ilumina a fogonazos un cuadro entero, una lejana perspectiva de mi vida.  Voy cerrando círculos vitales de forma desaforada, atropelladamente. Este va a ser uno de esos círculos. No estoy preparado… No estoy preparado…

Agarro de nuevo aquel viejo libro de solapas cercanas, más para recomponerme de la novela que me ha confrontado conmigo mismo que por un especial interés. También sé que en general, en los relatos me encuentro próximo a mi pulsión vital, a mi irregular naturaleza, a mi dispersión incorregible. En esta elección ha querido mediar un triste azar. Pero aún no lo sé. En la solapa, releo la dedicatoria. La descubro esta vez falsamente desapegada, como renegando de un sentimiento de afecto espontáneo o de un reclamo urgente que quiere ser mitigado en vano. La impostura de Óscar, su aparente dureza, para rehuir la humillación. De un tirón, sin tomar aliento, el primer cuento que antaño había comenzado sin terminar se va desplegando ante mí. Avanzo en él, mientras presiento un desenlace: Una joven mujer en una habitación de hotel. Una madre aterrorizada al teléfono que le habla: «¿Estas bien, Muriel?» resuena una y otra vez deseperada «¿No trató de hacer el tonto con los árboles…? (mientras conducía)» Y Muriel deseando reencontrarse idealmente con su joven prometido atormentado, un veterano traumatizado por el horror inenarrable de la guerra, que en ese momento apura su última conversación en una playa cercana al hotel, en compañía de la comprensión infantil en la que se refugia; en compañía del acendrado enamoramiento de Sybil Carpenter. El joven regresa al hotel. Un presentimiento oscuro se va acercando mientras remato la lectura de ese primer cuento; un círculo se va cerrando, como ya dije, terrible e inexorable, iniciado por el azar de ese juego de clase, en que el anonimato era el estímulo, la baza lúdica, pero que escondía otro juego más brutal, más aterrador, el de las identidades atormentadas que envían desesperadas señales que nadie descifra, últimos gritos de auxilio que nadie escucha… Lo estoy viendo venir, es imparable. Ese final del cuento es al mismo tiempo, el atroz desenlace de mi cándida historia con Óscar, la definitiva explicación de todo, mi descubrimiento doloroso como la luz de un sol único, íntimo e intransferible, que solo a mi me arrasa los ojos…

«(Óscar) Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se descerrajó un tiro en la sien derecha.» (**)

Luego de hacer esto, Oscar me regaló el libro con la dedicatoria. 

¡Qué lejos y cerca a la vez podemos estar del devenir secreto de la vida!

David Galán Parro

3 de enero de 2025


(*) El título hace referencia al personaje suicida, Seymour Glass, del cuento de J.D. Salinger perteneciente a su libro, Nueve cuentos. Como se hace referencia en la nota primera de la traducción del libro a cargo de Elena Rius, en la edición de 1990 de la editorial Alianza, el nombre Seymour Glass es igualado fonéticamente a la expresión inglesa see more glass. Esta equiparación la hace en la narración el personaje infantil de Sybil Carpenter y representa el trato cariñoso que la niña le profesaba a Glass.

(**) Extracto literal del final del cuento «Un día perfecto para el pez plátano». La variante estriba simplemente en colocar como agente activo de la acción final al personaje Óscar, en vez de al personaje  Seymour Glass.