Las ardillas

El incendio había comenzado al mediodía y no había dejado de extenderse. Las llamas saltaban de árbol en árbol sin que nada pudiera detenerlas. Las criaturas del bosque estaban horrorizadas. Lo único que les quedaba era huir de aquel infierno que parecía salido de las mismas entrañas de la tierra.

Atardecía pero la noche fue anticipada por el humo.

Las ardillas voladoras habían conseguido escapar y en su huída habían dado con la entrada de una madriguera ocupada por una colonia de conejos. Como una piedra impedía el paso empezaron a pedir ayuda a los de adentro. Estos, en silencio, escuchaban los ruegos sin atreverse a darles paso, pese a que sabían que su madriguera era el único lugar seguro en que podían salvarlas.

Entonces los conejos se reunieron para tomar una decisión:

—Compañeros y compañeras —comenzó el conejo que parecía ser el líder— Tenemos que valorar las consecuencias de nuestra insoslayable decisión. El espacio de nuestra madriguera y los víveres de los que hemos hecho acopio para sobrevivir son limitados. 

—Son limitados, es verdad —dijo un conejo más joven—, pero no escasos.

—Cierto, pero no sabemos cuántas ardillas están fuera pidiendo entrar —repuso el Conejo Líder— Quizás sean tantas que no haya espacio ni víveres para ellas y nosotros. No podemos arriesgarnos.

—¿Y vamos a dejar morir a nuestras amigas? El fuego avanza hacia aquí. Si estuviéramos en su situación querríamos ser ayudados —insistió el Joven Conejo.

Todos callaban. Se sentían increpados en sus conciencias, impelidos a decidir en uno u otro sentido. Entonces un conejo de más edad intervino:

—Tal vez cambie la dirección del viento y las llamas no vengan hacia este lado del bosque. 

—Sí, pero confiar en que se realice esta posibilidad es igualmente abandonar a nuestras amigas a su suerte —le respondió el Joven Conejo.

Otro conejo de voz meliflua y trémula, también de mediana edad, apostilló:

—No, a su suerte no. Dios no abandona a su suerte a ninguna de sus criaturas. Dejemos que se haga su voluntad. Él sabe qué le toca a cada cual.

—Siguiendo tu razonamiento, compañero —le contestó el Joven Conejo—, si somos sus criaturas, somos creaciones de su voluntad en todos los sentidos, de manera que nuestros pensamientos, nuestra conversación y la decisión final que se tome es igualmente voluntad de él. Yo soy ateo y no creo que voluntad divina alguna se encuentre en los hechos del mundo. Pero si yo fuera escéptico tampoco consideraría este momento pertinente para enfrascarme en tales disquisiciones: determinar si nuestros actos se gobiernan por voluntad propia o divina es irrelevante ya que a fin de cuentas si por una u otra fuera, a la decisión final que se tome poco le importa quien la maneje, En cambio, como ateo que soy, sí me sentiré responsable del resultado de las decisiones que yo mismo adopto. Luego, yo no quiero lamentarme por mi falta de decisión… ¡Apartemos de una vez compañeros esa piedra que impide el paso a nuestras infelices amigas!

Así dijo, pero nadie se movió. Un nuevo silencio se hizo, calibrador y apremiante. Afuera los reclamos de las ardillas se intensificaban por la desesperación. De fondo un rumor continuo insinuaba el fragor crepitante que se acercaba. Los conejos se miraban con estupor, desconcertados, acobardados, pese a los argumentos ya vertidos.

—Supongamos, joven, que las dejamos entrar —comenzó de nuevo el Conejo Líder— ¿No nos arriesgamos a que se corra la voz en el bosque y que otros animales pretendan igualmente entrar? ¿No nos arriesgamos a que, como ya dije, no haya espacio ni víveres para todos? Además si el tiempo de incendio se prolonga y resulta que nos superan en número aquí dentro ¿No verán en esta circunstancia una ventaja para amotinarse y hacerse con todo lo que nos pertenece? No podemos tomar una decisión tan a la ligera.

—¡Pues yo opino que no deben entrar! —soltó enardecido un conejo al fondo del espacio horadado. Otros secundaron con inusitada brusquedad la opinión.

—Compañeros y compañeras, las ardillas morirán entonces sin tener culpa de la irresponsabilidad del hombre que daña los bosques y provoca los incendios —replicó el Joven Conejo.

