
“Entonces dijo Sócrates: «También a mí me parece muy bien el beber, amigos, pues en realidad el vino al regar las almas adormece las penas, como la mandrágora hace con los hombres, pero despierta las alegrías, como el aceite la llama. Sin embargo, me parece que al cuerpo humano le ocurre lo mismo que a las plantas que nacen en la tierra, pues cuando la divinidad las abreva en exceso no pueden erguirse ni orearse con las brisas, mientras que cuando beben tanto cuanto les place, van creciendo muy derechas y florecen y producen frutos. Así, también nosotros, si nos hacemos verter inmensas cantidades de bebida, pronto nos fallarán los cuerpos y las mentes y no podremos ni resollar, no digamos hablar. En cambio, si los criados nos rocían a menudo con pequeñas copas, para decirlo con la retórica gorgiana, no llegaremos a emborracharnos forzados por el vino, pero persuadidos por él alcanzaremos un mayor grado de alegría».”
Banquete, Jenofonte
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¡Oh Sócrates, viejo sabio,
que contemplas la vida sin premura!
De ti, hemos olvidado tu visión aliviadora,
quizás porque esta época fraudulenta
busca el beneficio,
ahí, dónde tú no dabas en hallarlo.
Corría en ti, el vino moderado,
como planta narcótica al dolor,
como aceite en llama a la alegría
de modo que en tu ánimo se equilibraba con justicia
el saberte racional y el abandonarte a los necesarios instintos:
dos afluentes que morían para acaudalar el río de tu sabiduría.
Si el beneficio anhelado
es en verdad, la sabiduría postrera,
mar inmenso que contemplamos
detenidos desde la playa solitaria
que damos en llamar vejez,
alcemos pues, la copa de la vida,
y bebámosla con la moderación
que tú, oh Sócrates, inmenso griego, vindicaste
para nosotros, los entonces venideros.
David Galán Parro
14 de septiembre de 2024