Los bombones mágicos (*)

Lo juro. Lo que voy a contar me pasó de niña y es real como la vida misma.

Mamá estaba contenta ese día. Había venido su hermano, mi tío Felipe. Mi tío era un viajero empedernido. Le encantaba viajar y solía traernos pequeños regalos de los países lejanos que visitaba. Aquella vez, Felipe había viajado a Suiza, un país lleno de montañas y bosques en el que, por lo visto, hacen muy buen chocolate, y me había traído una caja de bombones.

—Rebeca, aquí tienes los mejores bombones del mundo. Se los compré a una misteriosa anciana que tenía una casita en mitad de un bosque. Te los mereces: papá y mamá me han dicho que has estudiado bastante ¿No es verdad?

—Sí —asentí orgullosa.

—Pues bien: estos bombones tienen algo especial…

—¿El qué?

—Todos ellos tienen un mismo envoltorio y por sus envoltorios parecen iguales. No sabes cuál te va a tocar, ni qué sabor te espera. De entre todos, hay uno, solo uno, de chocolate blanco. La anciana me dijo que el blanco era el llamado Bombón del Día de la Buena Suerte y me dijo que le tocaría al niño que se portara de manera mas justa y comprensiva con los demás.

Yo me alegré: de todos los tipos de bombones, el de chocolate blanco era mi preferido.

—Pero no sabrás cuál de ellos es —siguió diciendo Felipe—, hasta que no empieces a comértelos.

Entonces papá, que estaba escuchando, le interrumpió con tono aleccionador:

—A ver, Felipe. Son muchos bombones para la niña, demasiado azúcar, una «bomba de glucosa». No olvides que tenemos diabéticos en la familia.

Como siempre, papá se preocupaba por que mi alimentación fuera sana. Se preocupaba hasta lo cansino.

—Sí —replicó mamá—, pero la niña puede compartir los bombones en el colegio con sus compañeros y no comerlos todos.

—¡Buena idea! —exclamó Felipe.

Sin embargo, la idea no me gustó nada. Los bombones me encantaban ¿Y si al repartirlos le tocaba el Bombón del Día de la Buena Suerte a alguno de mis compañeros? ¿Y si encima le tocaba a Pedro? No era justo. El regalo me lo habían hecho a mí. Pensé en una buena excusa para salirme con la mía y dije:

—Pero mamá, mis compañeros reparten golosinas el día de su cumpleaños y mañana no será mi cumpleaños.

—No importa, Rebeca. Los regalos no tienen que esperar por ninguna fecha. Se reciben mejor cuando nadie los espera y son una sorpresa. 

Abrí la caja. Eran veinticuatro bombones, todos con el mismo envoltorio. No podía anticipar algo de sus sabores, ni cuál era el de chocolate blanco. ¡Cómo me fastidiaba pensar que debía compartirlos! ¡Y sobre todo con Pedro!

* * * * *

Llevé la caja escondida en la maleta. No quería enseñarla hasta que no me decidiera a compartir los bombones. Cuando las tres primeras horas de la mañana pasaron, la sirena sonó y todos mis compañeros salieron al patio. Yo, con el permiso de la profesora, me quedé sola en el aula. Estaba indecisa. Compartir, no compartir. De repente, unas extrañas vocecitas empezaron a escucharse. Salían del fondo de mi maleta. Me pareció que estaba soñando.

—¡Queremos niños! ¡Queremos niños! ¡Queremos niños! —jaleaban delicadamente.

Abrí la maleta y no tuve duda. Eran los bombones que hablaban y discutían entre ellos.

—¡Compañeros! ¡Silencio! ¡Sileeeeencio!—se oyó un bombón imponiéndose a los demás— No se impacienten. Aún no sabemos si nos compartirá —hablaban de mí— Quizás al final de las clases se decida a hacerlo.

—Eso dices tú, siempre tan optimista a diferencia de nosotros —protestó otro—; pero yo no entiendo porque aún no nos ha sacado de aquí. Hace mucho calor y me estoy derritiendo. Voy a parecer un bombón viejo con tantas arrugas.

—Sí, es verdad—intervino otro— Cuando nos vayan a comer estaremos horriblemente derretidos y tendremos unas pintas feísimas ¿Quién quiere comer bombones derretidos? ¡Nadie!

—Sí, es verdad —soltó otro, con voz fina— ¿Para esto hemos venido desde Suiza? Somos bombones suizos. Tenemos una buena categoría, una alta calidad. Esto es indignante, humillante.

—Esta niña es egoísta y caprichosa —intervino otro.

—Tranquilos, compañeros, ella cambiará de idea y nos repartirá —sentenció el bombón optimista.

Pero la mayoría refunfuñó sin convencerse de sus palabras.

