Las palomas y los niños

Catedral de Las Palmas de Gran Canaria y Plaza Santa Ana

La catedral preside la plaza pródiga de espacio. Durante la noche, las palomas duermen en las cornisas y en los sucios recovecos de su fachada. El alba las despertará sigilosamente mientras despoja de sombras las hermosas formas de la piedra gris.

Es domingo por la mañana en la plaza y van llegando las familias. Estoy sentado en un banco leyendo. A veces levanto la mirada y recuerdo que quiero ser escritor cuando contemplo a los niños en bicicleta o en patines, o pateando sus pelotas, o hilando el aire bajo los capachos de los cochecitos y a los adultos entregados a las conversaciones jubilosas aliviados de su sacrificio semanal. El libro abierto en mi regazo en verdad me aparta de este paisaje humano que es más mío que de la voz que sostienen las páginas que leo ¿Por qué huyo entonces de mi mundo o me protejo de él por medio de este libro? ¿Acaso está él por encima de la irrepetible existencia de este momento mío con voz única también? ¿Acaso me da él la clave de mi vivencia inmediata? ¿Acaso me entrego rendido a la palabra de otro, por no poderme dar fe? Me revuelvo en preguntas trascendentales y nimias.

Mientras, van lloviendo palomas sobre los adoquines de la plaza. Ya desperezadas no esconden su voracidad obscena. Vienen a lo que vienen, aunque yo insista en atribuirles una dulce expresión poética al mirarlas. Un anciano, en otro banco, desmiga un mendrugo y lo reparte frente a si por ver el tumulto ansioso de las aves, sus picoteos efectivos, sus aspavientos y medrosos aleteos, su violencia necesaria. Quizás el espectáculo deja en el viejo un resabio febril y secreto que le hará llevadera la rutina.

Lo contemplo todo esa mañana y al día siguiente vuelvo a mi trabajo de maestro. Pronto será navidad y he llevado a mis alumnos gominolas, chicles y piruletas, tal como estipula para ese día la sorpresa del calendario de adviento que hemos creado cubriendo el mes de diciembre en curso. Es verlas en mis manos y rompen incontenibles en gritos de alegría. Se desbordan, se abalanzan, se agolpan, se dan codazos sibilinos en torno a mí. No distan de las palomas a las que colmaba el viejo.

Es entonces que me descubro decepcionado, estúpidamente idealista: «dedico esfuerzo a que sientan igual entusiasmo por mis cosas intelectuales, pero es en vano» pienso. 

Y sin embargo lo sé: la naturaleza tiene sus fuerzas indómitas, su libertad primigenia, y por eso los niños se disfrutan realmente cuando no figuran en nuestros símbolos particulares, cuando no admiten que hagamos falsa y vacía poesía con ellos.

11 de diciembre de 2024

David Galán Parro

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