Sobre «Las deudas del cuerpo» de Elena Ferrante.

Tengo ante mí, la tercera entrega de la saga Dos amigas titulada Las deudas del cuerpo. He salido, como en las entregas anteriores, convulsionado. Leer a Ferrante es asomarte al discurrir de la vida sin atenciones, ni juicios morales sobre ella ¡Cómo rehuyen sus páginas cualquier prurito ideológico o moral! Estoy ante una vida que transcurre en paralelo a la que habito y aprendo a que cómo esta, aquella no se presta al juicio moral absoluto, castrante, espurio.

Uno debe salir en su propia vida de todo lo que lo constriñe y lo inválida. Uno no debe abandonarse a lealtades, compromisos, objetivos, ideales, ajenos, y por ello falsos. Se te echarán encima los infames moralistas, los muertos en vida; todos, ellos carceleros de tu libertad conquistada. Sólo es verdad aquello que sientes y crees para ti necesario, y hacia allí te mueves. Y cómo aquello que sientes y crees necesario es cambiante, la verdad para ti cambia. Esto lo sabe y lo deja claro Elena Ferrante a lo largo de la saga. Sólo a alguien mínimamente sanado le penetra hasta la médula este mensaje.

La aún estrecha mente que tengo, heredada de relaciones que la sometieron a un idealismo limitante, a un autoritarismo moral, se confronta a las últimas páginas del libro en absoluto desconcierto. Le reclama ejemplaridad moral a Elena Greco, Lenù, personaje protagonista, a la que he acompañado desde los inicios de la saga. Pero Elena se ha desgarrado y se ha revelado en su más descarnada necesidad: la de sentirse libre. Ha estudiado, ha trabajado, ha esperado el amor, se ha implicado en las luchas sociales, hace aquello para lo que se preparó, tiene dos hijas, un matrimonio, en suma, ha sido el éxito  esperado, y no obstante, al final de esa tercera entrega la vemos como una mujer insatisfecha, extraviada de sí misma, en estado deplorable. Me veo en sus carnes. Fui eso un día. Pero de repente, percibo en mí el consentimiento hipócrita del lector inmerso en una vida como la que ella me ha presentado, desapasionada y llena de contradicciones, -raro es el lector asiduo que no la tenga; Cervantes la entrevió en Quijano y le sirvió como punto de partida de su locura- Entonces, me siento comprometido, interpelado, casi culpable, a la vez que me revuelvo en su contra como un infame moralista más, cuando la veo conseguir el amor del hombre al que siempre amó a costa de la destrucción de su matrimonio, del sufrimiento de sus hijas, de su posición social, de su exitoso futuro profesional ¡Cómo me duele su renuncia, su fuga, su libertad, su poderoso egoísmo! Siento el dolor del marido que abandona y su terror a la soledad, al desamor, a todo hecho que ponga al descubierto, como dijera Hermann Broch, al hombre acomplejado, al impotente, al no-hombre. Siento la carencia de valentía que se pega a tantas decisiones importantes pospuestas a lo largo de la vida.

El libro nos interpela a todos, nos desenmascara. Brinda por la libertad de la mujer. Aterroriza a ciertos hombres aquejados de viril soberbia. Y sobre todo, destruye al completo cualquier corsé moral que queramos ponerle a la vida, cualquier corsé en el que se rotulen de forma absoluta palabras como amor, sinceridad, compromiso, trascendencia, plenitud,…

Quizá para dejar intacto de la devastación, cueste lo que cueste, lo más hermoso y esencial en la vida: la libertad.

David Galán Parro

26 de octubre de 2024

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