* * * * *

Ese día, volví nerviosa a casa con los bombones dentro de la maleta. Mamá me preguntó si habían gustado a los compañeros. Yo le respondí que sí, fingiendo tranquilidad. Mi plan era esconderlos en mi cuarto y empezar a comérmelos todos, uno o dos al día, sin que nadie me viera. 


Pero entonces, ciertos hechos inesperados esa tarde, me hicieron desistir del plan. Primero, papá regresó del trabajo diciendo que se le había estropeado el coche; luego, mi hermana recién nacida se echó a llorar sin que papá y mamá pudieran calmarla, lo que hizo que se pusieran a discutir sin parar; además, la tarea que había mandado la profesora me resultó súper difícil y yo no quería pedir ayuda a mis padres tal como estaban. Ya me imaginaba el enfado de la profesora al día siguiente viéndome sin la tarea hecha. Toda la situación era muy extraña: demasiada mala suerte junta en una sola tarde. Nunca me había sucedido. Entonces oí a los bombones reírse triunfantes dentro de la caja.

—¡Se lo tiene bien merecido! —se decían unos a otros— Es una niña demasiado egoísta y además es un poco mentirosa.

Entonces entendí el porqué de la mala suerte. Aquellos bombones tenían el poder de crear problemas si yo no actuaba de manera correcta ¿Quién sería en verdad aquella misteriosa anciana a la que mi tío le había comprado los bombones? «No he hecho bien —pensé—. Tengo que cambiar»

 * * * * *

Al día siguiente, llevé de nuevo los bombones escondidos en la maleta, pero esta vez al llegar la hora del recreo me acerqué a la profesora y le dije que quería dar una sorpresa a mis compañeros. Me sonrío.

—¡Qué bien, Rebeca! Veo que estás cambiando a mejor. Repártelos afuera.

En el patio, abrí la caja y ofrecí los bombones, aún algo remisa. Mis compañeros se acercaron sorprendidos y eufóricos. Los bombones eran también de sus golosinas preferidas. Cada uno cogía su bombón, me daba las gracias y se alejaba. Yo observaba cuando lo desenvolvían para comprobar que ninguno se llevaba el de chocolate blanco.

Entonces, en mitad del reparto, se me ocurrió esconder uno de los bombones. Se trataba del que le tocaba a Pedro, el compañero abusador y burlón al que nadie quería. Cuando se acercó a coger en último lugar —yo hice que así fuera—, quedaba un solo bombón y a nadie le había tocado el del Día de la Buena Suerte.

—Lo siento, Pedro — le dije y aparté rápidamente la caja, manteniendo bien oculto el suyo, el que antes había quitado—.  Éste que ves es mío. No hay ninguno para ti.

Pedro me miró sin poder creer lo que oía. En su cara se iba asomando la tristeza. Pensé: «Tengo el suyo y el mío. Uno de los dos es el de la Buena Suerte. Si no le doy ninguno, me toca» Yo deseaba tanto comérmelo que insistí en mi mentira:

—Lo siento, Pedro —repetí haciéndome la compungida—, pero se me gastaron.

Los ojos se le aguaron de repente. Contenía las lágrimas, quería parecer fuerte —solía hacerlo así cuando le pillaban en alguna de las suyas y no quería reconocer la falta—, pero al final, no pudo más y rompió a llorar amargamente.

—¿Por qué? —gritó entre sollozos, con la cara bañada en lágrimas— ¿Qué he hecho ahora? Nadie me quiere. No siempre me porto mal. Me echan la culpa siempre de todo. No soy un niño malo.

Entonces, comprendí que yo estaba siendo cruel y que en verdad, Pedro, ni nadie, se merecía que le hicieran eso. Los bombones tenían bastante razón: muchas veces yo había sido egoísta y mentirosa, y sin embargo, ni mis padres, ni la profesora, ni mi tío, me habían hecho sentir mal por ello. Yo era muy pequeña entonces y no podía darme cuenta de que en esto, mis mayores sabían bien lo que hacían.

—Perdóname, Pedro. Aquí está tu bombón —y saqué el suyo de mi bolsillo.

Cabizbajo, puso su mano y se lo di. Luego levantó la cara. 

—Gracias, Rebe —dijo más tranquilo. Y sonrió.

Al verle así, no me importó que pudiera llevarse el que yo más quería, el de La Buena Suerte. Era la primera vez que me sentía bien conmigo misma haciendo feliz a otro. 

Entonces Pedro desenvolvió su bombón y uno de chocolate negro apareció. El que yo mas deseaba estaba entre mis manos esperando a que le quitara su envoltorio y me lo comiera.

La vendedora del bosque, la misteriosa anciana, no se había equivocado en su vaticinio.

David Galán Parro

3 de diciembre de 2024 

(*) a mis alumnas y alumnos de ocho años: Reichel, Alba, Fiorella, Acaymo, Ágora, Neiza, Agoney, Leo, Alejandra, Paola, Yanely y Yuleidy.

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