
Salvarme sólo por medio de las palabras:
el horror de no poder ser otra cosa que escritor.
La emboscada del tiempo se ha iniciado:
¿A dónde ir a estas alturas? ¿Qué ser sino eso?
Y sin embargo, enfilar hacia la trampa de serlo.
Palabras vacías, aterrorizadas,
para conjurar el vacío
de lo inconstante inaprensible.
¿Qué hacer con ellas si son cáscara
de una fruta no probada, desechada por el miedo?
Luego mirarlas inútiles y lejanas
como mira su fusil el soldado que ha dejado
su rastro sangriento de niños exterminados;
como mira en la hora final, el tiburón financiero,
su acumulación asesina de vértigo;
como hemos mirado el perfecto invento letal
después de devastadas, Hiroshima y Nagasaki;
como miraremos el universo insondable,
absolutamente ocupado,
mancillado,
hecho a medida.
develado ya su misterio.
Palabras vacías
de carne,
de enfermedad,
de hambre,
de besos,
de trenes,
de lunas;
nada me revelan.
Soy un hombre humillado
por una mujer:
recibo por respuesta
sobres con hojas en blanco
que ella introduce para destruir mi esperanza,
ergo, para destruirme.
Tal así me demora la vida.
Soy trágicamente el escritor,
alguien que a las puertas
de lo incognoscible, de lo impenetrable,
grita palabras afectadas para hacerse oír;
palabras con las que, no obstante,
va rehuyendo la vida para creerse salvado.
David Galán Parro
10 de septiembre de 2024
…la condena de las palabras. No podemos estar sin ellas.
Saludos.
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Así es, Antonio. Un fuerte saludo.
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