La humanidad y la inteligencia no son lo mismo: la inteligencia no siempre ve lo justo. Lo justo es el resultado de una concepción siempre amplia de las cosas. Esto implica vernos siempre en las cosas o influenciados por ellas. Quién dice las cosas dice también las relaciones humanas. Reconocerse en las cosas y dejarse influir es tener siempre la posibilidad de escapar de los círculos concéntricos que cierran nuestra visión del mundo y nuestra forma de vivir y saber también que tan pronto te encuentras fuera del último círculo, uno nuevo se cierne para apresarte.
Durante muchos años, yo estuve en uno de esos círculos, y no podía vivir con arreglo a los siguientes conceptos liberadores:
«No hay objetivo a alcanzar por encima del que lucha por alcanzarlo» ¿Cómo iba a ser el objetivo algo superior a mí, al que lo establece y elige alcanzarlo? ¿El objetivo sometiendo al que lo establece? ¿El que lo establece supeditado al objetivo? El mundo al revés.
«El objetivo es primero algo propio que se genera en el ámbito de lo individual» ¿Cómo iba a dejar en manos de otros mi relación con mi propio objetivo? Dejé que se impusieran en mí objetivos ajenos, por mi frágil iniciativa y voluntad, y dejé que se me juzgara humanamente con arreglo a lo mucho o poco que me aproximaba a ellos ¿El objetivo ajeno sometiendo al que no lo establece? El desenlace me hizo entender que el mundo no puede ponerse al revés. Eso sólo trajo dolor.
«No hay que participar de ninguna aventura de gente que, en su modo de entender la vida y de relacionarse, comprometan los anteriores conceptos liberadores. Esto es un error de bulto» Yo propagué el error, haciendo piña con otros adeptos a esta forma de vivir. El resultado fue que intensifiqué mi cárcel y viví perdido y extraño a mí mismo. Mi inmadurez era un sustrato aún blando en el que, quién necesitara succionar y vivificarse por medio de otro, encontraba su abono. Negar, anular, someter, rebajar y esclavizar mi identidad fue el periplo que recorrí en veinticinco años en vista a servir y complacer a otros.
El objetivo propio no es más que la posibilidad que uno se pone dentro de acuerdo a una concepción previa de cómo y hacia dónde debe caminar. Pero quien instaura tal objetivo debe ser uno mismo y nadie más, y quién determina el apremio del paso es también uno mismo. Esto no debe ignorarse o despreciarse.
Otro concepto que me liberó rezaba así: «Un hombre que no alcanza lo que se propone no es un derrotado en vida» Pero durante años estuve aplicándome su contrario y aplicándolo así veladamente a otros. Una mueca de autosatisfacción acudía a mi rostro cada vez que alguien se me antojaba sucumbiendo a las fuerzas ineluctables de una decadencia física o espiritual prematura. Si consideras dentro de ti esto ten presente que el derrotado eres tú, porque en ti sucumbió algo más importante: tu humanidad. Y otra cosa no dudes: que si bailas con gozo sobre lo que consideras la osamenta de alguien derrotado, sábete muerto en vida. Los huesos bajo tus pies celebrarán al fin ser eso: los huesos de un cuerpo que no se parezca ni de lejos al tuyo.
David Galán Parro
30 de agosto de 2024