La sangre que nos salva

El pinche lavando la menestra que orillará el asado del emplatado. 

El agente pinzando cuidadosamente la multa en un parabrisas sin que nadie lo vea. 

El peluquero abstraído moldeando un peinado al que dentro de sí se acerca.

El barrendero limpiando adoquines de una avenida, confundido entre la multitud que compra desaforada. 

La maestra aliviada del bullicio infantil recogiendo el desorden abandonado de su aula.

El escolar que escondido garabatea sus primeras palabras de amor.

La dependienta extenuada cerrando caja y noche. 

El chófer viendo rodar la carretera de madrugada en una guagua vacía. 

El reponedor aupando la mercancía en las repisas antes de la inminente apertura.

La operaria empaquetando el producto en la cinta de envasados. 

El temporero siempre inclinado bajo el calor aplastante del invernadero.

No se ven. 

Están entre ellos o los entreveran. 

Son de invisible sustancia y silencio.

El cerco de lo cotidiano les hiere y sangran y su sangre es lo inefable vuelto palabra.

Así nos salvan de la tiranía de lo ahí, de lo grosero evidente.

sin contrapartidas, duramente, solos.

David Galán Parro

21 de agosto de 2024

3 comentarios en “La sangre que nos salva

Deja un comentario