
1
Mamá acababa de morir y debíamos ocuparnos de papá con el poco ánimo que nos quedaba. Mi hermano que vivía a sus cuarenta con él, solterón y parado, le cocinaría, le resolvería la limpieza doméstica y lo acompañaría en sus salidas por el pueblo; yo que estaba recién separada del padre de mi hija y por eso disponía de más tiempo, iría a visitarles por las tardes después del trabajo. Tenía pensado en principio ir sin la niña, pues no quería meterla en aquel triste ambiente de luto mientras no pasara lo mas duro. Pero para mi sorpresa, fue mi hija quien torció el plan al pedirme estar junto a su abuelo.
En los primeros días, papá anduvo taciturno. Comía poco, no quería salir y ponía cara de poca gana a todo. Temí que se le avecinara una depresión y quedara definitivamente así. Pero con mi hija todo cambió. Su presencia y sus juegos fueron animándolo y al cabo de un mes, el viejo recuperó el apetito, su locuacidad acostumbrada y sus ganas de callejear.
Por naturaleza mi padre fue siempre un hombre alegre, para el que la tristeza constituía una fiebre pasajera, algo que venía y se iba sin mucho asunto. Quizás el trabajo físico en su finca de plataneras, bajo el sol radiante y el aire fresco, había hecho de él una suerte de terco optimista, de hombre que espantaba la melancolía. Por eso nunca le oí hablar con derrota; ni siquiera en medio de la tristeza del luto aquel.
A día de hoy me sigo preguntando muchas cosas…
Como la mayoría de las relaciones de antes, de hombres y mujeres de poca palabra y mucho callo, la de mis padres no se explica con los cánones actuales —el amor, sin duda, se ha complicado mucho— y por ello, me deja siempre el mismo interrogante: ¿Qué cosas la mantuvieron casi intacta? Tal vez lo pregunte con el sesgo idealizado de quien no quiere repetir ciertos egoísmos o limitaciones heredados que socavan el amor incondicional. Pero pronto me desengaño: mis padres fueron siempre la noche y el día bajo un mismo techo. Frente a esto, no puedo sino escarbar en los temperamentos, repasar las anécdotas de siempre, chocar de nuevo contra ciertas evidencias, si quiero hallar respuestas.
2
Para empezar mi madre era una mujer de armas tomar, un verdadero látigo, un órdago a la paciencia humana, alguien que pensaba en ella, luego en ella y al final también en ella; mi padre, en cambio, era su némesis involuntaria. La mujer se enervaba. «¡Con hombre más bobo no pude casarme! ¡Cualquiera se la pega!» solía decir antes de recriminarle un dinero prestado, un pago fiado, una mercancía malvendida. A papá le perdía su generosidad incorregible; pero a mamá, el mando que se atribuía en virtud del celo y la eficacia con que administraba la casa y el dinero que papá ganaba con lo recogido en la finca. Por aquel mérito incuestionable a sus espaldas, la vieja vindicaba entonces su autoridad en otros asuntos de la familia. «¡Ay, si yo no estuviera… !» repetía a menudo.
Una vez, por la tarde al volver del instituto —tendría yo los dieciséis—encontré a mamá preparándose nerviosa para salir. No parecía arreglada para ir al centro del pueblo.
—Voy a la finca. Tu padre se ha dejado aquí la comida para los perros.
La finca se encontraba a casi una hora a pie. Si mamá consideraba una soberana pérdida de tiempo recorrer tal trayecto y más por un despiste que bien sabía podía resolver papá pidiendo el favor a un propietario cercano ¿a qué iba allí? Todo era muy extraño. Empecé a inquietarme. Un desagradable presentimiento se definía dentro de mí: «¿No irá a comprobar algo con sus propios ojos…?» Con el corazón en un puño, la esperé sintiendo la casa a cada minuto más estrecha y desolada «Papá nunca lo haría» me dije en un intento de tranquilizarme. Pero ¿quién podía adivinar lo que andaba por su cabeza? ¿Acaso no circulaban por el pueblo las más inverosímiles traiciones amorosas? Unas tres o cuatro horas después, mamá reapareció por la puerta, sola y con un cabreo monumental, echando pestes del viejo. Estaba tan cabreada que yo le era invisible.
