
La noche es una mordida de aire frío
y un olor a tierra empapada
en el bulevar de los árboles grises.
Eso me recuerda otra noche en que joven y ebrio
salté los muros de un camposanto
y me reía con otros de lo que decían las lápidas,
y me admiraba con aquellos árboles de delgado talle
que mi bárbara falta de mundo hacía extravagantes.
Pero ahora yo, en este bulevar,
me siento trascendente y romántico
diciéndome cosas estúpidas como:
«pronto se cerrará el círculo
y reviviré millones de veces
este doloroso instante sin ti
puesto que somos espíritu
en polvo de estrellas.»
Entonces, sin pedir permiso,
irrumpe en mi mente,
otra noche y otra turba de muchachos,
irreverente y lúcida,
que saltará la tapia del camposanto que me hospedará
que se reirá de las palabras bajo las que habré claudicado
que se apoyará ebria en las lápidas y los cipreses
que se empeñará en restarme solemnidad.
¿Por qué no imaginar mi final así,
si soy un estómago lleno;
si la metralla no me toca;
si el cáncer no me devora;
si tú, mujer mía,
aunque hoy estés ausente, me amas?
Camino por el bulevar
bendecido por la vida y agradecido
del frío y del olor a tierra húmeda
que me acerca la noche.
David Galán Parro
13 de octubre de 2024