La promesa que te salva

Cuando te succionan la vida, destruyendo la posibilidad de descubrir tu identidad, de descubrir tu fuerza, alejándote de tu centro, de tu libertad, injurias a los que lo hicieron. Te permites ese vano alivio, queriendo precipitar lo que sólo reparan las nuevas acciones, las nuevas personas, los nuevos horizontes.

No obstante, el daño que te han hecho es fuerte y arrastra. Su alcance lo calibras en su justa medida cuando has recuperado algo de esa libertad y dignidad succionadas. Es en los momentos mas bajos, acaso los mas lúcidos, los que hablan mejor de tu verdadera salud, los que te recuerdan con su dolor, lo que realmente fue aquella vida pasada idealizada, en la que te creíste protegido por otros a cambio de nada.

Esos momentos bajos son hijos de la libertad y la dignidad de ahora. Ellas te remiten a ese dolor, te reprochan tus cobardías pasadas, tu indefensión, tu debilidad de entonces que quisiste enmascarar con una falsa bondad y permisividad que fue la hendidura por la que se coló la succión de tus fuerzas entregadas por obligación moral a los que te protegían. 

Duele esta certeza clara ahora como la luz del sol y se mezcla con la rabia de quien ahora sí tiene la piel hecha para sentir su quemazón. La piel de antes fue algo que soportó tanto lo que le quemaba que se quedó muerta en vida, una costra negra en la que ya nada se filtraba. 

Ahora lo sabes y por eso, de repente, algo te es revelado con la fuerza de un rayo, algo que ves con la sabia perspectiva del tiempo; algo que descubres que nadie pudo destruir, algo que se mantiene en pie, pese al dolor; algo que te conmueve: entre las ruinas de ese tiempo de destrucción soterrada de ti mismo, vislumbras la silueta lejana de un niño que te mira silencioso, vislumbras su inocencia, su pureza, su hermosura, su fuerza de niño.

Y desde ese paisaje devastado, el niño con su poderosa mirada te dice: «No te rindas. No te rindas, jamás. Yo nací para que te hicieras cargo de mí; pase lo que pase» y le deberás cada gota de la fuerza que te resta de vida.

Tienes cuarenta y ocho años en ese momento íntimo y estás llorando de felicidad y de amor hacia ti mismo.

Los que te han succionado hasta la extenuación han saltado ya de tu vida y vuelan hacia otras. Su ciclo parasitario no descansará nunca. Son gracias a otros. A la ayuda abnegada que creen y dicen dar a otros. Bien lo sabes, ahora. Ya no te engañas. Al menos has llegado a la etapa de poderlo decir sin sentir rubor, sin sentir culpa, sin sentirte traidor, ni egoísta, ni indigno. Pronúncialo, grítalo aunque se te raje la garganta: ¡Yo, la víctima! Y aprende que en esta certeza que declaras no hay remisión, no hay salvación, no hay injusticia moral.  Es así y así ha de quedarse: intransferible y dura, como la losa que nos aplasta en el camposanto.

Pero no te confundas: estás encadenado aún a la promesa que le hiciste al hermoso niño que te mira mas allá de los años que se allegaron con irremediable torpeza hasta ti.

David Galán Parro

12 de noviembre de 2024

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