El capital

Se regocija el dios cuando contempla el festín que le tributan los bárbaros.

La hecatombe, iniciada allá en tiempos remotos, le place. Los hierros, la pólvora, la metralla, el napalm, el uranio y el plutonio escalan su voracidad.

Es la tasa humana que se cobra por mantener lo que cree su carne inmortal, su carne necrófaga de fuerzas vitales constructoras.

Pero se equivoca. 

Ya aquí, la materia que busca su autoconsciencia plena.

Ya aquí, el ser humano como centro del ser humano.

Ya aquí, la incipiente aurora arrasando su fría carne oscura.

Y pronto o tarde aquí, el polvo de sus defenestradas cadenas.

David Galán Parro

26 de mayo de 2024

Deja un comentario