Estoy en clase ante la monótona docena de alumnos y alumnas de siete años a los que les imparto Lengua y Literatura. Acarreo con un pedazo colectivo de la inteligencia humana a mis espaldas. Necesitan de mi victoria, necesitan de mis fuerzas ilimitadas. No puedo zozobrar y, con ello, hundir el entusiasmo de sus crecientes ansias de conocimiento.
Leemos un viejo cuento ruso. Su autor, Leon Tolstoi, ya vivirá para siempre en la memoria futura de los hombres. En la historia que narra, un pequeño perro es arrojado a la jaula de un león para que éste se alimente. Su suerte, decidida por los dueños del zoo, no transita lo previsto. La magia del giro literario opera, como el milagro que solo a un creador divino le es dado conceder, la salvación: el perro y el león pues traban amistad.
Lucha en nosotros, lectores, esa tensión que nos depara admitir que estamos a expensas de lo inexplicable y que el regreso a la lógica de la Naturaleza no tiene otra solución que la sangre final. Tolstoi se guarda para nuestra deleitosa incertidumbre, nuestro dulce desasosiego, el porqué del hecho que hace temblar aparejados dentro de la jaula a la fragilidad y la fuerza en un inusitado equilibrio que presumimos quebradizo.
Pero el incalculable escritor nos devuelve con otro inesperado hecho, con otro giro, la lógica natural perdida: al cabo de un año de convivencia monstruosa el perro muere por una enfermedad.
En el león se suceden entonces la confusión, la falta de aceptación, la impotencia, el dolor, la tristeza, el desamparo. No es una bestia. Es el trasunto de un hombre al que las poderosas fuerzas de la Naturaleza le han arrancado lo que más ama.
En este punto de la historia, mis alumnos respiran compungidos. Alguno aguanta las lágrimas. La vergüenza ayuda a ello. La historia sigue.
En mitad de la devastación del león, los propietarios del zoológico improvisan una solución urgente. Dan al león otro perro con el fin de restituir la pérdida. La solución se hace vana: el león lo despedaza y lo devora.
Miro a mis alumnos y presiento en sus mentes la confusión de este tercer giro. No saben que ésta es universal. Es la confusión que nos alcanza cuando somos testigos o protagonistas de hechos en los que se manifiesta la lucha entre necesidad y libertad. Quieren ver en la fiera un acto determinado por su voluntad, por motivos morales y no por la mera necesidad. Repito: no lo saben, pero ahora se enfrentan a la contradicción, como lo harán, una y otra vez, en el decurso de sus vidas azarosas e inciertas.
Uno de ellos, un alumno que me suele recibir con aparente frialdad, sin mucho entusiasmo, acaso midiendo el grado de manifestación de sus emociones, me escucha con sus ojos azules expectantes. Bulle el prodigio de su mente.
—El león no mató y devoró al primer perro —empiezo— No sabemos por qué. Al segundo, sí ¿Por qué lo hizo?
—Porque tenía que comer—me responde él.
—Entonces ¿Puedo decir que el león quiso comerse al segundo perro?
—No. Que tuvo que comérselo.
Vuelvo a pensar que tiene siete años mi alumno y que ya vislumbra que hay actos en la vida que no elegimos.
Las palabras iniciales de Oda a la edad de Neruda, me vienen al recuerdo y de nuevo me estremecen corroboradas por mi experiencia docente:
«Yo no creo en la edad
Todos los viejos
llevan
en los ojos
un niño,
y los niños
a veces
nos observan
como ancianos profundos.»
28 de mayo de 2024
David Galán Parro