
Aún no era medianoche cuando ella le pidió ir a dormir antes de lo habitual. Solía hacerlo así para darle alguna comunicación desacostumbrada y porque era su modo velado de decir «vamos a hablar seriamente tú y yo, de mujer a hombre, en la intimidad» Aquellas indirectas a él le ponían nervioso y expectante. Reclinados sobre sus respectivas almohadas miraban con atención difusa lo que daban en el televisor asentado sobre la cómoda. La tensión espesaba el aire del dormitorio.
—Voy a hacer un voluntariado —dijo ella al fin.
—¿Sí?
—Sí. Algo que rompa mi rutina semanal y me obligue un poco a salir de casa. Madres en acción, se llama la ONG.
Se hizo una pausa. El televisor disparaba ahora un histriónico debate acerca de la traición que una madre, cantante de éxito venida a menos, había sufrido por parte de una hija adoptada. Ella apagó el aparato y soltó un leve soplido de alivio.
—¡Qué bueno, cariño! Creo que te vendrá estupendo —apuntaló él
—Sí, claro.
—¿Y qué harás?
—Visitar a niños huérfanos en los Hospitales Infantiles y acompañarlos. Algunos son tan pequeños que se necesita tomarlos en brazos para que sientan el calor materno. Hay un cuadrante de voluntarias e iríamos cubriéndolo. Una hora a la semana es lo mínimo que nos piden.
Cunas de patas esqueléticas con neonatos y en el suelo blanco impoluto pelones gateando o trastabillándose por todas partes aproximándose febriles a las firmes pantorrillas de ella; el olor del alcohol isopropílico sepultando el hedor de lo próximo a la muerte también por todas partes. Una tierna cara rosada asomando por una capucha entre sus brazos y llenando su pecho de júbilo maternal. Algo inexistente en su día a día.
—Te vendrá bien, cariño. Muchos niños necesitan de mujeres como tú. Hay mucho abandono en esta sociedad. Cada uno va a lo suyo y nada lo justifica. Alguno dirá, que es lógico que así sea por aquello de que se sobrevive más que se vive y…
Para ella, él hablaba y hablaba y hablaba y lo único que conseguía con su perorata era devolverle por dentro el resabio de su enquistada decepción: estaba comprometida con un niño pretencioso que medraba sin esfuerzo a costa de la familia, un inconsecuente de palabra y acto, un irresponsable sentimental. Hacia años que barruntaba, por el hecho de ser la mantenida, su soterrada autocomplacencia, su empoderamiento. Aquel circunloquio de burladero le iba empantanando hasta la exasperación. Él de pronto intuyó los viejos nubarrones y decidió rematar:
—…Así que me alegro. Te vendrá muy bien, cariño.
—¡Lo has dicho tres veces! Sé que me vendrá bien, lo sé, y por eso lo he decidido.
Aquel razonable discurso aburguesado de él ¡Cómo lo odiaba con sólo verlo venir! Él se quedó callado y luego dijo con actuada incredulidad:
—¿A qué viene esa dureza ahora?
—No es dureza. Es cansancio. Mucho cansancio.
—¿Cansancio?
—Sí, cansancio de escuchar tus discursos de concienciación social.
—¿Y qué otra cosa esperas que diga?
—Precisamente, Enrique, no espero nada. No te lo he pedido.
Él calló de nuevo. Calibraba una réplica para no estar absolutamente contra las cuerdas.
—Sabes que es mi manera de animarte en tus nuevas iniciativas, en tus intereses, quiero verte realizada, cariño.
Ella le miró y amusgó los ojos con reprobación.
—No. Esa no es la verdad. No te engañes y no me metas en tu engaño.
—Te estoy diciendo lo que siento. Es la verdad —insistió él.
—No. A cada cual le resuena el pasado según el rastro que deja su falta de decisiones, en tu caso, tu falta de cojones. Piensa a quién pretendes en verdad dar alivio con tu manera de animarme, y cómo lo pretendes… ¿Con un discurso moralizador acerca de lo bueno de tener una conciencia social en este mundo lleno de egoísmo? ¿A mí con eso? No, yo tengo mi conciencia muy tranquila, Enrique. No me vengas con lo que sabes que sé de sobra y menos para soportar una situación que elegiste tú. No tienes derecho a tomar ese papel.
