
No seas fraudulento contigo mismo:
dale a tu palabra lo que puedas y quieras darle
y no te importe quien juzgue su peso,
mientras su peso no te sea a ti fraudulento.
No le restes materia, no le sumes vacío;
amasa y compacta bien
aquello de lo que esté hecha,
y que salga de ti
con el aspecto que le imprima tu naturaleza más genuina.
A los moralistas —jueces y carceleros—,
haz que la teman con tan sólo imaginar
que reviente por sus junturas.
No contengas su posible desborde,
desagradable para sus ojos inquisidores.
No es asunto tuyo su desasosiego…
¡Que se aferren a sus viejos mitos creados cual náufragos a un pecio
y que te llamen loco fracasado, si eso les tranquiliza!
A fin de cuentas, siempre es más útil una conciencia tranquila.
Tú bien lo sabes, que nunca la tuviste…
Antaño, bajo el yugo moral,
eras como un niño deforme
parido de un vientre materno envenenado.
«Monstruo inútil» te decían, ellos, los envenenadores.
Y ese nombre aceptaste para perdonarte
las mezquindades que te atribuían
cuando en verdad renegabas de tus humanas limitaciones.
Así caminaste, pensando con una justicia de otros.
Así tuvo que ser para ti.
Así. Puerta clausurada.
Hoy, en mitad de tu convalecencia,
un balbuceo errático perfila
la denuncia futura e incontestable
del dolor que te legaron
de un dolor que siempre te será próximo y lejano,
¡Convive y construye con él! ¡Úsalo en tu provecho!
Y aunque a veces mezcles distancias,
y por ello te hagas daño,
no permitas que nadie te diga
qué corresponde acercar o alejar de tu centro genuino:
tuya es, esa legítima denuncia, en forma y fondo.
A ellos, moralistas, victimarios,
que restablecieron un orden con el que borrar tu insurgencia
a ellos, que se erigieron como jueces y carceleros,
asusta y ofende por igual todo lo que seas y digas ahora,
pues tu persona y tu palabra buscan
abarcar y nivelarlo todo,
dar a cada cosa su natural lugar,
y por eso, por dar el natural lugar
que consideras merece todo aquello que sojuzga,
te verán aberrante,
se sentirán desautorizados,
te despreciarán
con el odio de su odio
y el miedo de su miedo
para siempre enquistados.
En pies y mochila ligeros,
ahora va tu palabra
—no te lo perdonarán jamás—,
haciéndose propia a sí
haciéndose una humildad orgullosa,
un sí y un no, látigo y alivio, coexistiendo en lucha,
un juicio sumario que sin pretenderlo, les retorna inevitable,
una venganza —pensarán— con rostro de confuso poema.
Destilado de pies a cabeza,
dueño de todas y cada una de tus células nerviosas,
ley natural consciente de sí,
expulsarás al fin con tu palabra,
muy lejos de ti,
las verdades morales absolutas
cíclicamente reinventadas
para juzgar, someter y encarcelar.
10 de diciembre de 2024
David Galán Parro
Muy bueno, mucho. 👌
Gracias por publicar 🙏
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Muchas gracias a ti por leer y me alegro que te haya gustado este, para el cual tuve dudas de publicarlo.
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