
No soy una persona que eche de menos especialmente a nadie que haya sido o sea mi amigo. Me dejo en esto llevar. Antes esta suerte de laxitud, de adormecimiento pasional se me antojaba una perversión, una atrofia, algo que vivía con culpa, y a la que no le faltaron los que, llamándose amigos, me la hicieron sentir como lo más detestable, traicionero, o monstruoso de mi naturaleza. A día de hoy, camino bastante más liberado respecto de esos limitados juicios de valor acerca de mi persona que tanto me torturaron. Ahora me veo y me acepto con una comprensión que jamás pensé que me aplicaría a mí mismo. Voy pletórico como un griego antiguo con una copa de vino en un banquete.
No hay nada más liberador que no sentirse en deuda con ningún sentimiento de otro hacia ti. El que sabe ser amigo entiende esto a la perfección, de manera que su vanidad, su pretenciosidad jamás te reclamará esto, y esto no será óbice para su justa entrega a ti. Él sabe qué puede y debe tomar de ti, y tú sabes qué puedes y debes tomar. Y lo que tomas de él va maridado con el resultado de lo que le das. No hay reproches, no hay traiciones. Hay unánime reciprocidad y comprensión. Todo aquel que espere de la amistad algo fuera de estos marcos, se frustrará irremediablemente.
El sentimiento de traición que uno siente en la amistad es un sentimiento culpabilizador que busca la causa del malestar fuera de uno, en el otro. Un malestar que no es más que una proyección de un ego vanidoso que no acepta el desajuste entre lo que esperabas del otro —cosa que pone uno— y lo que él otro te puede o quiere entregar.
Por suerte, como yo soy de esos que voy por la vida sin pretensión sentimental sobre otros, la pretensión ajena sobre mis sentimientos me resulta la cosa más molesto y estúpida del mundo.
David Galán Parro
26 de diciembre de 2024