—Pero… sabes que es mi manera de estar contigo en esto…
—No… no… no… —y con los ojos apretados, ella negaba con la cabeza como si cada palabra de él le desbordara— Tú hablas para tranquilizar tu conciencia, para eludir responsabilidades, para pasar falsamente página, para volver a tomar las riendas de todo, para recuperar tu ego, para colocarte en un lugar de poder y sentirte aliviado. Y no digo que no tengas derecho a hacerlo, pero no me hagas creer tu propio engaño. No te creas que tomo la decisión de ir al voluntariado por darle continuidad a mi antigua militancia de izquierdas. No va de eso. No va de conciencia política y lo sabes. Hace tiempo que tú y los tuyos me hicieron aborrecer la política.
—¿Por qué empiezas lo que no conduce a nada, cariño, por favor…? —dijo él vagamente compungido.
—Porque no mides lo que dices. Yo no estoy para escuchar: «estoy contigo en esto»—y afilando su mirada— ¿De verdad piensas que estar conmigo en esto, es echarme ese discurso manoseado sobre la entrega social que aprendimos en Ciencias Políticas juntos? ¿De verdad que esperas que me lo crea? Sé honesto, Enrique: a ti te importan un carajo esos niños huérfanos y lo que yo haga con ellos; lo consientes para mi distracción, para tu alivio, para seguir retardando lo que tarda…
—Es mi manera de apoyarte…
—¿Tu manera de apoyarme? Sabes bien cuál es la única manera en que puedes apoyarme. Pero aún te faltan muchos… pero muchos cojones.
—Lo intento, Gloria, sabes que lo intento, pero no es fácil… La situación no es fácil… —el tono era ya casi suplicante.
—¿Qué situación? La situación eres tú, Enrique. Tú y tu miedo. El miedo a no enfrentarte al animal de tu padre. Nunca lo has sentido en verdad tu enemigo, alguien a quién debías pararle los pies. No lo intentas ni siquiera. Estás cagado y no das el puñetazo definitivo. Has dejado que se impusiera a ti y que te impusiera su visión de mí; una visión de la que aún no escapas.
—¡Eso no es así! Yo no te veo para nada como él te ve.
—¿Ah no? ¿Y entonces cómo es que permites que suelte en petit comité delante de ti eso de «las extravagancias de la perroflauta esa» y tú apoquinas? Hace tiempo que tenías que haberle parado. Ahora está envalentonado y…
Él miraba abstraído hacia la penumbra que se hacía al pie de la cama. Allí había algo que no sabía decir si era calzoncillo o braga.
—…En verdad desearías, para evitar complicaciones, que yo fuera otra mujer, más práctica, más previsible, más manejable, menos idealista, más como él espera; mucho tarda ya en aceptar a la perroflauta esa ¿no crees?
La interpelación devolvió a Enrique a la realidad que le flagelaba. Dijo entonces:
—Sabes que he discutido mucho con él y que a mí también me duelen sus insinuaciones… —y lo dijo en un intento de zanjar la discusión. Pero ella no captó su intención y siguió ensañándose:
—De nada sirve lo que le digas, Enrique. No seas ingenuo. Cedes a sus chantajes velados. O te dejas comprar. Los ideales de nuestra carrera fueron una cosa y el comer otra ¿Y a quién le has puesto tú la mano para las cosas del comer? A él ¿Y a costa de qué? De nuestra libertad. Se siente con poder y tú no quieres enfrentarte a él aún. Te es más fácil decirme —y puso voz meliflua— «te vendrá estupendo, cariño» «haz esto o lo otro», «quiero estar contigo en esto, cariño», «te apoyaré»… siempre que la cosa no choque con papá.
—Pero, Gloria, cariño, quiero estar contigo en esto, y superarlo, de veras —repitió con voz afectada.
—¿Y acaso no debías estarlo? El tema es de qué manera quieres estar ¿A tu manera de siempre? Te negaste durante años a lo que necesitábamos, utilizando un argumento «práctico», y ahora, cuando soy yo la que principalmente sufro por tu negativa de entonces (porque en el fondo fue por tu negativa, no por circunstancias inevitables o por las urgencias laborales de tu padre o por el mantenimiento de la empresa familiar) hablas tratando de que me crea tu autoengaño, tu huida, como si quisieras una vez más llevar el control de nuestra situación, de mis sentimientos, de mis tiempos, de mi espacio, de mi dolor y de mi resignación ¿No te han bastado todos estos años?