—Pero ¿cómo se atreve el muy…? ¡Y sin decirme nada! ¡A mí, que me desvivo por él, que le resuelvo todo, que le hago y le llevo las cosas como a un niño chico,…!
—¡Madre! ¡madre!… —le supliqué al fin descompuesta.
—¿Qué? —y al fin me vio.
—¿Qué ha pasado?
—¿Qué? —repitió como si tuviera que conocer el motivo de su enojo—. Pues que el muy mentecato tiene unas gallinas ponedoras allá y no me lo había dicho ¿Te parece bonito? Él creía que no iba sospechar nada, como si una no viera los restos de plumas que traía últimamente pegados a la ropa de faena…
Entonces mi hermano que pasaba por allí sin ser visto, dijo con su habitual desenfado:
—Pero má… Deja que haga esas cosas el hombre. Necesita distraerse un poco… Ni que fuera a arruinarse por invertir en unas gallinas…
—¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cáaaallaaaaateeeee! ¡Qué sabrás tú! ¡Y a ver si te pones a trabajar de una vez y nos ayudas en algo, gandul! Entre tu padre y tú… ¡Vaya dos!… ¡No me sirven sus cabezas ni para el caldo pescao!
Mi hermano me miró con resignación, se encogió de hombros como diciendo «es lo que hay, Ania, no insistas» y salió por la puerta tranquilamente hacia la calle.
Durante unas semanas, mamá siguió enfurruñada a la vez que comprobaba para su derrota, cómo día tras día y al golpito a papá le iban rentando las aves. Fue de las pocas veces que la vi enmudecer ante una iniciativa del viejo y no sabría decir si por orgullo herido o por conformidad inconfesa.
De todos modos aquella anécdota no le iba a hacer virar su carácter. Espinosa como un cardo, no se achantó en su control de todo. Ante un retraso de papá de la finca, gruñía: «¿Dónde se habrá metido ese hombre? Seguro que Juan le andará llorando y él le dirá que sí» y ante un adelanto, soltaba: «¿Ya por aquí? ¿Recogiste todo, descabezado?» y tras uno u otro, estampaba en la mesa algo de dinero: «Y no lo malgastes, deja algo para mañana». Entonces el viejo se ponía como niño contento en camino a su ronda de café y charla por el pueblo. Era su cándida manera, a la vez, que nuestra suerte: a papá no le arrastraba la bebida, ni las calamitosas apuestas, ni tirarle los tejos a otras mujeres, como descubrí aquel día —cosa que en verdad podía hacer pues aún era bien parecido—. Estas raras cualidades para la época, por raras, también eran celadas a la vista de otras cónyuges. Pero tal privilegio, mamá no podía agradecerlo en su justa medida.
No obstante ahora, con la madurez que me dan los años, veo en aquella tensa cuerda de mi madre, una sinceridad de mujer fuertemente enamorada, y acaso también un miedo íntimo a perder al hombre único y alegre que le quería con locura…
Tensa cuerda que no sólo apretó a mi padre, sino también a mi hermano y a mí en lo que a educación se refería…
Un plato en la mesa, ropa de mercadillo, techo sin goteras y material escolar, no mucho más, era lo que defendía mamá como indispensable. Los juegos con los hijos le parecían superfluos y que éstos se soltaran a leer y a escribir ¿quién dijo que era meritorio? Simplemente tenía que suceder, estar ahí, sin mas; mamá no iba a disertar acerca de la rectitud, el esfuerzo, la entrega en la vida: no iba a disertar sobre lo obvio. Los consejos morales no debían repartirse a nadie, sobraban, según su visión práctica y tal vez porque una vaga sospecha la hacía enemiga de darlos: aconsejar a otros era recibirlos sin pedirlos. Y mi madre no estaba para consejos de nadie: le agotaban, le desperdiciaban el tiempo, le dilapidaban su economía psíquica. El mundo o era a su medida o no era nada. No iba a hacer lo que otros le dijeran y menos viniendo de nadie. Y como todos eran nadie en ese sentido, porque, según ella, todos se desautorizaban solos, el mundo se convertía en ese lugar donde pululan por doquier los malos bichos. «Fíate y te sacarán los ojos», era su principal lema.