—¡Tampoco nosotros! —vociferó de nuevo el del fondo— Además no es culpa nuestra que hayan elegido vivir en los árboles y no bajo tierra, a buen recaudo. En otras regiones del mundo dicen que tienen hermanas que igual que nosotros, cavan la tierra y hacen madrigueras —la mayoría muy crispada empezaba a suscribir interiormente este discurso por entero.

—Sí, pero siguen sin tener culpa: las ardillas de nuestro bosque son una especie de ardilla voladora, que salta de rama en rama. Los árboles han sido durante miles de años sus hogares naturales, como nuestros son las madrigueras. No han elegido vivir en ellos. La naturaleza determina lo que es de cada cual.

Cada argumento del Joven Conejo golpeaba la conciencia de todos, enmudeciéndolos.  Ahora las ardillas habían empezado a gritar horrorizadas a la par que el rumor de fondo se hacía más audible, más parecido al rugido del fuego que abstraía. El miedo en los corazones de los de dentro era cada vez mayor y no iban a cejar en sus argumentos a la contra del Joven Conejo.

—¡Compañero!—volvió a intervenir el Conejo Líder— Tu inexperiencia te hace ignorante de la historia de perjuicios que nuestras vecinas las ardillas nos han infligido durante años en el bosque. Son un verdadero mal para nosotros. Nuestras colonias podrían haberse desarrollado más ampliamente de no haber convivido con esta clase de ardilla que siempre fue una plaga para nosotros. La ardilla voladora ha devorado sin mesura el fruto colgado en la rama de los árboles impidiendo su caída para recogerlo nosotros aquí en tierra. Siempre fue así. La ardilla voladora es absolutamente egoísta por naturaleza.

—Igual pienso —declaró de improviso el conejo más exaltado— Por eso me resulta insultante ver ahora a este joven pedir que seamos comprensivos con las ardillas ¿No será que necesitará él estar unos años fuera de nuestra colonia y convivir con sus amigas para que compruebe en carne propia que tal le va? Quizás así la práctica de su convivencia con ellas desmienta su discurso solidario. Lo veo regresando pronto con la cabeza gacha, convertido en el defensor más recalcitrante del sentido común de nuestro líder y, ojalá también, con los sentimientos más claros y firmes respecto de la comunidad que le vio nacer, que le ampara y le alimenta.

La mayoría aplaudió el discurso. El Joven Conejo no supo qué responder. Por vez primera dudó de sus convicciones. Un sentimiento de vergüenza, de indignidad y de culpa se asomaba sutilmente en su interior ¿Por qué en sus convicciones anteponía el interés de las ardillas al de sus propios compañeros, al de su verdadera familia? ¿Por qué escuchaba mejor a su razón que a su corazón en relación a los intereses de los suyos? ¿Qué extraña traicionera era su razón?

Entonces una voz que a todos era familiar tomó la palabra. Era la voz del Viejo Conejo, el más viejo de la colonia, y quizás por ello, el que más había sentido y padecido en la vida. Su entrega por la comunidad era indiscutible. Nadie podía reprocharle falta alguna:

—No llenéis de vergüenza a nuestro joven compañero. Su pretensión es noble y valiente. Todos los aquí presentes, existimos gracias a la existencia del resto de criaturas del bosque, sean de índole animal o vegetal.  Nuestra vida y muerte particular, se dé en condiciones apacibles o violentas, es necesaria para la existencia de un todo superior que nos trasciende llamado ecosistema. La extinción absoluta de una especie implica fácilmente la extinción, más temprano que tarde, del resto de especies que componen ese todo. Tenemos pues que proteger también a nuestro diferente, incluso en circunstancias como las presentes, tan difíciles para nuestra colonia. Ellos son ardillas; nosotros, conejos; pero algo nos iguala: el hecho de pertenecer a una misma cadena de seres vivos que nos da existencia y nos mantiene aquí en la Tierra como especies. Nos destruyamos por circunstancias accidentales y pasajeras nuestro nexo universal. Hagamos pues entrar a esas pobres que nos reclaman y pensemos luego en cómo afrontar los problemas que aparezcan. El miedo al futuro incierto nunca fue buen consejero.

Así habló y nadie pudo replicarle.

La piedra en la entrada de la madriguera fue rápidamente retirada.

David Galán Parro

18 de junio de 2024

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