La llovizna punzaba el silencio y perlaba el ventanal. La puerta del dormitorio estaba abierta y Enrique miró hacia el pasillo que daba a ella. Una vez más le pareció tristemente desolada la casa. Convivían allí hacía apenas cinco años. Enrique retomó lo que decía más por evitar el silencio que por encontrar razones que le redimieran de su débil sentimiento de culpa.
—No es justo lo que dices. Ya no soy el de antes. Hago esfuerzos por cambiar. Estoy más tiempo contigo. Mi padre se ha mentalizado y ha cedido en algunas cosas. Sabes que él piensa que nos ha dado todo lo que tenemos ahora y eso bajo su mentalidad es deuda.
—Y en la tuya también. No te engañes ¿O acaso crees que tu sentimiento de deuda con él no nos afectó ya lo suficiente? ¿Por qué debo yo pagar ese sentimiento tuyo y además aceptarle a tu padre que me considere menos que una concubina que por tu capricho dejaste permanecer demasiado tiempo a tu lado? Para tu viejo, su opción preferida para ti fue siempre Sonsoles, la hija del ex-alcalde. Estaba claro además que andaba colada por ti en la época en que gobernaba su padre.
El discurso de ella, desnudo, real, le destrozaba, le tenía agotado. Era demasiada verdad para sus delicadas entrañas, demasiado apremio agolpándose de pronto. Tuvo que reprimir un bostezo que afloraba inoportuno. Luego hizo un esfuerzo y dijo arrastrando las palabras:
—He conseguido que ya no me requiera cuando le da la gana en los asuntos de la empresa. No ha sido fácil conseguirlo. Ese hombre es de la vieja escuela. Chapado a la antigua. Le va a costar aceptar nuestra decisión… Sabes que es así, cariño.
—¿Y de qué me sirve escucharte eso ahora? Precisamente ahora que ya nos hemos decidido ¿Lo echarás a perder todo de nuevo por tu cobardía? —le increpó y él recordó de repente el grito de impotencia, que el día en que recibieron los resultados médicos devastadores, ella le había soltado: «¡Ya no hay tiempo, Enrique! Ahora es imposible» A eso les había deparado su sometimiento al padre y, por complacerle, su recurrente negativa al deseo de ella: una vida llena de proyectos empresariales heredados, pero vacía de hijos.
—¡Dime! ¿Lucharás? ¿O de nuevo te veré cruzado de brazos frente a lo que él estima razonable para ti?
—Lucharé, sí, lucharé… —repitió como para insuflarse fuerzas; pero lo decía con ausencia.
—Incluso cuando vea el color de piel de la niña… ¿No te echarás atrás? ¿Seguro? ¿O también necesitarás un tiempo para defenderte de sus humillaciones al respecto y para convencerle? —le dijo con sarcasmo—. Tu padre hará todo lo posible por impedir que una niña extraña en la familia pueda heredar lo más mínimo de lo que dan sus negocios.
Entonces, la luz de la pantalla del móvil de Enrique se disparó en la penumbra. Tomó el aparato, miró y cerrando la llamada lo puso bocabajo sobre la mesilla. Estaba aterrado ¿Por qué coño arriesgaba la situación si le había dicho mil veces que a esas horas era seguro que estuviera con Gloria en la cama?
—¿Quién es?
—Barreto —mintió.
—¿Barreto? ¿A estas horas? Joder, Enrique, ese tío es al estilo de tu padre. Son tal para cual: se cree que puede tocar los ovarios cuando quiere por haber estado ocho años gobernando esta puta ciudad.
—Mañana lo llamo, tranquila.
—Sí, hazlo, por favor.
Y no había más que decir. No podía seguir machacándolo sin medida. Conocía bien los límites de él y ya era suficiente por hoy. Una especie de renuncia a convivir con alguien más osado y capaz en la vida le había predispuesto a tratarle con cierta indulgencia, con cierta piedad maternal. Su duro sentido del deber le impedía volver atrás y ahora se arrepentía vagamente de haberse abandonado a la seguridad de una vida con él.
Apagaron las lámparas y se dieron las buenas noches y las espaldas. Enrique al fin respiró aliviado. No podía más y por suerte la llamada no había complicado más las cosas. Ese hecho estaba reservado para la satisfacción de la preferencia del padre.
Esa noche no pudo dormir. Sentía una confusa mezcolanza de sentimientos encontrados que le eran familiares: la culpa y a la vez el júbilo secreto del niño mentiroso que fue y que se sabía imposible de coger en un embuste.
David Galán Parro
5 de octubre de 2024