Dos breves anécdotas me recuerdan su desconfianza hacia todos.
En la primera, mi hermano se quería deshacer de varios electrodomésticos inservibles que se acumulaban sin tino en la casa. Mamá se resistía de modo que hubo agarrada:
—Te los llevo al punto limpio, má… Tienes que tirarlos. Compraremos unos nuevos. Así no puedes seguir. Vas a padecer el síndrome de Diógenes y …
—¿El qué?
—El síndrome de Diógenes…
—¿De qué tontería hablas, Luis? Llévatelos, anda, y déjame en paz… pero espera… Coge una tijera, coge una tijera…—apremió como asaltada por una intuición repentina.
—¿Una tijera? ¿Para qué?
—Para cortar los cables que dan a la corriente. Nunca se sabe quién se puede quedar con los aparatos…
En la otra, fui yo quien tuve el encontronazo:
—Mamá, me vendría bien cambiar de móvil, ¿podrías dejarme uno de los tuyos?—. Era la época en que los teléfonos móviles se habían hecho habituales en nuestras vidas y mamá, que no paraba de aceptar las agresivas ofertas de las compañías de telefonía, había inundado la casa de ellos. Estaban por todos los rincones, junto a los fijos de los que tampoco se deshacía. Era una locura.
—No, no —me respondió sin dudar.
—Pero mamá, si no les das uso ¿para qué los quieres? ¿Qué más te da? Te lo cambio por el que tengo. No vas a perder nada…
—¿Por uno tan antiguo? ¿Me ves cara de boba? —Y antiguo era.
Pero la historia que mejor hablaba de su natural recelo hacia todo el mundo, era la del pleito que se tenía con mi tía Mela, unos años mayor que ella.
El pique venía de viejo. No se llamaban nunca, ni se hablaban pero sabían buscarse. Mamá y mi tía tenían esa conexión venenosa que sólo dos mujeres de mucho carácter y orgullo pueden sufrir bien aunque ello lleve a los demás al mismísimo infierno. «Quien antes muera que no informe a la otra» nos decía mamá a cada dos por tres. Y no lo decía en broma. Un día mi tía descubrió desde dónde aguijonear a mamá. El matinal de la radio local se abría entre semana a los vecinos y les daba voz en directo. La inquina soterrada de ambas se desenterró allí y se oreaba impúdica. Fue por un largo tiempo, el frente de hostilidades. Mi tía presumía de los logros académicos de sus nietas, de sus adquisiciones inmobiliarias, de sus posiciones laborales cada vez más ventajosas, de la buena marcha de los negocios de su Juan, mi tío. «Presume de nietas porque sus hijas no han llegado a nada por ellas mismas» criticaba mamá satisfecha mientras escuchaba la voz aguda de mi tía en directo. Y mamá lo decía porque yo era la única universitaria entre mis primos, el bastión de su orgullo. Luego durante la tarde, la veía pensativa, preparando su artillería, calibrando la respuesta con la que meternos a todos en el embolado radiofónico de la mañana siguiente. El pueblo comenzó entonces a saber de mí, más de lo razonable y eso me tenía en vilo. Un novio, la buena marcha de mis estudios, mi casamiento, un trabajo nuevo y mi promoción en él, su nieta, incluso mi separación, fueron en ese orden algunas noticias en el pueblo gracias a mamá. Yo le reprendía.
—Pero ¿qué más te da? —me soltaba ofendida— ¿A quién le va interesar tu vida que no sea a la engreída de tu tía? —y parecía que la ofensa era que yo dudara de su control de la situación. Todo lo justificaba por razón de aquella inquina, nunca aclarada, y por desarbolar sistemáticamente a la parte enemiga. Yo no esperaba ni unas mínimas disculpas, claro.
