
Muchas veces en mi niñez, tuve en mis manos el frágil aleteo contenido de un pájaro atemorizado en su vano intento de ser libre, de zafarse de mi fuerza más poderosa que la suya ¡Qué delicado se me hacía ahí, por mis manos atrapado!
Entonces aquel temblor de huesecillos bajo las plumas resonaba en mi pecho de niño, como si mi propio corazón no fuera otra cosa sino un pájaro igual a él; un pájaro que procuraba aliviarle con ternura su miedo de pájaro.
Yo, aquel niño, pedazo de vida cobijando a otro pedazo, pretendía ilusionado y sin saberlo la eternidad de ese instante efímero y por eso me demoraba en él.
Así te siento hoy, mi amada, cuando te dejas abrazar por la espalda y con el gesto me regalas generosa esa vulnerabilidad de pequeño pájaro de mis días de infancia.
Solo que ahora en nuestro temblor compartido no hay un miedo de pájaro preso.
David Galán Parro
28 de noviembre de 2024