Sentir por igual a quienes leemos

Es harto difícil balancearse entre lecturas tan dispares y a la vez tan necesarias para conformar un espectro de sensibilidad amplio dentro de uno, como lector y como escritor ¿Cómo aunar dentro de uno, una voz como la de Elena Ferrante, y otra como la de Jorge Manrique? ¿Cómo encontrar en ese balanceo un punto que los justifique, un punto que los haga necesarios? Esto me pregunto ahora que los he alternado.


Leer a Ferrante es como asistir a las confidencias de una amiga que vive próxima a ti, que te invita a un café en una terraza donde sopla el aire fresco, y vas con la ilusión y la curiosidad a la cita. Leer a Ferrante es escucharte a ti mismo de alguna manera para revivir el relato algo aburguesado de tu vida, acaso el que te haces de ti mismo, y que te salva de la soledad y el autodesprecio. Leer a Ferrante es estar íntimamente acompañado, íntimamente sostenido., íntimamente en perspectiva contigo mismo, redimido

No me pasa así cuando leo un clásico, pongo ahora, a Manrique, con Las coplas por la muerte de su padre. 

Cualquiera puede pensar que la comparativa es juntar aceite y agua y por ello, es hablar de lo evidente innecesario. Pero balancearse entre dos personalidades tan alejadas entre sí es un verdadero ejercicio de abstracción. Es un viaje tan rápido de nuestros sentimientos y pensamientos respecto de ambos que es cómo si nos tensaran formidablemente y luego nos soltaran. El cuerpo que de ahí emerge es amplio, comprensivo y porta una mirada de largo alcance.

Leer a Manrique es leer un clásico. Es transportarse y adaptarse a un interlocutor nuevo, extraño y primitivo. Es prestar oído a alguien que te va a monologar con su tema, que te va a dar la puta chapa. Alguien que te tomó en el banco de un parque, cuando querías estar solo, y se arrancó por peteneras y tú, ahí, atravesado por el decoro, por la complacencia y por la obligación moral, no haces sino asentir y simular, al principio, con una mueca risueña, interés. Es justo así; y lo es hasta que descubres que el tema te va alejando de pensar en ti y en tus problemas, y que después te hace sentir aliviado; y como te sientes aliviado, descubres que aflora el primer resquicio de interés, y que después te interesa algo más, y luego que te interesa de veras, y que lo que te suponía una carga mental, va abriéndose a otras sensaciones liberadoras, entre ellas a visitar una sensibilidad absoluta y radicalmente diferente a la tuya. Apenas acaba el encuentro, aquél te deja igual a cómo te agarro, poco le importaste, sólo que ahora tú pareces haberte zafado de un lastre propio, pareces caminar a ras del suelo, y que si te recreas en la estela de lo vivido, te verás planear por sobre lo mundano. Operó la magia de la escucha verdadera que nunca te concediste, de la escucha del otro absolutamente diferente: el ensanchamiento del alma. Quédate así, lo más que puedas, con ese nuevo espacio y aparta de él como si fueran veneno tus apreciaciones morales. Déjalo intacto, inmaculado.

Así se me acerca y se me aprieta la lectura de Jorge Manrique, o la de Jenofonte, o la de Cervantes o la de Homero o la de cualquier voz alejada a la mía.

¡Qué fácil es quererte Elena Ferrante, si quererte es nada más que oír mi viejo monólogo a través de ti! Y no digo que no me plazca, o que no se me antoje igualmente valioso, profundo y revelador. Sólo digo, que es más fácil escucharte y quererte.

Y es así porque ese interés y amor son fruto de una condición accidental que compartimos: la contemporaneidad.

David Galán Parro

27 de agosto de 2024

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