Restarle a la palabra

Es nuestro peligro restarle a esa palabra:

conversar para dibujarnos únicos,

mirarnos extasiados para hacer polvo el tiempo,

devorarnos cuando otra cosa no quede;

colorear el gusto con sabores lejanos

en el hogar o en abiertas terrazas, 

profanar la desmemoriada arena de una playa 

o iluminar el rostro mustio de una esquina caída en el olvido;

regalarnos otros, familia y amigos,

y hablarle al fin a tu hija que anhelo algo mía;

viajar en la inquietud de ocasos y noches juntos

y amanecer esperanzados en las camas;

arrojar el inútil dinero al mar 

y no escuchar el canto de los relojes;

no darle lugar a la urgencia 

a que caiga la hora de la despedida

y no repetir esa despedida, 

ni en el mismo lugar, ni a la misma hora;

hacerle trampas a las grises rutinas

que lo aniquilan todo

y que me voltean el estómago,

como al suicida 

el fondo quieto del precipicio,

como al suicida

de tan aquietado todo.

Y así restando y restando y restando

nos quiere el peligro

socavando la palabra con todo lo restado

para que sólo quede 

ese peligroso vacío, 

ese espectro de cuatro letras,

a la espera de que ya cada uno por su lado

lo signifique con los futuros otros.

David Galán Parro

24 de julio de 2024

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