Por eso, porque aquella inquina era como era, cuando mamá enfermó y hubo que ingresarla, lo que sucedió en el hospital nos dejó a todos perplejos: en su delirio, bajo los efectos de los analgésicos que la embotaban, mamá llamaba a mi tía para que acudiera a su cama haciendo emerger de improviso a la niña que necesitaba a su hermana Mela y con la que se sentía protegida de sus más poderosos miedos nocturnos. Era cómico y tierno verla así, vuelta como un calcetín y con la guardia baja. Ya pasado el bache y en casa, le estuvimos aguijoneando un tiempo con el que fue su lamentable estado. Ella se reía con la broma al principio, pero a los pocos días volvió al redil de su duro carácter y nos mandaba callar.
Por fin, un mes antes de morir, lo que tenía que suceder, sucedió: una tarde, sin que nadie lo previera, sonó el teléfono. Era tía Mela. La conversación fue inusitadamente cordial y no duró más de quince minutos. Mamá no nos refirió con claridad su contenido, tal vez porque en ella capitulaban ambas con unánime vergüenza sin explicitarlo. Sea como fuere, el pleito quedó sellado y debió traer —quien sabe— el mutuo alivio que se negaban. Era la despedida.
3
Mi madre fue una mujer inmensa que apuntaló hasta el fin su egoísmo, su fortaleza —yo quiero para mi hija y para mí, ese dechado—; y aunque a día de hoy pienso en esto, convencida de que así lo hizo para protegerse de un mundo que se le antojaba hostil, de un tiempo para acá, una vaga corazonada insiste en mí a la luz de ciertos conocimientos modernos que me hacen concebirla fuera de cualquier regla de su época: ¿Por qué mamá tenía esa incapacidad, diríase «de fábrica», que le impedía colocarse en zapatos ajenos, que le negaba la resonancia de padecimientos no suyos, que le hacía ciega al impacto emocional de sus decisiones en los otros? ¿No sería una tara congénita no diagnosticada la que operaba para su tranquilidad, para su fuerza y su convencimiento? ¿Una tara a la que nos habíamos resignado y que sobrellevábamos cómo buenamente podíamos? ¿Una tara que nos abrazaba con lógica natural y nos salvaguardaba a la vez de egoísmos ajenos?… Por esa posible tara ¿quién fue en verdad mamá?
La fortaleza que nos dejó, yo la iba a descubrir poco a poco en su herencia de sangre, en el latido de su prole de segundo orden…
Había pasado por lo menos una semana de su muerte y yo me resistía aún a comunicarle a mi hija la noticia. No sabía ni cómo ni cuándo empezar. Siempre tenía alguna falsa razón con la que tachar de traumático el momento e intentaba no urgirme viendo en ella su falta de sospecha. O al menos eso creía. Una mañana, a la desesperada, me armé de valor y me planté al fin en su cuarto. Debí entrar con el rostro desencajado. Como de costumbre estaba reconcentrada en su tablet, distraída. No me miraba «Le afectará menos» pensé. Balbuceé primero, luego opté por mis rodeos acostumbrados y conseguí decir en un remedo de voz «Julia, debo darte una mala noticia que espero sepas llevar, cariño…» pero no pude continuar: me miró de pronto y abriendo los ojos y la boca con candorosa sorpresa, me preguntó confirmando:
—¡¿Se murió abuela?!
Desde hacía días lo intuía y lo había aceptado. Me eché a llorar. Unas palabras de consuelo brotaron pausadas de su boca y me sorprendió encontrar en ellas una suerte de comprensión adulta. Fue la primera vez que reconocí en Julia la entereza que siempre sobrepasaría su edad biológica —tenía nueve años—; y fue también entonces, cuando me pidió pasar aquellas hermosas tardes de luto junto al hombre que a su idealizada manera, nunca dejó de estar enamorado de su abuela.
David Galán Parro
9 de noviembre de 2024
«…no puedo sino escarbar en los temperamentos, repasar las anécdotas de siempre, chocar de nuevo contra ciertas evidencias, si quiero hallar respuestas…»
Hermoso relato. Gracias 🙏👌
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Muchísimas gracias Antonio!
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